| Seudónimo |
Cuento |
| 40) |
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Alicia Bertero
Argentina
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 Miércoles, 1. Agosto 2007 22:40
MILAGRO SIMPLE.
La tormenta de verano se desató de golpe. Unos nubarrones grises y azulados, una ráfaga de viento, dos truenos retumbando por el cielo, y todo cambió en la tarde calurosa.
- ¡Plic! ¡Plac! ¡Plac! ¡Plic! ¡Ploc!
Es la canción de las gotitas frescas que caen y se deslizan sobre las hojas de las plantas, que se elevaban hacia arriba como bracitos rogando ¡agua!
Otras compañeras no tienen tanta suerte. Caen en la tierra reseca que las bebe con su boca marrón, ávida de agua fresca.
- ¡Glub! ¡Glu! ¡Gl…
Apenas hacen un ruidito, y desaparecen bajo el suelo. Asustadas, se deslizan entre las partículas de tierra. Allí descubren un mundo lleno de vida: raíces de las plantas que las reciben con alegría, lombrices, gusanitos y un sinfín de minúsculos seres que pocos conocen.
Una semilla de trébol se despierta asombrada, y después grita contenta:
- ¡Por fin! Las estaba esperando. ¡Ahora sí podré sacar mis brotecitos y empezar a crecer. ¡Muchas gracias!
- Blubliblubluuu… le contestan las gotitas.
Después de un rato, las hermanas que quedaron en la superficie llegan a formar charquitos, luego van formando arroyos diminutos, casi de juguete, y corren a reunirse con las que se tiran desde las plantas, usando tallos y hojas como tobogán.
¡Bajo la lluvia que cae, hay un clima de fiesta en el monte! Las nubes gordas descargan con cuidado su preciosa carga sobre esta parte del planeta, mientras el viento las empuja tierra adentro.
Las partículas más pequeñas de la lluvia han quedado suspendidas en el aire, y cumplen su sueño de artistas: pintaron en el cielo un espectacular arco iris y cantan:
-¡Colorín, colorete,
nuestros colores
son siete!
Pasado el aguacero, el sol con sus rayos cálidos invita a las gotitas depositadas en la superficie de la tierra para elevarse nuevamente. Entre risas de vapor, ellas ascienden imperceptibles y felices hacia el cielo; flotan y juegan; juegan y cantan.
- ¡Qué divertido! ¡Los rayos del sol son mágicos!
- ¡Volamos sin alas!
En un abrazo húmedo se reúnen nuevamente en forma de nubes ligeras. No saben que el viento las arrastrará por el cielo, quien sabe hacia donde para que repitan su fantástica misión.
Mientras esto sucede, las gotas de lluvia que lograron llegar al río, inician su viaje hacia el mar. Algunas responden al llamado de las que avanzan en las nubes, y se elevan, colgándose de los rayos de sol. La mayoría sigue en el cauce fluvial, remolineando algunas veces y otras tantas agitándose hasta formar una tenue espuma blanca. Van cantando con un fresco rumor de agua clara; siguen dando de beber a los animales y a los hombres, llevando a las embarcaciones y hasta generando energía eléctrica a su paso.
Cantan en un idioma misterioso de milagro renovado, de maravilla repetida desde el inicio del mundo. Porque el AGUA es VIDA, y la VIDA es milagro cotidiano.
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Alejandra Planet Sepúlveda
Chile
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 Miércoles, 1. Agosto 2007 20:56
HORACIO Y EL RÍO MÁGICO
Horacio era el niño más feliz de la ciudad. Su única preocupación era izar cada vez más alto sus volantines. Tenía muchos y de variados colores, pero de aquellos, uno era muy especial para él, porque se lo había regalado su abuelo antes de irse a vivir a un pueblo cercano, al otro lado del río mágico. Su abuelo le llamaba así al río, porque decía que si uno estaba atento podía escuchar diversas melodías que producían las aguas al agitarse. Si bien, Horacio extrañaba a su abuelo, su volantín azul le hacía sentir que estaba junto a él y muchas veces lo izaba muy alto para que su abuelo lo viera de donde estaba.
Un día el volantín quedó preso de unas ramas que daban sombra a un largo río. Pidió ayuda para poder sacarlo de ahí pero el volantín cayó a las aguas y se fue río abajo. Horacio observó como el volantín flotaba sobre las aguas desplazándose entre arbustos secos y desperdicios que la gente arrojaba al río. Se sentó en el prado lejos de la orilla porque sabía por sus padres que era peligroso y si caía en él la corriente se lo podía llevar. Desde donde estaba se puso a llorar por su volantín azul. Mientras se lamentaba por su pérdida, creyó escuchar que alguien le murmuraba: “Ayúdame, sálvame”. Miró para todas partes y no vio a nadie. Sin embargo, seguía escuchando lo mismo: “Ayúdame, sálvame”. Se levantó del prado y el pedido de auxilio se sintió más fuerte y descubrió que provenía del mismo río. Pensó en su volantín, pero en las aguas ya no estaba. Se acercó sólo un poco al río y escuchó atento:
- Ayúdame, soy el río mágico, necesito que le digas a todos los niños que cuiden las aguas, porque estamos llenándonos de desperdicios , envases de bebidas , plásticos y cartones. Las tuberías de donde limpian nuestras aguas se están tapando. Además, los animales que beben de nuestras aguas se están enfermando y muchos peces quedan en las orillas de nuestro cauce.
- ¿Porqué quieres que cuide tus aguas? Tú eres sólo un río que además me parece muy bonito- le preguntó Horacio sorprendido.
- Las aguas de mi río se están contaminando mucho y de mis aguas se saca el agua potable que es el agua que beben todas las personas. Después de un tratamiento muy industrializado donde las aguas se limpian, se filtran y se desinfectan se puede tomar. Además mi agua dulce es muy escasa en el planeta y por eso se debe proteger- explicó el río
Horacio observó detenidamente el río y se dio cuenta que en él había muchas cosas como pañales y latas. Vio también que el agua no era cristalina, sino que estaba oscura y en algunas partes se mostraba aceitosa.
- Estás triste río, porque no cuidamos tus aguas, pero yo te voy a ayudar. Le diré a mis amigos que te salvemos - le dijo algo avergonzado Horacio, porque él muchas veces había lanzado pelotas y juguetes en ese mismo lugar.
- No me cuides sólo a mí, protege a todos los lugares que contengan agua y no la malgastes, porque recuerda que así como tu cuerpo tiene mucho líquido, el mundo tiene más agua que tierra, pero muy poca se puede utilizar porque el agua del mar es salada. Entonces el agua que se puede usar para el consumo está en los lagos , en los ríos, en los glaciares, en pozos y en la atmósfera. El agua es vida, pequeño Horacio- dijo el río y soltó un suspiro.
Horacio corrió donde sus amigos y organizó reuniones en su lugar especial, una carpa de indios, pidiendo que nadie arrojara desechos sólidos en los baños, en los lavaplatos, en los lagos, en los ríos y en los canales. Todos los amigos estaban entusiasmados con la idea y decidieron colocar carteles muy coloridos en los árboles de la ciudad que decían “Cuidemos el agua” y “El agua es vida”.
Cuando Horacio fue a visitar al río le contó todo lo que él y sus amigos hacían para ayudarlo. Mientras le relataba los detalles un fuerte soplo del viento le trajo de vuelta su volantín azul y sobre él, varias gotas de agua formaban la palabra : “Gracias”.
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María Ramírez Díaz
Chile
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 Miércoles, 1. Agosto 2007 19:38
MAMÁ RATA
Mamá rata estaba preocupada, porque ella vivía en un sótano y en el piso superior se había instalado un restaurante, desde donde dejaban caer, por el escurridero, grasas y desperdicios, que tapaban y ensuciaban los conductos por los cuales a diario su familia transitaba.
Y es que mamá rata tenía tres hijos pequeños, muy estudiosos, que salían por una grieta y asistían puntualmente, cada mañana, a la alcantarilla mayor, donde una rata profesora les impartía clases.
El día anterior, sin ir más lejos, para ir a clases, sus hijos habían tenido que dar un largo rodeo, debido a la acumulación de basura, y de seguir así, aparte del mal olor, su casa quedaría definitivamente aislada.
Por otra parte, se acercaba el invierno, que traería lluvias y el agua correría por los canales y desagües, junto a las aguas servidas, y existía el riesgo de que al final su casa se inundara. Por eso, decidió afrontar cuanto antes el problema y citó a reunión, aquella misma tarde, a los ratones de los alrededores.
A la reunión llegaron más de treinta ratones, todos negros y bulliciosos.
-¿Qué haremos? –preguntó mamá rata.
-Creo que es mejor marcharnos –propuso un ratón de cola torcida.
-Pero eso es justo lo que no queremos –se resistió mamá rata.
-Tal vez, si nos organizamos, podríamos limpiar nosotros mismos las tuberías –propuso un ratón flaco, que tenía fama de emprendedor.
-No creo que ésa sea la solución –intervino un ratón gordo, cuyas intenciones eran dedicarse a la política-. Es demasiado el trabajo y antes que terminemos, desde arriba largarán más porquerías.
-Y también nos ensuciaremos las patas y la cola –agregó un ratón viejo.
-Así como veo la cosa –dijo mamá rata-, lo único que podemos hacer es tratar de evitar que los del restaurante continúen enviando más basuras.
Mamá rata hablaba así, porque sentía un enorme deseo de ver de nuevo limpia su casa.
-¿Y cómo lo haremos? –preguntó el ratón que tenía ambiciones políticas-. Porque debido a que no les simpatizamos a los humanos, si nos ven, para alejarnos buscarán un gato o nos agarrarán a escobazos.
-Para comenzar, podríamos ir a investigar –intervino mamá rata-. Es posible que conociendo cómo se origina el problema, encontremos la solución.
-¿Y quién irá? –preguntó el ratón de la cola torcida.
Los asistentes se miraron unos a otros, alarmados, y todos, para no ir, esgrimieron las más increíbles excusas. Uno dijo que le ardían los ojos, otro que estaba cojo, un tercero que tenía dolor de cabeza, un cuarto que le daban vértigo las alturas y, en fin, las justificaciones fueron muchas y muy variadas, algunas astutas y otras triviales. Mamá rata, que aparte de educar muy bien a sus hijos, era muy valiente y juiciosa, señaló:
-No se preocupen, que subiré yo. Mañana, después del mediodía, lo haré.
Y al día siguiente, luego de enviar a sus tres hijos a clases, asear la casa y acomodar en la despensa varias porciones de tocino cocido, salió por la grieta; escogió la tubería por donde a diario las aguas servidas bajaban y subió. Llegó a un lavadero. Iba entera sucia, pero dispuesta a enfrentar lo que fuera. Para su buena suerte, no encontró a nadie. Miró a su alrededor y en un lugar cercano vio un balde lleno con objetos insolubles y restos de deshechos grasos no filtrados. ¡Se estremeció!
Como el cuarto estaba cerrado, pasó por debajo de la puerta y llegó a la cocina. Allí estaban tres personas, vestidas con gorros y trajes blancos, afanadas preparando el almuerzo. Los contenidos de algunas ollas hervían y en un mesón, en dos grandes fuentes, se hallaban las ensaladas. Por un momento, el sentir tan apetitoso aroma, mamá rata olvidó la misión que la impulsaba. Pero luego recapacitó. Se dijo:
-No debo olvidar ni por un segundo el motivo que me trajo acá.
Justo en aquel momento, entraron en la cocina dos hombres. Iban muy bien vestidos y se dedicaron a inspeccionar el sitio. Uno de ellos, dijo:
-Sigan trabajando, que somos inspectores del Servicio Nacional de Salud y la Empresa del Agua Potable y estamos en una revisión de rutina. Unos vecinos denunciaron a este negocio por malos olores.
Los tres cocineros se inquietaron.
-Por lo que veo –dijo el otro inspector-, este lugar está limpio y cumple con todas las normas. La denuncia es falsa.
Mamá rata puso atención. Ella conocía muy bien el idioma de los humanos, pues lo había estudiado durante meses, y sabía que aquellos inspectores podían ser su salvación.
-¿Y qué hay ahí? –preguntó uno de los inspectores, indicando la puerta que estaba cerrada.
-Nada. Es un cuarto vacío –mintió uno de los cocineros.
-Bien. Entonces, nos vamos –agregó el inspector-. Cumplimos con venir.
Mamá rata se desesperó. Si los inspectores se iban perdería una oportunidad de oro. Como último recurso, salió de su escondite y cruzó por delante de los dos hombres. Cuando éstos la vieron, corrió y pasó por debajo de la puerta que estaba cerrada y luego subió al lavadero. Una vez allí, impaciente, aguardó.
Los inspectores no tardaron en ingresar al cuarto de lavado y descubrieron, con asombro, el lavadero sucio, además del recipiente con bazofias y deshechos grasos no filtrados.
-Esta es una infracción grave –dijo el primer inspector-. Se ve que los de este restaurante llevan varios días en esto y a no ser por el ratón que nos alarmó, jamás nos habríamos enterado. Deben estar bloqueados los ductos y tapada la red de alcantarillado. Los obligaremos a limpiar y tendremos que aplicar una multa y, tal vez, incluso, proceder con una clausura.
Mamá rata no quiso seguir escuchando, pues temía que si la descubrían pudiera pasarlo mal. Entonces, se devolvió por la misma tubería por la cual antes había subido. Abajo la esperaban, impacientes, varios ratones.
-Misión cumplida –dijo entonces-. Hoy mismo los humanos limpiarán los conductos y es posible que nunca más envíen basuras por las tuberías.
Los ratones la miraron con admiración, aunque sin saber si alardeaba o decía la verdad. Pero durante la tarde, desde arriba vertieron agua tibia con algunos detergentes suaves, y poco a poco la grasa fue diluyéndose y la basura desapareciendo.
Así, a partir de entonces, desde el restaurante evacuaron sólo aguas servidas, que iban a través de las cañerías de desagüe hasta los colectores instalados a mayor profundidad en el suelo, y los ratones pequeños dejaron de dar largos rodeos para asistir a clases y mamá rata dejó de preocuparse por su casa y familia y nunca más sintió asco debido a los nauseabundos olores.
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Rubén Martín
España
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 Miércoles, 1. Agosto 2007 15:28
LA PRINCESA DEL AGUA
Mara era una chiquita de doce años de edad. De gran inventiva, escribía las constantes historias que pasaban por su imaginación. Una tarde entró en la cocina de una de sus casas sujetando varias cuartillas en las manos. Su padre, divorciado amistosamente de mamá, fregaba junto a la puerta el suelo de la diminuta despensa.
-¿Puedo pisar?
-Puedes. La cocina ya se ha secado. ¿Qué traes, Marita?
-He escrito un cuento para que lo leas. También puedes corregirlo.
-Lo haré encantado.
-Si quieres podemos leerlo en el sofá de la ventana -propuso a su padre.
-Quiero.
-¡Vale!
Sonriente la miró fijo y le dijo:
-¿No piensas comentarme nada del agua del cubo? Hace días que no paras de repetirme cuantas veces la debo reutilizar para no malgastarla. Incluso me escribiste uno de tus cuentos sobre el asunto...
-¡Papá, tengo que repetirte lo que me sueles decir! Demuéstrame que eres mayor acordándote.
Pedro rio la ocurrencia de su hija. Apresurado, fregó los suelos de las distintas estancias, una vez los tuvo bien barridos.
-Creo que esta vez he sabido no malgastar el agua. El piso estaba bastante limpio y no he tenido que cambiarla.
-Eres un papá de fácil enseñar. Bueno, a veces.
-¿Qué quiere decir a veces?
-Lee y lo sabrás.
Sentado junto a su hija, tomó las cuartillas escritas a mano por Mara.
-Hazlo mejor aquí, pegadito a la luz de la ventana.
Atento, Pedro comenzó la historia: “En un país parecido al nuestro, muy seco y con pocos ríos, vivía una joven princesa. Se llamaba Mara como yo. Bien, la pobre vivía cautiva en un torreón de las montañas, alejada de la ciudad y sus casas. Hacia mucho tiempo que no veía a nadie, tan solo a una vieja bruja, que le entregaba tres raciones de comida al día y a los pocos príncipes que intentaban rescatarla...”
-¿Por qué tan pocos príncipes, Marita?
-No seas impaciente, sigue leyendo y lo sabrás.
Pedro leyó la descripción de la estancia. Contaba con una cama, su colcha rosa, un viejo escritorio con silla bajo la ventana y un pequeño armario. Pegadito a la habitación se encontraba el cuarto de baño. Reducido, disponía de una ducha, la taza para hacer pipí y caca, y una pica para lavarse la cara y las manos. De su grifo goteaban constantemente pequeñas gotitas.
-Esta historia me suena -sonrió el padre de Mara-. Creo que la hemos vivido en casa. Déjame adivinar. La rosca del grifo estaba tan dura que la princesita no tenía fuerzas para cerrarla. O eso diría la princesa. Por eso siempre goteaba.
-Lo has adivinado a medias porque te la sabes.
-A veces no es cuestión de fuerza, sino de atención. Hay niñas que tienen tanta prisa por irse a jugar, que no siempre piensan en el gasto de agua.
-¡Ya verás como mi princesa no!
-Vamos a verlo.
En la segunda de las cuartillas, Pedro leyó que al principio fueron muchos príncipes que acudieron rescatarla. Los más audaces y valerosos lograron el ansiado objetivo, pero Mara acababa huyendo de ellos para regresar al torreón. La bruja malvada que la encerró la había amenazado: si contaba a alguien el motivo que la hacía regresar, la convertiría en rana. Apenada, lloró durante días seguidos tumbada sobre su cama.
-Así que los príncipes del mundo se cansaron de ir a rescatarla.
-Como siempre regresaba...
-¿Por qué volvería esa princesita a la reclusión de la torre?
-Acaba la historia.
Pedro no dudó en hacerlo: “Un día, después de mucho tiempo sin ver a nadie, entró en la torre un joven de la ciudad cercana. Había oído decir que los príncipes ya no querían rescatarla porque siempre acababa volviendo a la torre, pero a él no le importaba. La rescataría las veces que fuera necesario. Al entrar en la estancia, cogió a Mara de la mano para que le acompañara. Antes de salir, en el lindar de la gran puera de madera, le dijo:
-Espera.
El joven había oído un ruidecito en el lavabo. Era el goteo incesante del agua.
-¿Desde cuándo gotea este grifo?- le preguntó a Mara.
-Desde que llegué no he podido cerrarlo.
Aplicó en varios intentos toda su fuerza, pero no pudo cerrarlo.
-Es una pena -dijo-, gota a gota se pierde mucha más agua de la que podrías imaginar, y estas tierras necesitan cada gota de sus escasas aguas. Al subir al torreón vi la llave de paso. Cortaré el agua de la torre y mañana vendré a arreglarlo. Soy un excelente aprendiz de fontanero.
Mara lo miró emocionada. Aquel apuesto joven había descubierto el motivo que la hacía regresar una y otra vez. En su reino escaseaba el agua y no podía abandonar la torre sin que el goteo del grifo hubiera cesado. ¿Papá, crees que se casaron? Pues sí. Se casaron y fueron felices. Fin”
-Me encantó, Marita. Cada día escribes mejor y con menos faltas.
-Gracias. En el colegio nos han enseñado que debemos recordarnos los unos a los otros a no malgastar el agua. Tú lo me lo enseñaste al lavarme los dientes y cerrar bien el grifo, y yo...
-Con el cubo de fregar -carcajeó Pedro abrazando a su hija-. Pequeña, ¿sabes lo que es una moraleja?
-Todavía no lo he aprendido.
-El mensaje que se oculta en historias tan bonitas como la tuya. Va a ser que no siempre se cierran mal los grifos por falta de atención. Es más, tú has apendido como tu princesa a tenerla. Mara, te prometo una cosa: sacaré unas horas de mi ocupado tiempo para arreglar los grifos que gotean en casa.
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Lizardo ROMERO URRUTIA
Perú
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 Miércoles, 1. Agosto 2007 12:21
EL GRAN PUQUIAL
Muchos años atrás en la comunidad andina de Anta, todo era prosperidad y jamás sufrían de escasez de alimentos, tenían siembras, animales y las tierras producían en abundancia. Gracias a la existencia de muchos puquiales que brindaban agua en abundancia, que abastecían al riego y al consumo de las personas y a los animales. Anta parecía el mismo paraíso.
Dicen que a un lugar donde el Dios del agua (Yacu) producía esa riqueza vital, nadie podía acercarse por ser un lugar sagrado y aquel que se acercaba era convertido en roca o simplemente desaparecía y jamás se sabía qué es lo que había pasado, lo pobladores decían que era encantado (absorbido). Por temor a eso, nadie se acercaba al Gran Puquial, que brindaba sus aguas puras y cristalinas a todos los ríos y riachuelos existentes, alimentando a muchos pueblos, principalmente a Anta.
Fue una tarde, cuando llegó el camión de la ciudad, trayendo de vuelta a quienes salieron a vender sus productos y al mismo tiempo retornaban con sus compras de víveres, entre ellos llegó Fermín, quien retornaba después de mucho tiempo, esa ausencia lo había convertido en una persona prepotente y egoísta, que desconocía y se burlaba de la fe del pueblo; desde entonces decía que en la ciudad nadie creía en tonterías y vivían de lo mejor, que se alimentaban de comidas sabrosas, se vestían de lindas ropas y no utilizaban velas sino hermosas luminarias de electricidad e incluso decía, el agua salía dentro de las casas, según como querías, caliente, tibia o fría. A grandes voces hablaba que si sembraban e ingresaban a esos lugares llamados sagrados no pasaba nada y que todas las riquezas siempre han existido y existirán.
“El problema – decía – es que somos unos ociosos y no queremos explotar la naturaleza. Por eso, les digo que comencemos a cultivar todas las tierras y verán que no pasa nada”.
Efectivamente, sembraron cuanto pudieron y cosecharon como nunca. Luego, aumentaron sus siembras, cosechando en grandes cantidades. Fabián se había convertido en el protagonista de ese progreso. Pero, algo ocurrió luego de cinco años de explotar la naturaleza. A pesar de la dedicación al trabajo y al uso de sustancias, la tierra ya no producía como antes, los puquiales se habían secado. Muchos de rodillas pedían a Dios del Agua (Yacu), para que les castigue, todos se lamentaban por haberle obedecido a Fermín, quien se había suicidado cerca al Gran Puquial sintiéndose culpable de la desgracia.
Anta, se convirtió en un pueblo abandonado, las personas se iban a diferentes lugares en busca de mejores condiciones de vida y los que se quedaban, tenían que trasladarse a lugares muy distantes para conseguir agua. Es que los ríos estaban secos, el Gran Puquial ya no abastecía de agua. A primeras horas del día, salían con dirección a un pequeño puquial que por suerte todavía existía a más de dos a más de dos horas de camino. Cargando sus vasijas de barro se trasladaban en búsqueda de agua. Los hombres cumplían toda una jornada de trabajo, sólo para abastecer de agua en casa, mientras que las mujeres cocinaban y hacían la limpieza. Los animales se morían de sed y de hambre si no eran llevados de manera especial al pequeño puquial para que bebieran, causando otros problemas como el conflicto de quien llegaba primero, no se debía demorar mucho, etc.
En Anta, ya sólo dependían de las pocas lluvias para sus siembras. Uno de los ancianos de la comunidad, pidió una reunión para solucionar el problema causado. Efectivamente, las autoridades convocaron a todos los comuneros, incluyendo a esposas e hijos, quienes se reunieron en la plaza principal para escuchar al anciano. Fue cuando dijo: “Hermanos comuneros de Anta y pobladores en general durante mucho tiempo observé de cómo maltratamos a la madre naturaleza y nadie nos atrevimos a reparar esos daños, en estos últimos días, sueño que el Dios del Agua (Yacu), las plantas, los animales y el agua me hablan con mucho dolor y lágrimas sobre el maltrato que hemos causado y piden el arrepentimiento de todos para que ellos vivan y también nos den vida. Es muy urgente, llevar la ofrenda al cerro sagrado para poder recuperar la riqueza o lo perderemos por siempre”.
- Ja, ja, ja – Efraín, el joven comunero rompió en carcajadas, – O sea, nosotros vamos hacer lo que un anciano soñó. No se pasen, si para eso nos reunimos es una pérdida de tiempo, mejor busquemos asistencia técnica para mejorar nuestras siembras.
- ¡Un momento Efraín! – Respondió enfático el anciano – acaso, no somos concientes del daño causado a la naturaleza, así como nosotros tenemos vida, también ella tiene vida, por lo que pido, por favor, formemos un grupo de personas con fe sincera, para dirigirnos al lugar sagrado y hacer los pagos o nos arrepentiremos de por vida.
Rápido y en silencio, se agruparon diez personas, curiosamente eran los mayores de la comunidad y en ese mismo instante se prepararon para ir al lugar sagrado llevando frutas, coca, dulces, vino, cigarro y un conjunto de yerbas aromáticas. A la medianoche llegaron al lugar indicado, rezaron con devoción, al tiempo que cumplieron con realizar las ofrendas respectivas.
Al amanecer retornaban al pueblo, cansados por la jornada, comunicando que la ofrenda había sido recibida por el Gran Puquial. Los pobladores tenían que estar preparados para el desenlace, porque si no era aceptado tendrían que realizar otros rituales de mayor devoción. Pero, si aceptaba en horas de la tarde se iba escuchar truenos fuertes.
Tal como señalaron en horas de la tarde el cielo comenzó a nublarse, los truenos subían de intensidad, los pobladores de Anta se asustaron y buscaron refugio.
Mientras que el anciano recorría casa por casa que no se asustaran porque el Gran Puquial había aceptado la ofrenda. Con una alegría que sólo él podía mostrar agradecía a Dios por tan hermosa bendición. Todos calmados gracias a la fe y las palabras del anciano comenzaron salir de sus refugios, gritando ¡Gracias Yacu! ¡Gracias Yacu!. Muchos lloraban de alegría es que el agua cristalino y abundante había retornado a Anta.
A partir de ese momento, rinden culto y respeto a la naturaleza, jurando que jamás abusaran de ella. La felicidad retornaba a Anta.
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Demis Daniel Acosta
Argentina
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 Miércoles, 1. Agosto 2007 11:25
El conejo Noby, y los ciervos tercos
Los pájaros silbaban alegremente. Realizaban acrobacias bajo el sol en el cielo muy celeste.
El bosque lucía verdes y fresco. La temperatura era muy agradable, y los animales despertaban temprano para disfrutar mejor el día. Todo parecía renovado. Se debía a la primavera.
Aquella mañana, Noby, un blanco y esbelto conejo, se dirigía al río, que rodeaba al bosque por uno de sus lados más bellos.
Quería servirse agua para beber y cepillar sus fuertes dientes. Eso correspondía, pues era un conejo muy sano. Sabía que el agua pura es fundamental para vivir sanamente.
Sin embargo, al acercarse a la ribera, notó que el caudal estaba vacío. Asombrado, se preguntó que sucedía, aunque no halló respuesta.
Repentinamente, una pequeña ardilla se acercó. Era Pinny, su amigo. Estaba alarmado.
- Hola Pinny – saludó el conejo.
- Hola – contestó –. ¿Ya lo notaste? ¡Es terrible! – exclamó, agitando los brazos.
- ¿Qué te sucede?- le preguntó –. ¿Te refieres al agua?, ¿verdad?
- Sí ¡¿Qué otra cosa puede ser tan importante?!
- El río parece haberse esfumado.
- ¡Imagina un mundo sin agua, ni siquiera sería mundo!- exclamó nuevamente.
- El agua corría normalmente hasta ayer. Si algo detiene su curso, apareció hace poco. Seguramente tiene solución.
- Los animales están muy alarmados. Esto no había sucedido antes.
En ese instante la figura imponente llamó la atención de ambos. Se trataba de Fénix, un poderoso águila que planeaba perfectamente en la altura. Sus alas enormes proyectaban una gran sombra sobre la tierra. El ave descendió para acercarse.
- Buenos días, amigos – saludó alegremente –. He venido de visita.
- Buenos días – contestó Noby.
- En realidad no es tan bueno– expresó Pinny.
- ¿Sucede algún problema? – preguntó el águila, intrigado.
- Efectivamente – respondió Noby –. El agua ha desaparecido repentinamente, y desconocemos la causa.
- ¡Cielos! Eso es grave. He volado desde las altas cumbres durante días y no he detectado irregularidades en su territorio.
- El camino por el que siempre viajas es opuesto a la ubicación del río - dijo Noby.
- ¿Podrías sobrevolar el ambiente para detectar el problema? – preguntó el conejo –. Tu aguda visión será de gran utilidad y nos ayudaría a ahorrar tiempo.
- Claro que sí – respondió –. ¡Allá voy!
Fénix despegó y se alejó rápidamente. Luego de algunos minutos regresó. Traía noticias.
- El obstáculo es una gran represa de madera. Muchos castores trabajan allí – informó el ave.
- Debemos platicar con ellos – dijo Noby.
Los tres animales viajaron hasta la pradera cercana, donde se ubicaba la represa. Al llegar, notaron que la construcción era imponente.
Un grupo de ciervos que vivían allí habían contratado a los castores para construirla.
Noby y sus amigos pidieron hablar con el líder de la manada.
- ¿Qué sucede? – preguntó el ciervo.
- El agua no llega al caudal que nos abastece por causa de la represa. Queremos que detenga la obra, pues afectará negativamente al ecosistema del bosque.
- Es una magnífica obra. No hay inconvenientes para nosotros – afirmó el ciervo.
- Su perfecta represa es un obstáculo para el agua, así como un tapón de basura en una cañería – pronunció la ardilla, enojada.
- Es necesario mantener la diplomacia – opinó Fénix.
- Denme buenos motivos para seguir oyéndolos – exigió el ciervo.
- El agua es fundamental para la conservación de la vida. Sin agua el bosque moriría – argumentó el conejo.
- Tendrían el agua de lluvia – replicó otro miembro de la manada.
- El agua de lluvia proviene del río, a través de ciclo del agua – dijo Fénix –. Parte del río se evapora, luego el vapor asciende y se condensa formando nubes. Después las tormentas riegan el agua y la devuelven a la tierra. Entonces: sin río no habrá agua de lluvia.
- La ausencia de agua convertirá en desierto todo nuestro territorio – explicó Pinny, afligido –. Los árboles se deshidratarían y las flores se marchitarían, dejarían de existir. La tierra se volvería en roca y los animales perderíamos nuestros hogares. Quedaríamos sin alimentos por la falta de vegetación. Sin sombras protectoras nos sofocaríamos bajo el calor del sol. Finalmente moriríamos de sed.
El ciervo quedó pensativo unos segundos. Luego pronunció:
- Podríamos liberar un limitado flujo de agua suficiente, si quisieran. Es lo máximo que podemos hacer.
- No bastaría. La escasez traería los mismos problemas con el paso del tiempo – dijo Noby.
- El bosque es más amplio y la cantidad de animales que lo habita es mayor. Por tanto es necesario más agua – agregó Pinny.
- La distribución del agua debe ser equitativa, proporcional al número de individuos y especies – dijo Fénix.
- Si tienen esas exigencias no hay acuerdo – sintetizó el ciervo.
- ¿Qué motivo justifica la construcción de la represa? – preguntó Noby.
- Nos gusta el pastizal tierno y abundante – respondió uno.
- Con más de agua nutriendo nuestro suelo el pasto crecerá en gran cantidad. Será más largo y tierno.
- ¡Es una exageración! – reprochó Pinny, con gran enojo.
- Es mejor que regreses al bosque, por el momento – sugirió Noby.
Las ciervas quedaron mirando.
- Piénsenlo: una solución inteligente requiere una reflexión inteligente – pronunció el conejo.
Los ciervos continuaron con sus actividades sin dar más atención.
La falta de agua se sentía cada vez más. Sin embargo, noches después, la lluvia comenzó a cubrir el bosque. Era el agua acumulada durante las últimas semanas de invierno. Siempre sucedía en los primeros días de primavera.
Varios días después, el clima se calmó y el sol brilló nuevamente.
Cuando, como cada mañana, Noby se acercó al río, notó que el agua abundaba limpia y fresca.
Repentinamente Fénix y Penny aparecieron.
- Dimos un paseo. Hemos sobrevolado el río – comentó el águila.
- ¿Algo interesante? – preguntó el conejo.
- Las ciervos están alterados porque la pradera se inundó. El caudal del río aumentó gigantescamente debido a las lluvias. Y por causa de la represa el río desbordó sobre el pastizal – informó Penny.
- Eso sucede cuando se altera el curso natural de las cosas – concluyó el conejo.
Los ciervos ordenaron liberar el agua y decidieron dar una utilidad a la represa. Habían reflexionado y aprendieron. Aceptaron su error y se disculparon, aunque no sólo con palabras.
Mandaron a construir balsas y cubas con los troncos que formaban la represa. Las obsequiaron a los habitantes del bosque para que pudieran servirse y transportar agua con facilidad.
El río nutría al bosque nuevamente. La primavera era más bella cada día, bajo el sol mucho más intenso.
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Maria Concepción Hito Ortega
España
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 Miércoles, 1. Agosto 2007 06:38
El Pozo (Por Akane Hito)
Agua, agua, agua…, ésa era la palabra que unía y separaba, al mismo tiempo, a Villalba de Arriba y Villalba de Abajo. Lo sabían muy bien un niño y una niña: Antonio y María.
Ella era de Villalba de Arriba y él de Villalba de Abajo y su amistad no habría sido posible por culpa de esa palabra: agua, si no llega a ser por su gran imaginación y sus ganas de arreglar lo imposible.
Desde bien pequeñitos sólo habían oído hablar de la poca agua que tenían para beber, para cocinar, para regar, para lavarse…, en definitiva, para todo. Y siempre la culpa era del otro pueblo, donde sus gentes eran malgastadoras y de mala fe y hacían lo posible por jorobarlos.
Villalba de Arriba estaba, como su nombre indicaba, arriba y Villalba de Abajo estaba, por supuesto, abajo, y del uno al otro iba un caminillo polvoriento y poco cuidado. El camino, según parecía, había sido concedido, en tiempos de un antiguo rey, a Villalba de Arriba. En cambio, las tierras por donde pasaba el camino fueron concedidas, por otro monarca, a Villalba de Abajo. Así que, si a los de Villalba de Arriba no les daba la gana, cosa que pasaba año sí año no, los de Villalba de Abajo no podían llegar a sus tierras, que eran las más fértiles de la comarca. La excusa de los de Arriba era que así no gastaban tanta agua.
Pero la suerte quiso que, el año de la gran sequía, Antonio y su padre encontraran un pozo, en las tierras de Villalba de Abajo. Cuando se enteraron en Villalba de Arriba, sin pensárselo dos veces, cerraron el camino. A los del otro pueblo les dijeron que, por derecho de paso, la mayor parte del agua debía ser para ellos.
En Villalba de Abajo no se lo podían creer, y si no llega a ser por Antonio y María ninguno de los dos pueblos habría probado una gota de agua del bendito pozo.
Antonio y María se conocían en la distancia; ella desde su camino y él desde las tierras al lado del camino. Se sonreían al pasar y la complicidad de las sonrisas vino a dar en una amistad también en la distancia.
El día que Antonio y su padre descubrieron el pozo, María estaba cerca. Cuando Villalba de Arriba cerró el camino, María pensó que era una gran injusticia, ¿acaso no podían compartir el agua y ser por fin buenos vecinos? A la vista estaba que aquello era imposible.
Antonio y María tenían un amigo en común, Pablo y… ¿cómo podía ser eso? Pues porque la madre de Pablo era de Villalba de Abajo y el padre de Pablo de Villalba de Arriba y su casa era tan peculiar que ocupaba una parte del camino de Villalba de Arriba, y una parte de las tierras de Villalba de Abajo. Había pasado hacía diez años y, de momento, las esperanzas de volver a unir a una pareja de Arriba y Abajo parecían pequeñitas, pequeñitas…
Pero Pablo y el agua fueron el eslabón necesario para unir las dos cadenas que Antonio y María sujetaron.
De los pueblos de Arriba y Abajo los más tozudos, con diferencia, eran sus alcaldes. Pero no fue a ellos a quienes convencieron de hacer las paces por el bien común, sino a cada habitante de los dos pueblos.
La treta que utilizaron fue sencilla, el apoyo de Pablo y sus padres incondicional, y la situación de la casa de éstos obró el pequeño milagro; cuando un habitante de Villalba de Abajo necesitaba agua se lo decía a Antonio que hablaba con su amigo Pablo, que se lo decía a sus padres. Entonces la madre de Pablo, que era de Villalba de Abajo, entraba a buscar el agua del pozo, el padre de Pablo se la daba en el camino a Pablo que iba corriendo a Villalba de Abajo con su carga.
Otro tanto pasaba en Villalba de Arriba, donde hacían el pedido a María y Pablo cumplía su cometido.
De tanto ir y venir, no sólo acabaron compartiendo el agua sino también la comida, noticias, y alguna cosa más, como la amistad.
De allí nació Gran Villalba: un pueblo que eran dos unidos, por un camino y el agua de un pozo.
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Fernando Güidi
Argentina
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 Sábado, 28. Julio 2007 20:21
“La rebelión”
Al principio nadie lo notó. Pero una a una las nubes que poblaban el cielo, a veces, como grandes legiones a punto de arremeter en batalla, y otras, como barcas solitarias con proa, allí donde se mecen los sueños, se fueron retirando para ya no volver. Durante las primeras semanas, en los días de tormenta, las murallas de nubes empezaron a exhibir huecos como si un asedio continuo de catapultas les hubiera abierto pasos a no se sabe qué extraños sitiadores. A la par que los días de nubes vagabundas se volvieron límpidos como enormes azulejos azules. Aún así, sólo aquellos que tenían por costumbre otear el cielo en búsqueda de figuras fantásticas, se percataron de que algo estaba sucediendo. “Cada vez hay menos nubes”, decían, pero nadie los tomaba en serio. Sin embargo, lentamente los días de añil impoluto fueron haciéndose mayoría, y los ejércitos de nubes ya parecían meros comandos. Los meteorólogos no podían explicar el fenómeno. Y los que antes no levantaban la vista más allá de la altura de un alero, comenzaron a buscar nubes en el cielo. Finalmente llegó el día que nadie se había atrevido a dar por cierto. Todas las nubes, de todas las formas y colores, los cúmulos, los nimbos, los cirros, los estratos, los cumulonimbos… todas desaparecieron sin dejar rastros. Pero no sólo de nuestro cielo, sino de todos los cielos, porque lo mismo se repetía en cada rincón de la Tierra. Esto trajo enormes consecuencias; sin lluvias, el nivel de los ríos comenzó a bajar, las napas de agua no podían reponerse, la amenaza sin precedentes de una devastadora sequía se acercaba como un fósforo a un barril de pólvora… Sin embargo, el proceso de evaporación del agua de los mares y los ríos continuaba, pero no daba lugar al nacimiento de nubes. O por lo menos eso fue lo que se pensó en un primer momento. Las nubes, como ya lo había anunciado un chico a su madre, cuando veían las noticias, “estaban jugando a las escondidas”. Sí, porque todas las nubes, las adultas y las niñas, se las habían ingeniado para ocultarse en un cuadrante perdido del Pacífico Sur, haciendo malabares para que los satélites no las descubrieran. Allí, cuando llegaba el momento, descargaban su anhelado contenido. Los científicos, reunidos en congresos extraordinarios, no podían explicar aquel inaudito fenómeno. Después de algunos cónclaves, las autoridades de los países con recursos, decidieron tomar las riendas del asunto, o por lo menos, eso era lo que ellos creían. Ordenaron que sus flotas de aviones, provistos de ridículos ventiladores, tratasen de arriar las nubes, hacia sus territorios. Pero no contaron con la astucia del ganado celeste. Cuando las formaciones se colocaban frente a las nubes, éstas simplemente descendían o ascendían como si pudieran intuir las maniobras de los pilotos venidos en jinetes. Otros trataron de usar bolsas gigantescas para atraparlas, pero los resultados, previsibles de antemano si la razón no estuviera eclipsada por la urgencia, siempre terminaban en la desazón. Uno de los pilotos sugirió, medio en broma y medio en serio, que era “como si las nubes estuvieran vivas”. El pobre capitán, nunca se imaginó que su idea iniciaría a multiplicarse en las conversaciones tanto de los legos como de los científicos más afamados. Y a una idea siempre la continúa otra, así que alguien es las altas esferas del poder, apuntó que “si están vivas porque no hablar con ellas”. Pero era eso, ¿posible? Después de debatir durante horas cómo hacerlo, la camarera encargada de servir café a los encumbrados hombres, se animó a decir, que tal tarea podía ser encarada por chamanes. A la incredulidad, le continuó el silencio, y a éste la orden de contactar con los chamanes más reconocidos del mundo entero. Así se reunieron aquéllos provenientes de las estepas siberianas, de las selvas de los antiguos mayas, los lapones del círculo ártico… Y se entendieron con suma rapidez, asumiendo el desafío. Uno de ellos, Huscasún, fue designado por el conjunto para emprender la faena. Lejos de las miradas de los indiscretos y de las más indiscretas cámaras de televisión; en un círculo sagrado, pronunciando fórmulas y conjuros, en los más variados idiomas, ya irreconocibles, el joven Huscasún se transformó en un águila dorada e inmediatamente voló hacia el Pacífico Sur. Al llegar ante las nubes, éstas reconocieron en aquel animal la presencia de un poderoso chamán. “Nos hemos retirado -le dijeron las nubes- porque estamos cansadas de ver como la gente contamina y hace un mal uso de las aguas de los ríos y de los arroyos, de las lagos y de las napas subterráneas, que nosotras renovamos con nuestro trabajo de obreras.” El chamán, conocedor de la verdad de aquellas palabras, les pidió, sin embargo, consciente también de los resultados catastróficos de la rebelión, un plazo de veinte años para que se tomaran medidas para rever la situación. Las nubes mayores, congregadas como en un magistral consejo, acordaron aceptar tal propuesta, con la condición de que si no se hacía algo en serio, la próxima vez el motín no tendría vuelta atrás. Luego, las nubes comenzaron a tornar hacia todos los lugares de la Tierra de los que se habían ausentado. Huscasún, a su vez, volvió al círculo sagrado, comunicó “la tregua” pactada a sus iguales y éstos a las autoridades del mundo. De aquellos hechos, ya han pasado cinco años; se han reunido infinidad de comités, asambleas, consejos, y burócratas de toda categoría y estirpe. Pero aún no se ha hecho nada. Es que, ¿será necesario que los relojes lleguen a la hora cero?...
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Oscar Alexánder Rios Díaz
Perú.
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 Sábado, 28. Julio 2007 17:48
La Tristeza de Juanito
Había una vez una pequeña población costera llamada “Magdalena del Mar”, que tenía un pequeño muelle en el que descansaban algunas embarcaciones artesanales.
Juanito era un niño que vivía en esta localidad y era sumamente travieso y desobediente. Ejemplo de esto era que no hacía caso a sus padres a la hora de botar la basura: en vez de entregarla al camión recolector que pasaba todas las noches por su casa, prefería ir al muelle y arrojarla al mar. Con el tiempo otros niños de su barrio siguieron su mal ejemplo.
Sus padres, primero, y otras personas mayores, después, le hacían ver su mal proceder, pero él no escuchaba y siempre se las ingeniaba para ir con su bolsa de basura al muelle y, desde allí, arrojarla al mar.
Un día de verano, mientras se divertía zambulléndose debajo de las olas en una de las bonitas playas de su localidad, notó con sorpresa que un anciano delfín nadaba a su lado. Al extender su brazo para acariciar la cabeza del hermoso animal se dio con la sorpresa de que el anciano delfín le dirigió estas palabras:
- Juanito, amigo mío, tengo el penoso encargo del “Guardián de los mares” de comunicarte que por tu mal proceder de botar deliberadamente tu basura en estas aguas e insitar a los demás chicos de tu edad a hacer lo mismo, serás convertido en delfín hasta que hayas aprendido a respetar a la naturaleza.
Y diciendo esto, se alejó.
Y sucedió que al querer Juanito caminar hasta la orilla no sentía sus piernas, a la par que notaba que avanzaba por las aguas con gran velocidad. Quiso ver sus manos y en lugar de ellas vio dos aletas. Por algún extraño poder, Juanito había sido convertido en un joven delfín.
Se acercó al muelle para pedir ayuda, pero notaba que los niños y adultos que allí trabajaban en sus embarcaciones lo miraban con gran curiosidad y simpatía.
- Mira papá – decía un niño - hay un delfín que no deja de nadar y chillar alrededor del muelle
- Debe ser un delfín joven que se ha alejado de su grupo y se encuentra perdido. Contestó el padre.
Después de algunas horas de vano intento por querer comunicarse con los humanos, juanito se retiró muy triste a buscar abrigo para pasar su primera noche en el agua.
A la mañana siguiente, Juanito sintió hambre y se acercó al muelle con la esperanza de que algún niño le dé de comer, pero se encontró con que sus antiguos amigos y vecinos sólo se limitaban a usar el muelle como botadero de sus respectivas bolsas de basura que no habían podido entregar al camión recolector la noche anterior.
Con honda pena vio, desde las aguas, a sus padres, muy afligidos, preguntando a los vecinos por él. Todas las tardes, su madre se acercaba al muelle y se quedaba muy triste mirando el horizonte. Ella pensaba que su travieso hijo se había escapado en alguna embarcación foránea con destino sabe a Dios dónde.
Y cada vez que él se acercaba al muelle a querer consolar a su madre, tenía que vérselas con aguas contaminadas llenas de aceites de motor y manchas de petróleo que flotaban en la superficie, sin mencionar los restos de basura que él mismo había botado en fechas pasadas.
Con gran arrepentimiento, Juanito comprobaba que sus amigos del barrio seguían su mal ejemplo de arrojar basura al mar.
Para acercarse a su amadísima madre tenía que abrirse paso por entre cosas viejas y latas oxidadas que flotaban en el agua. Un día casi se asfixia con una gran cantidad de bolsas que flotaban en la superficie. Casi siempre salía del muelle todo cochino y con varios arañazos producto de los alambres y latas que, junto con la basura se acumulaban alrededor de los pilotes del muelle.
Otra cosa que le hacía mucho mal era el colector de desagüe ubicado al norte de la ciudad, que descargaba las aguas servidas de toda la población y que iba a parar al mar, que era ahora su hogar.
Y así pasaron algunos meses, durante los cuales Juanito aprendió a sobrevivir como un delfín más. Tuvo tiempo de sobra para reflexionar y arrepentirse de su mala conducta.
Un buen día, estando cerca del melle, al ver a su madre tan afligida no pudo evitar derramar lágrimas de sus pequeños ojos cuando vio que venía a su encuentro el delfín anciano de la primera vez, que le dijo:
- Amigo Juanito: Ya has aprendido lo suficiente. Regresa donde los tuyos que mucho han sufrido ya por tu ausencia.
Y dicho esto el niño se vio nuevamente nadando en el agua, pero ahora como ser humano.
Su madre, al verlo dio un grito; y bañada en lágrimas daba gracias al Cielo por haber recuperado a su hijo con vida. Las personas que trabajaban en las embarcaciones estacionadas en el muelle no tardaron en ayudarlo a salir del agua.
Y Juanito regresó a su mundo con un espíritu más humilde y agradecido. Cuando fue grande llegó a ser alcalde de su ciudad y trabajó sin desmayo por la protección del medio ambiente, en especial del ecosistema marino; y no descansó hasta ver convertida en realidad una planta de tratamiento de las aguas servidas de su localidad.
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Alejandro Montini
Argentina
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 Viernes, 27. Julio 2007 10:31
AGUA / BIYO
El pequeño Famuel no encuentra Biyo* en la seca Bakol, al este de Somalia. Sus pies son áridos al igual que la piel de su tierra, sus redondos ojos negros solo han visto el suelo quebradizo y a su padre, llevar el rebaño de un lado al otro, semana tras semana por largos caminos desdibujados en los mapas. Por un suspiro brillante de agua.
Cristian abre el grifo en una diáfana mañana en Villa Alemana, lava su carita y sonríe frente al espejo. El sol gime por la ventana con sus rayitos calientes. Cristian busca la calle y la calle se abre completamente para él. Cuando regresa a su casa bebe agua del jardín y con un simple giro cierra el grifo del agua pura y cristalina. Las últimas gotas buscan la tierra húmeda, ahí esta naciendo una verde esperanza, Cristian observa la pequeña planta, casi insignificante al común de la gente.
El pequeño Famuel con su delgada ilusión, espera por su padre, que regresará dentro de unos días, seguramente con un par de animales menos, seguramente con el calor doblándole la espalda. Famuel sobre el seco piso de su aldea, suelta una débil lagrima que apenas alcanza a humedecer la tierra; donde no crecerá nada.
Cristian mientras se ducha, piensa que sus pequeños pies despiden el agua hacia ese mundo escondido, donde los gnomos, la regresarán mañana limpia y cristalina por las infinitas cañerías multicolores, como ovillos de lana bajo la tierra. Luego, Cristian se duerme en el placentero silencio de la noche en Villa Alemana y sueña que es una nube cubriendo el desierto de un país lejano.
Esa mañana Famuel despierta y ve a su padre a lo lejos, que regresa atravesando la cortina de lluvia, esa lluvia como millones de lágrimas cayendo del cielo. Entonces Famuel corre a su encuentro, corre como el biyo que besa la piel de su tierra.
Cristian, desde la altura de su sueño, observa a un niño abrazando a su padre sobre una tierra húmeda que germina. Entonces Cristian comprende: mientras el agua riegue la esperanza, siempre crecerá un milagro.
* significa agua en Somalí
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María Isabel Tobar Loyola
Chile
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 Jueves, 26. Julio 2007 20:02
DON TIMOTEO
Me encanta conversar con don Timoteo tiene muchas historias qué contar. Un día me contó cómo él y su amigo Braulio salvaron la bahía, de una catástrofe irrecuperable. Todo comenzó cuando se instaló al frente de su barbería, una fábrica de no sé qué… y el restaurante “El Cangrejo cojo”, todos los días don Timo, -le decía así de puro cariño- cerraba su local al atardecer. Al bajar las cortinas vio cómo dos hombres lanzaban al alcantarillado unas bolsas negras, y tachos con basura. Días después empezaron los reclamos de los vecinos por los malos olores, las cañerías de las casas tapadas, las calles sucias, e inundadas, los ductos tapados y muchos problemas que provocaban también contaminación en el mar. Un día don Timoteo y Braulio cerraron la barbería y se dirigieron al alcantarillado donde se botaban los desperdicios. Se quedaron como dos horas esperando que sucediera lo de las otras noches…...Después de un buen rato se escucharon voces que decían, “Anda apúrate que no nos vayan a ver arrojar esto al alcantarillado”. Cuando vieron toda la basura y desperdicios, Braulio dijo sorprendido ¿por qué no botan estos desperdicios donde corresponde, la mayoría son insolubles? Los deben trasladar en camiones hasta los vertederos habilitados para esos efectos, además uno no debe lanzar nada a los alcantarillados ya que hay empresas que se dedican a purificar las aguas servidas para poder ser usadas y enviadas sin contaminación al medio ambiente y las que no, se van al mar muy adentro por unos tubos muy largos, pero si están sucias estas contaminaran las especies que se encuentran ahí. … Sí, es verdad Braulio, pero aveces para evitar pagos, o por flojera es que cometen estos abusos, que lastiman a muchas personas y seres vivos.
Cuando don Timo era joven trabajó en una empresa que se dedicaba a la limpieza de los ductos de su ciudad, por lo tanto, él sabía de lo que estaba hablando. Me gustaba cuando don Timo me enseñaba lo que hacían en las plantas de tratamiento de las aguas, él me contó que primero se recolectan las aguas a través de los alcantarillados, las hacen pasar por unas rejas gruesas y finas para eliminar grasas, arenas y otras suciedades, me dijo que, así como nuestras madres usan cloro para desinfectar, uno de los tratamientos que se da a las aguas es ponerle una gran cantidad de coloro, para sacarle las bacterias, tifus y otros agentes infecciosos, luego viene una disposición final que es donde las aguas ya tratadas son devueltas limpias a los cauces naturales. Don Timo dice que los alcantarillados son como las venas, cuando se tapan producen un daño muy grande que descompensa todo el organismo; si se tira basura a los alcantarillados va a llegar un punto donde se taparan y se producirá una explosión de desperdicios que saldrá por donde sea y dañara todo lo que este cerca, por eso, hay que ser responsable y solidario, los alcantarillados deben estar limpios pues las aguas que lleva hay que devolverlas lo más puras que se pueda, ya que también son usadas para riego y muchas cosas más que benefician a los seres vivos del planeta.
A mí me quedo súper claro que tratando las aguas servidas tendremos ríos y playas más limpias….
Después de lo que vieron, Braulio y don Timoteo se decidieron y fueron a conversar con los dueños del restaurante y de la fábrica, grande fue la sorpresa que se llevaron cuando don Agustín el dueño del restaurante les comunica que ellos pagaban a una empresa para que saque la basura y se la lleve donde corresponde, lo mismo don Jusepe el dueño de la fábrica, quien también pagaba a una empresa para que sacara sus desperdicios y se los llevara lejos…
Don Timo y Braulio se dieron cuenta que los dos hombres no sabían nada de lo que estaba pasando con sus basuras y desperdicios…. don Timo los citó a una reunión y les contó todo lo que habían visto por las noches en los alcantarillados … don Agustín y don Jusepe quedaron muy sorprendidos y tristes, se sentían engañados y a la vez responsables de todos los problemas que tenía la gente de la bahía y de lo sucia y contaminada que se veía…. ¿Qué podemos hacer? dijo don Jusepe... don Agustín dijo “hay que deshacer los contratos”… sí, dijo don Timoteo, pero además hay que contárselo a todos ya que esta empresa va a seguir contaminando otros lugares. Que les parece si llamamos al dueño de la empresa para saber qué opina… De esta manera se reunieron los cuatro hombres con el dueño de la empresa.
El dueño de la empresa era don Clemente, estaba muy sorprendido no podía dar crédito a lo que escuchaba, Don clemente ¿supervisa usted que su gente traslade la basura por las noches a los vertederos habilitados?... ¿Capacitan al personal explicándole que las aguas servidas deben sufrir un proceso para luego ser devueltas limpias al medio ambiente? No,…pero averiguare lo que pasa…. Don Timoteo, Braulio, don Agustín y don Jusepe, le dieron un plazo de dos días para que averiguara que estaba pasando, de lo contrario harían una protesta enfrente de la empresa.
Llevaban un día del plazo fijado, cuando don Clemente apareció. ¡Y don Clemente! ¿Cómo le fue, nos trae buenas noticias?...... sí amigos, he descubierto lo que pasó, sucede que los dos hombres que ustedes veían tirar las basuras en los alcantarillados, lo hacían de flojos para terminar luego su trabajo, no tenían idea del daño que estaban causando, así que los mandamos a una capacitación junto a todo el personal. Don Clemente dijo: esta vergüenza jamás volverá a suceder. Desde ese día nunca más hubo problemas con los alcantarillados.
La empresa de don Clemente quiso hacer un reconocimiento a don Timoteo y Braulio, les entregaron un diploma en la plaza pública, para destacar su valor y honradez y así también motivar a las personas a que tomen conciencia que al cuidar el buen uso de los ductos de alcantarillado, cuidamos el agua, y por lo tanto se contribuye a la salud y bienestar de toda la familia y de todo el planeta.
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Isaac Fidel Zamora Suárez
CUBA
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 Jueves, 26. Julio 2007 15:21
GUARDIANES DEL AGUA.
La maestra Beatriz llegó al aula con un tema nuevo.
-Hablaremos del agua –dijo y puso con una tiza blanca en el pizarrón la palabra AGUA, así de grande.
Los alumnos la miramos desilusionados. Nos había prometido la historia de los vikingos, esos bravos marinos y ahora se nos aparecía con algo tan aburrido como hablar de agua.
La maestra pareció adivinar nuestros pensamientos y dijo:
-Les voy a hablar de un elemento de la Naturaleza sin el cual los vikingos no habrían descubierto las tierras de América, ni habrían realizados grandes proezas marinas y ni siquiera habrían podido sobrevivir.
Aquellas palabras nos animaron un poco, aunque seguía siendo un misterio para nosotros qué tenían que ver los bravos vikingos con la palabra agua. ¿Acaso nos hablaría del mar? Ahhh, aquello era otra cosa, porque los océanos siempre esconden grandes secretos.
Nuevamente la maestra nos sorprendió con su facilidad para leer nuestras mentes.
-Tampoco les voy a hablar de los mares, que son grandes masas de agua, pero en cambio, aprenderán la importancia de cuidar ese vital líquido.
Entonces se escuchó una voz desde el final del aula:
-A mí me parece que una clase sobre agua solo nos va a dar tremenda sed.
Todos estallamos en carcajadas, pero la maestra, en vez de mandarnos a callar, regresó al pizarrón, tomó el borrador y quitó la palabra AGUA.
Lanzamos un suspiro de alivio. ¡Hasta las maestras entienden que los niños necesitamos temas de mayor motivación!
-Hablaremos de vida y con la tiza blanca escribió la palabra VIDA, así de grande.
¿Les parece bien? –preguntó.
Los alumnos la miramos extrañados. ¿Vida? Bueno, siempre es mejor que una clase sobre ese líquido que nos calma la sed.
La maestra nos miró con picardía y dijo:
-Hablaremos de la vida, pero como ella es imposible sin el agua, entonces empezaremos primero por conocer la importancia del agua para los seres humanos, animales y plantas.
Todos en el aula protestamos. ¿Por qué hablar de agua con tantas cosas interesantes en el mundo?
La maestra entonces regresó al pizarrón y borró VIDA, pero escribió la palabra MARAVILLA, así de grande.
Por fin nos había comprendido. ¡Eso sí era un tema interesante! A lo mejor nos hablaría de los osos panda o de las cosas que se hacen en un circo.
La maestra sonriente y dijo:
-Les cuento que la maravilla más grande del Universo se llama agua.
En fin, nos resignamos a escucharle y perder el tiempo sobre algo que entonces nos pareció aburridísimo, pero cuán grande sería nuestra sorpresa cuando preguntó:
-¿Quién sabe lo que pasaría si el mundo se queda sin agua?
Nadie contestó. En realidad, nunca habíamos pensado en eso.
Levanté la mano y hablé de la importancia del agua para jugar en la playa, o en un río, o una piscina.
Sin agua perdemos una gran diversión –concluí.
La maestra me escuchó con mucha atención y luego dijo:
-Tienes razón, pero solo has mencionado la función recreativa del agua y hay otras muchas funciones más importantes que jugar con ella.
Empezamos a sentir verdadera curiosidad por conocer aquel elemento que parece estar en todas partes, como el aire.
-¿Algunos de ustedes sabe que la vida en la tierra surgió primero en el agua?
Negamos con la cabeza.
-¿Sabían que nuestro cuerpo contiene muchísima agua?
Manifestamos asombro.
-¿Sabían que en el vientre de su madre, antes de nacer, ustedes flotaban en agua?
Nos miramos inquietos. La maestra contaba cosas sorprendentes de ese líquido transparente, sin olor ni sabor.
Un alumno levantó la mano y preguntó:
-¿Por qué si hay tanta agua debemos de cuidarla?
-Ahhh, he ahí la pregunta más interesante de la clase de hoy –señaló la maestra.
Tuve deseos de decirle que yo también había pensado en eso, pero a lo mejor no me creían. A veces uno tarda demasiado en decir lo que piensa.
-En primer lugar, todo lo bueno siempre debemos de cuidarlo y en segundo lugar, hasta el agua se puede acabar si dejamos que se pierda –dijo la maestra.
-¿Y cómo se pierde? –preguntó otro alumno.
-Por ejemplo, cuando contaminamos los ríos al arrojar basura en sus aguas, lo que perjudica también la vida que hay en ellas, como peces, plantas, larvas y muchísimas otras criaturas de la Naturaleza.
Me decidí nuevamente y levanté la mano.
-También el agua se pierde cuando tapamos los tragantes con piedras y tierra y otras cosas duras –dije.
-¡Muy bien! –exclamó la maestra.
Yo estaba radiante. Empezaba a comprender la necesidad de cuidar algo tan importante en el mundo.
Alguien más levantó la mano y dijo que también se pierde al agua cuando se tupen las cañerías.
-¡Muy bien! –repitió la maestra.
El resto del aula se entusiasmó y muchas manos se levantaron.
-Y cuando un grifo se queda abierto
-Y cuando se lavan los platos con residuos de comida sin botar.
-Y cuando se lanzan ratones muertos en un pozo con agua.
-Y cuando…
-Y cuando…
-Y cuando…
La maestra nos dejó hablar cuanto quisimos y luego se paró frente al aula, nos miró a los ojos, uno a uno y lanzó aquella pregunta que a todos sorprendió.
-¿Por qué entonces dejamos que todas esas cosas malas sucedan?
El aula quedó en silencio. Nadie se atrevía a levantar la mano. Ni siquiera a mirarle los ojos a la maestra. Nos sentíamos molestos porque era verdad que ayudamos a despilfarrar agua y nunca nos preocupamos por cuidarla.
Sin embargo, la maestra nos devolvió la alegría.
-No se sientan mal porque el primer paso para resolver un problema es saber que existe y ustedes ya saben cómo cuidar el agua, para que siempre disfrutemos de ese increíble elemento de la Naturaleza.
En ese momento sonó el timbre de la escuela.
-Bueno, acabamos por hoy ¿Les gustó la clase? –preguntó la maestra.
Todos dijimos que sí con la cabeza.
-Entonces los declaro Guardianes del Agua y desde ahora, cada vez que eviten que el agua se pierda, habrán ganado una batalla.
Al salir de la escuela, vimos a un hombre lanzando un saco con basura en un solar yermo, al lado del parque. Todos a la vez le rodeamos y le explicamos la importancia de mantener limpia la ciudad y cómo esa basura podía ser arrastrada por las lluvias y tupir los tragantes.
El hombre nos miró apenado.
-Mejor voy a esperar que pase el camión de recoger la basura –dijo y regresó a su casa con el saco sobre sus hombros.
Aquel primer día, los Guardianes del Agua ganamos nuestra primera batalla. Otras muchas nos esperaban.
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María Ramírez Díaz
Chile
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 Jueves, 26. Julio 2007 11:00
El agua y el caracol.
Un caracol ermitaño vagaba sin rumbo fijo, sediento, en busca de algún tallo tierno, o una gota de rocío, o al menos un lugar sombrío donde guarecerse. Terminaba el verano y el sol castigaba con latigazos de fuego la tierra.
El caracol extrañaba las hierbas y los pastizales, que hasta hacía poco habían sido su hogar. Y también echaba de menos las piedras húmedas y el canal de regadío que estaba junto a los pastizales. Pero tuvo la mala fortuna de dormir sobre una rama, que casualmente arrancó un campesino que pretendía convertirla en leña. Y escapó justo a tiempo, soltándose de la rama y cayendo al camino, salvándose por milagro de quedar convertido en carboncillo entre las brasas. Sin embargo, el terreno por el cual avanzaba era áspero y el calor había secado la maleza y los matorrales.
Después de mucho arrastrase, sin encontrar ningún signo de agua, se topó con un saltamontes. El caracol estaba agotado y le ardía el cuerpo y le pesaba más que una mochila con libros la redonda concha que llevaba a cuestas.
- ¿Podrías indicarme donde encontrar agua? –le preguntó al saltamontes.
- Si das trescientos saltos en dirección al lugar desde donde sale el sol, encontrarás una charca que el verano todavía no ha secado -le respondió el saltamontes.
- ¡Gracias! –se despidió el caracol. Y emprendió la marcha. Pero luego de tres horas de arrastrarse, se sintió sofocado.
Un gran mosco, negro como el carbón, pasó volando y se detuvo algo más allá.
- ¡Vaya! –dijo el mosco-. ¡Pero si es un caracol! ¿Qué haces en un lugar tan árido como éste?
- Estoy perdido y voy hacia una charca que está a trescientos saltos de aquí –señaló el caracol.
- Pero trescientos saltos es mucho esfuerzo. Terminarás cansado. Con un solo vuelo podrías llegar a un estero maravilloso, que está en dirección al sitio en el cual se pone el sol.
Y sin despedirse, el mosco agitó las alas y se marchó, pues tenía cosas importantes qué hacer.
El caracol se sintió feliz, porque ahora, para encontrar agua, tenía dos posibilidades. La primera era ir hasta una charca, en dirección al lugar desde donde salía el sol, y la segunda era avanzar hasta un estero, en dirección al sitio en el cual se ponía el sol.
Y reemprendió la marcha, ahora en dirección al sitio en donde se ponía el sol.
Una cucaracha, que dormitaba entre unas piedras, se extrañó al verlo.
- ¿Hacia dónde vas, caracol? –consultó la cucaracha.
- Hacia un estero maravilloso, que está a un vuelo de aquí. Estoy perdido y tengo sed.
- ¿A un vuelo? ¿Y de dónde sacas eso?
- Fue un mosco quien me aconsejó.
- Pero para un mosco, un vuelo puede significar una enorme distancia. Arrastrándote, nunca llegarás.
- Entonces, tendré que ir hasta la charca que está a trescientos saltos en dirección al lugar de donde sale el sol
- ¿Y quien te dijo eso?
- Un saltamontes.
- Pues te diré que por mucho que te empeñes, tampoco llegarás. Cada salto de un saltamontes equivale a lo que tú avanzas arrastrándote y sin detenerte durante gran parte de un día. Fracasarás en tu propósito.
- Es que de todos modos debo intentarlo, porque si no bebo, moriré. El agua es vida para mí. Y el verano ha sido tan violento que ya no quedan esteros ni charcas por las cercanías.
- Así como veo la situación, lo único que puedes hacer es enterrarte bajo una piedra y esperar a que llegue el invierno. De esa manera soportarás mucho mejor el calor.
Y la cucaracha escarbó en la tierra con sus patitas delanteras y se ocultó debajo de una de las piedras. El caracol buscó otra piedra y también se ocultó. Pero no estuvo muy a gusto allí, pues seguía sintiendo sed y calor.
Aquella noche no pudo dormir, y al amanecer, cuando se disponía a continuar, el ruido de un trueno lo estremeció. El cielo se hallaba cubierto de nubes y en cosa de minutos comenzó a llover.
Y llovió tanto, que por todas partes se formaron esteros y pozas. El caracol no podía más de felicidad. Bebió hasta hartarse y por experiencia supo que pronto crecerían pastos y arbustos, lo que aseguraría su comida durante meses.
- De nada me sirvieron los consejos del saltamontes, el mosco y la cucaracha –se dijo-. Siempre debí saber que la naturaleza, con su ciclo constante de acumulamiento de agua, evaporación y lluvias, era la única que me podía ayudar.
Y satisfecho, subió por el costado de una roca y sin importarle las gotas de lluvia que repiqueteaban sobre su espalda, exhaló un largo suspiro, se ocultó en su redonda concha y se dedicó a dormir.
Tema: El agua (ciclo hidrológico)
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Sonia del Carmen Morales Contardo
Chile
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 Miércoles, 25. Julio 2007 10:18
La unión hace la fuerza.
La ollita arrocera, miraba por la ventana a través del visillo, el comienzo de una lluvia. La cocina ya en silencio, le daba un aire de tristeza, tenía pena, ella abundaba en años, pero siempre su aspecto personal fue su orgullo. Hoy se reflejaba tan descuidada, con el tizne escurrido por su cara, había perdido su lozanía, su brillantez, sus ojos que cuidaba con esmero, recordó que al estar en el fuego se subió el contenido, al estar la tapa muy ajustada, manchando de paso su cuerpo.
Miró a su alrededor y vio todo arrumbado, vasos, tazas, servicios, todo estaba desaseado. Bueno se dijo, no soy la única, el corte de agua nos afecta a todas. Pero solo ella estaba desvelada, las demás dormían tranquilamente.
Ella pensaba en Blanquita, la dueña de casa, era semi inválida, vivía solita y las trataba con nobleza. Las lavaba pulía y secaba. Cada una tenía su sitio en el armario.
Hoy, van dos días sin agua, el corte fue grave le había comentado Blanquita a ella, cuando preparaba el almuerzo. Los vándalos, se robaron las cañerías domiciliarias junto con los medidores, por lo que el trabajo sería algo más largo. Es así, el por qué del descalabro en la cocina y el baño.
La lluvia empezó a empeorar y la ollita sin pensarlo despertó a sus compañeras, ¡amigas, debemos ayudar a Blanquita!, ¡Vamos a traer agua de lluvia!, todas las ollas en fila y la tetera también.
Los reclamos no se hicieron esperar: ¡tenemos sueño!, ¡hace frío!, ¡yo no quiero, me puedo resfriar!
La ollita arrocera entró en cólera, y así fue su arenga, les gusta verse bien vestidas, brillando sus mejillas, ¿verdad?, y no piensan en cooperar con la dueña de casa.
El sartén, que es soberbio contestó, eso del agua lo tiene que ver la entidad pertinente, a lo que respondió la ollita. ¡Es que no has visto como ESVAL trabaja todo el día y en la noche dejan personal de turno!, pero esto es muy grande, es un barrio entero. Tu viste cuando vino el jefe de obras, a conversar con las dueñas de casa y les explicó que están con todo el personal para solucionar a más tardar en una semana, el revés que han recibido con los maleantes, que solamente originan daño a la población y de paso causan un gasto que no se tenía presupuestada la compañía.
Has visto que ha venido el camión para repartir agua a las casas, con Blanquita han tenido un trato especial, por su estado, además aquí hay solo dos baldes para guardar agua. Sartén, tú no te das cuenta, que no ella no puede ir corriendo a comprar un tambor para guardar agua, porque no está ese gasto en el presupuesto del mes.
Es por eso que ESVAL, consciente de lo que vive la población, está con todo su personal de turno solucionando el suministro de agua diario.
Todos en silencio se levantaron, la ollita abrió la puerta y en fila una a una se colocaron bajo la canaleta del techo, que tenía un agujero por donde se deslizaba un hilo gordo de agua.
Cuando los dos baldes estuvieron llenos cerraron la puerta. La ollita como una mamá ayudó a secarlos con el paño de platos a todos. Ahora ya pueden dormir, gracias amigas, Blanquita merece este sacrificio de nosotras, no olviden que ya estamos encaneciendo y que hay nuevos modelos, con ropajes de colores que alegrarían la cocina en primavera, aún así nuestra dueña nos cuida y quiere, nos trata como si fuésemos sus hijas y eso merece este gesto de buena voluntad.
Al amanecer un cálido sol se hacía presente después de la suave lluvia que regó la ciudad.
Blanquita se levantó y se fue afirmándose en su carrito a la cocina lentamente, vio el balde con agua y se dijo, no recordaba que lo dejé lleno de agua. ¡Qué bueno, lavaré las ollas!, pobrecillas, están acostumbradas a ser limpiadas y guardadas en su estante. Sí, las atenderé a ellas, yo me asearé cuando llegue el camión de ESVAL a repartir el agua, nunca han faltado, han sido nuestro gran aliado en estos momentos. Lo esperaré, ya son mis amigos.
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Fernando Valderrama Tapia
Chile
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 Lunes, 23. Julio 2007 17:17
Historia de un río
Aunque ustedes no lo crean las montañas, los lagos, los ríos, etc. no siempre existieron; sino que alguna vez nacieron como cualquiera de nosotros y con el tiempo debieron relacionarse con su ecosistema por primera vez con el fin de madurar cual adolescentes.
Fue en este proceso en que se desarrolla la historia que les contaré.
Hace miles de años atrás, nacía un río en una cordillera al final del mundo. ¡Ya sé lo que piensan!, pero a pesar de sus años era un río joven si lo comparamos con la edad de la Tierra. Su lecho atravesaba hermosos valles llenos de vida, llenos de los más diversos seres que se beneficiaban con su agua. Él los acogía a todos, incluso a los que estaban de paso por ahí como las aves, disfrutaba mucho de su visita.
Por un tiempo todo era armónico y se sentía orgulloso, hasta que otro integrante se sumó a su ecosistema: el hombre.
El hombre edifica sus ciudades a lo largo de su curso para subsistir y se lleva bien con él al principio, pero siempre hay una primera vez para todo.
Durante un crudo invierno, un temporal azotó la región por varios días, provocando que el cauce del río empezara a crecer más de la cuenta. Nunca le había pasado esto, por ende no pudo reaccionar. Las ciudades, al parecer, no estaban preparadas tampoco por lo que la catástrofe no se hizo esperar. La escorrentía produjo el desborde del río inundando las calles y las casas de muchas personas que nada pudieron hacer.
Nuestro amigo sólo observaba como su caudal corría desenfrenadamente acarreando todo tipo de escombros y como se repetía la misma tragedia en todos los poblados mientras seguía su camino hacia el mar.
De repente empieza a escuchar las voces iracundas de los hombres lamentándose por perder todas sus pertenencias. Y lo peor de todo es que lo culpaban a él por todo lo que había pasado.
Esta sentencia lo dejó desconcertado.
-¡Pero si yo no pude hacer nada! –exclamó-¿Por qué me culpan?
Y así siguió, murmurando, buscando una explicación hasta que llegó a su desembocadura.
Esta actitud no pasó desapercibida para el mar, que al verlo supo inmediatamente qué había sucedido; sin embargo igual le preguntó:
-¿Qué te pasa río? ¿Por qué tan alterado?
El río le contó su percance y la reacción de la gente. Al parecer la turbidez de sus aguas también enturbió su juicio.
-¡Son unos malagradecidos! –agregó.
Pero a pesar de su manifiesta rabia, se encontraba muy triste por dentro. Quería dejar de sentirse culpable.
El mar, sabio y amable, quiso ayudarlo:
-El hombre suele ser impulsivo, no deberías tomártelo tan a pecho –explicó.
-Contigo no lo son. Tú me has contado que los pescadores que salen a trabajar en tus aguas te demuestran un profundo respeto, que muchos poetas acuden a ti en busca de inspiración, en fin. ¡Hasta hay un mes en tu honor!
Aunque verdad tenían estas palabras, el mar sabía que también el comportamiento de algunos hombres había cambiado, ya que se acostumbró a tirarle todos sus desechos como si fuera una gran alfombra que todo lo tapa.
Se quedó pensativo por un rato, luego de un fuerte respiro dijo:
-Haz de saber que, a pesar de lo que te pasó, tienes suerte.
-¿Suerte? ¿Por qué?
-Porque he visto ríos sufriendo mucho más que tú. Ríos que llegan al mar teñidos de otro color y completamente fuera de sí. Se asemejan a un perro rabioso botando espuma por el hocico, pues en sus desembocaduras también se acumula espuma, provocada por las extrañas sustancias que el hombre ha vertido en ellos insensatamente. Y de no cambiar esta situación, nunca más podrán albergar a ningún ser viviente, ni nadie podrá beber de sus aguas.
El joven río quedó impactado por estas palabras, pero, si bien el mar buscaba consolarlo, su sentir no cambiaba. Aún lo embargaba la culpa.
De pronto, una voz fuerte y vehemente irrumpió en la conversación:
-¡Oye río! ¿Por qué te haces tanto problema?
Era la lluvia. Desde el principio había sido testigo de todo lo acontecido y había escuchado todo lo que el mar y río hablaron.
-Hace mucho tiempo que la culpa ya no es una preocupación para mí –continuó hablando sin esperar que su pregunta fuera respondida-, porque la verdad es que, ¡ni tú, ni yo tenemos la culpa de nada! –sentenció-¡Todo de lo que se queja o lamenta el hombre, se lo ha provocado el mismo!
-¿Por qué estás tan seguro de eso? –por fin preguntó el río.
-Yo conozco al hombre mucho antes que tú y déjame decirte que es una criatura muy especial. Llevo tanto tiempo observándolo y todavía sigo descubriéndole características nuevas que me sorprenden. Saber que te culpan por lo ocurrido no es novedad para mí, porque está acostumbrado a hacerlo. Verás, los mismos hombres responsables por ensuciar las calles y, por consiguiente, tapar sus propios alcantarillados con basura, son los que después se quejan por las inundaciones cuando llueve. Nosotros sólo cumplimos con nuestra naturaleza. Estamos libres de culpa.
-Nunca lo había visto de esa manera, ¿y qué puedo hacer? Lo único que quiero es volver a llevarme bien con ellos.
La lluvia no estaba interesada en llevarse bien con los hombres por lo que sólo agregó.
-La confianza es un mal del hombre. Al caer mis gotas en las ventanas de las casas puedo ver en su interior como dejan correr el agua de las llaves confiados. Creen que siempre será así, como si se tratara del Sol que cada día sale por la cordillera. No valoran lo que tienen –dicho esto la caprichosa lluvia sin previo aviso escampó y el cielo se despejó.
El mar, más cortés que la lluvia, se despidió del río.
Pasaron los inviernos y el río vio que todo lo que dijo la lluvia era verdad, aunque no todos los hombres eran tan desconsiderados. Esto lo lleno de esperanza. Pensó que si el hombre respeta el agua así como respeta la vida podrán amistarse de nuevo. Porque en el fondo el agua es vida y es parte de un ciclo hermoso que hay que cuidar.
Nuestro amigo descubrió prematuramente una gran verdad que lo ayudará a superar su problema, lo cual es importante si se pretende lograr cambios. Y si todos los niños al leer este cuento terminan pensando igual, ese día que tanto anhela el río llegara pronto.
¡Hasta puede que haya un “mes del río”!
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Carlos Roberto Ardiles Irarrázabal
Chile
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 Domingo, 22. Julio 2007 18:52
EL VIAJE DE OLITA
Olita y su amiga Espuma nadaban felices por el océano. A Olita le gustaba mirar hacia el cielo y ver cruzar las nubes.
- ¡Ay amiga Espuma! Cómo me gustaría volar como las nubes.
- Algún día amiga Olita. Algún día- le decía su eterna compañera, mientras Olita la miraba sin entender a qué se refería.
Recorrían largas extensiones de mar, a veces muy lentamente; otras , cuando el viento soplaba y soplaba, avanzaban velozmente. Muchas veces se acercaba a la costa y Olita miraba las montañas nevadas que estaban allá lejos.
- ¡Ay amiga Espuma! Cómo me gustaría llegar hasta esas montañas.
- Algún día amiga Olita. Algún día – le respondía su compañera de viaje, mientras Olita la miraba sin entender mucho a qué se refería.
Ahí en la costa, Olita también podía ver cómo el agua de los ríos llegaba hasta la playa, formando un paisaje bellísimo y creando a su vez, miles de nuevas olas que serían sus hermanas en ese inmenso, inmenso más.
- ¡Ay amiga Espuma! Cómo me gustaría ser como esos ríos que llegan al mar viajando por lugares que deben ser tan hermosos que los alcanzo a imaginar.
- Algún día amiga Olita. Algún día- le decía su amiga viajera, mientras Olita la miraba sin entender bien a qué se refería.
Pero cuando más soñaba Olita era los días en que desde el cielo, más oscuro y nubloso que de costumbre, caían millones y millones de gotas de agua dulce que se mezclaban con las olas del mar salado y también, como aquellos ríos de la costa, creaban más y más hermanas olas en ese inmenso , inmenso mar.
- ¡Ay amiga Espuma! Cómo me gustaría ser como esas gotitas que caen y caen con tanta alegría que nos hacen suaves cosquillas.
- Algún día, amiga Olita Algún día- le respondía su amiga Espuma mientras ella también reía con las cosquillas que le hacían las gotas de lluvia.
- ¿Por qué siempre me respondes lo mismo Espuma? Nunca me dices algo diferente y no entiendo qué quieres decir.
- Algún día Olita. Algún día lo entenderás. Lo único que te puedo decir es que pronto podrás cumplir todos tus sueños, ya lo verás.
Así pasaban los días en ese inmenso, inmenso mar. Una tarde de mucho calor, Olita comenzó a sentirse extraña. Poco a poco se fue elevando hacia el cielo, liviana y transparente: se estaba convirtiendo en Vapor de Agua, pero ella no lo sabía.
- ¡Espuma, Espuma, mira estoy volando!
- ¡Te lo dije Olita! – le gritaba desde el mar - ¡los sueños se hacen realidad. Viaja, viaja. Yo te esperaré aquí.!
Olita, cada vez más alta, se unía con otras de sus hermanas que también se estaban evaporando para convertirse en una hermosa y gigantesca nube. Olita miraba desde el cielo y disfrutaba su viaje. Miraba hacia abajo y se maravillaba con lo hermoso del planeta. El viento hacía su trabajo y la empujaba hacia las montañas. Olita y sus hermanas comenzaban a sentir frío. De repente, cerca de las montañas, Olita se sintió caer. Se estaba condensando y convirtiendo en lluvia, en suave y delicada lluvia. Otras que siguieron más cerca de las montañas se fueron convirtiendo en blanca y majestuosa nieve .
- Nos encontremos más adelante, cuando nos derritamos y seamos un río.- Se dijeron antes de separarse para continuar ese maravilloso viaje.
Olita, emocionada, caía y caía . Ahora comprendía las palabras que siempre le decía su eterna amiga. Casi sin darse cuenta, cayó hasta un hermoso río. Este río atravesaba valles bellísimos, con bosques tan grandes que no alcanzaba a ver donde terminaban. Regaba grandes extensiones de tierra donde los seres humanos cultivaban para cosechar sus alimentos. Atravesaba ciudades enormes y pueblos pequeños y en cada uno de esos lugares Olita se sentía maravillada. Sin embargo, a veces Olita, sus hermanas y todo el río parecía enfermar. Habían industrias que dejaban caer sus desperdicios a él. Entonces los peces, los bichitos , las plantas que en él vivían, se enfermaban, aunque a veces también morían.
Mientras viajaba por ese gran río , a veces lento, otras tan rápido que Olita se asustaba, continuaba conociendo lugares maravillosos. Después de algunos días de viaje por esos bellos parajes, alcanzó a divisar, un par de kilómetros más abajo, el inmenso, inmenso mar. El corazón de Olita palpitó fuerte; regresaba para encontrarse con su amiga después de haber cumplido sus sueños.
Cuando llegó al mar la esperaba Espuma, también emocionada.,
- ¡Espuma, Espuma, qué maravilloso viaje he tenido!
- Si Olita, lo sé. Ya te lo decía yo, “algún día Olita, algún día” .
- ¿Volveré a hacer este viaje?
- Por supuesto , este es un viaje eterno y maravilloso. Es el Ciclo del Agua que
nunca ha de terminar para dar vida a todo. El calor te transforma en Vapor de
Agua para que conviertas en nube. El frío entonces hace que te vuelvas lluvia y si hace más frío te podrías convertir en nieve, para precipitar y crear un río que riega kilómetros y kilómetros de tierra entregando vida a bosques, animales, ciudades. Entonces, vuelves a ser lago o mar, como ahora tú has vuelto.
- Esa fue la mejor parte de mi viaje.
-Cuéntame todo amiga con detalles, las campos que viste, las ciudades, los bosques, todo Olita, cuéntame todo lo que viste.
Y las dos amigas siguieron su camino mientras esperaban que el Ciclo del Agua se reiniciara, como había sido desde siempre, hasta que pronto, otra vez, Olita y millones de olitas más, inicien ese maravilloso viaje desde el inmenso, inmenso mar..
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Héctor Emilio Guzmán Pulido
México
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 Domingo, 22. Julio 2007 10:22
La travesía
En un buen día, como así ocurre en otros tantos de la vida, el sol radiante al mundo entero, muy de mañana, lo abrazó. Y fue su abrazo tan cálido y fuerte, que el mar salado de los océanos sudó vapor.
En la tierna nube de vapor se mecían, como en una cuna, miles de gotas de agua bebés que efusivamente se sacudían la sal de mar, su cascarón. Serán nueva agua, un agua dulce, un agua buena para beber.
La pequeña nube de gotas evaporadas, crecía y crecía, alimentada con otras gotas evaporadas que se le unían. De pronto otra nube y muchas más le acompañaban, dibujando, en el aire, un blanco campo de algodón.
Tomadas todas muy de la mano, danzaban al compás de la música de instrumentos de aliento que un fuerte viento hizo tocar. Así saltando y bailoteando, poco a poco, cual no queriendo, iban subiendo por la cuerda del cenit del sol a lo más alto del cielo azul.
Por su parte, el sol dorado, sin dejar de sorprenderse por aquel cotidiano acontecer, con su risa dibujada en el espejo de arco iris de las gotas cristalinas, les daba besos en pinceladas con su poderoso haz de luz multicolor.
Y más y más subían al cielo las nubes de gotas evaporadas, llevadas por los aires del deseo de ver cumplido el encargo recibido desde la voz de su interior.
Ya reunidas todas ellas en el amplio firmamento, sin tregua alguna, se organizan en carruajes gigantescos para realizar un inesperado peregrinaje. Preparan su mágico y anecdótico viaje, armadas con lanzas y flechas de rayos. En armonía con todo este atuendo, tiñen sus rostros de tonalidades grises para emprender la aventura.
Su ruta nace desde sus instintos, extraños senderos de la vía láctea. Van merodeando por mil altiplanos, campos, llanos, y altas montañas, guiadas tan sólo por su mística misión. Desde abajo, si bien se observa, juegan con formas que son el reflejo de las siluetas que les acompañan en su ritual de procesión: ya un conejo, ya un gatito, ya todo aquello que tú quieras que sean, serán.
En coro entonan cantos y, entre relámpagos y truenos, rayos y centellas, anuncian con rezos el evangelio de su devoción. Algunas ya tristes, las más muy contentas, derraman la savia de su amor. Abajo los hijos de la vida las alababan, recibiendo gozosos el néctar de la lluvia, su maná en rocío de bendición.
Por las laderas de las montañas, las nubes de gotas en pleno vuelo separan sus manos y bajan estruendosas salpicando el suelo. Procuran no ensuciar su piel transparente y rápidamente formarse en filas como en los desfiles de un festival. Una tras otra, en continuos riachuelos, se deslizan por los senderos que sus ancestros les han heredado. Siguiendo las huellas, bajan zigzagueando por resbaladillas, hasta los valles que sedientos esperan el anhelado torrente que los reverdecerán.
Otras gotitas, las más traviesas, se escurren por grietas y hendiduras. En ese juego de escondidillas, se confabulan para conformar un enorme caudal. Con la fuerza descomunal de un tren subterráneo, viajan distancias inimaginables. Al paso de tantos lugares paradisíacos, las gotas viajero se van separando para saludar. Puerta por puerta van dando cuenta de la entrega de su encomienda.
En su camino de vuelta a casa, toman descansos en lagos, lagunas y chorros de agua. Por su naturaleza caritativa, dan de beber a quien así lo pida, no hay distingo: plantas, animales, humanos,… todo ser vivo. Qué bondadosas son cada una de estas gotitas de agua dulce, que con todos se comparten, con todos se dan, y entregan su vida por la vida misma de los demás.
Al fin, ya están de vuelta en los linderos de los océanos que les vieron un día nacer, el vecindario de su hogar. Ya están en casa y se apresuran a descansar. Se les puede ver lavar su cara, bañarse en sales e irse a dormir. Su viaje, ya lo has podido imaginar, es curiosamente agotador.
Para ellas ya es la hora de acurrucarse, de arrullarse con las suaves olas y los cantos de cuna de las sirenas… de cerrar sus ojitos traslúcidos de un profundo azul cristal. En el silencio puede escucharse como cuchichean sus aventuras con algunos moradores de las rocas y arrecifes – peces y crustáceos que en el mar viven felices. Otras aguas más, velan los sueños de todos ellos, son ríos de mar, ríos que entibian su dulce hogar.
Tal vez lo sepas, o tal vez no, que también tú le llevas dentro porque eres agua casi en total. No es que ella sea tuya, porque no es de tu propiedad, sino más bien tú eres como ella, y esto es una hermosa verdad. Lo que a ella le es bueno, también bueno es para ti, y lo que a ella le lastima, te lastima igual a ti. Un consejo es oportuno: cuida en ella de tu salud, y cuida de sus complementos, mira que el agua, la tierra, el aire y el calor del sol, son esencia de vida, ejemplo de semilla en germinación.
Por eso, ahora que lo sabes y que conciente estás de su valor, no la ensucies, ni la desperdicies, ni la entretengas de más. Porque si a todas y a cada una de estas gotitas de agua un buen trato y ventura les das, muy de seguro que la travesía que hoy te he contado, gustosas, una y otra vez, por todos los que en este mundo habitamos, la vuelven pronto a realizar.
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Patricia Hernández Gracia
Colombia
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 Sábado, 21. Julio 2007 12:51
Margarita y la gente del mar…
Eran las vacaciones. Margarita estaba muy contenta pues su papá le había prometido que harían un viaje muy especial: la llevaría a conocer el mar. Ella, siempre había vivido en la capital, arriba en la montaña, y nunca, en sus 6 años de existencia, había llegado a conocer el mar. Se lo imaginaba como una gran bañera llena de peces, como la que tenía en casa, en donde además de bañarse, jugaba con sus muñecas a las sirenas. Bueno…, es cierto que al mar lo había visto en algunos libros, en la tele y en las fotos que su amigo Santiago le mostró cuando regresó de su paseo por la costa. Pero esto no era suficiente para Margarita, pues quería saber por ella misma que era verdaderamente el mar, y por eso este viaje resultaba muy especial.
Salieron de viaje en el auto de papá, y después de 7 horas de agotador camino de descenso de la cordillera, en el que Margarita había dormido la mayoría de este tiempo, de pronto sintió que su papá le decía suavemente: -“Margarita mira el mar! Hemos llegado a la costa!”. Inmediatamente Margarita se despertó al solo escuchar la palabra “mar”. Pero lo que más le llamó la atención del gran mar que tenía al frente, era que veía gente viviendo sobre él! Oh! Esta si que era una sorpresa.
Inmediatamente pidió a su papá que detuviera el auto. Se encontraban frente a un poblado de pescadores, en donde… si, efectivamente: la gente vivía sobre el agua, dormía sobre el agua y caminaba sobre el agua, pues sus casas eran en madera apoyadas sobre una especie de columnas que hacían que las casas se sostuvieran sobre el agua para que no se mojaran, y al mismo tiempo, el agua pasaba por debajo de ellas: era como si las casas tuvieran largas patas. Su papá le explicó que era un poblado de “palafitos”.
–“¿Y por donde transitan los autos?”, preguntó Margarita. En vez de autos tenían canoas, hermosas naves de madera hechas por ellos mismos, que parqueaban frente a cada casa, explicó su papá. Para Margarita era un pueblito de “casas marinas”. ¡Qué sorprendente! Esto iba más allá de sus juegos de sirenas en la bañera.
Un pescador, habitante de este maravilloso poblado, llegaba en ese momento a la costa remando en su canoa, la cual dejó a pocos metros de donde Margarita y su padre se encontraban. La niña con curiosidad se acercó al señor y le preguntó: -“Señor, cuénteme cómo es vivir sobre el agua?”.
El señor le respondió: -“Siempre he vivido acá, al igual que mi papá, mis abuelos y mis bisabuelos. Somos un pueblo de pescadores, y nos hace muy felices vivir sobre el agua pues aquí tenemos todo lo que necesitamos: el jardín de juegos de nuestros hijos, nuestra despensa, nuestro trabajo, nuestras “calles”…, definitivamente nuestra vida es el mar”.
Margarita quería saber más, y el señor continuó: -“El único problema es que nuestra vida en este poblado será muy corta, pues ahora esta zona de la costa está contaminada, nuestros peces mueren antes de ser pescados porque el agua esta sucia, y nuestros niños a veces también se enferman con el agua que beben”.
-“Pero, por qué?”, preguntó la niña.
-“Porque en la ciudad de la costa, los desagües de las casas que llevan las aguas sucias llegan al mar, y por muchos años ha sido así, y hoy en día la situación es crítica y nuestro mar no aguanta más”, respondió el pescador.
Margarita quedó muy preocupada, y su papá también de verla así. Se despidieron y continuaron su viaje a la ciudad, a pocos kilómetros de allí.
Al llegar al hotel, Margarita se puso su traje de baño y salió a pasear con su papá por la playa. Todo era hermoso para Margarita: el balneario, la arena, y sobretodo el mar! Le encantaba el arrullo de las olas cuando se metía en el tibio mar.
En la playa jugó con la arena, hizo castillos y fuertes que seguro ningún pirata hubiera derribado, y hasta se tomó una foto con su papá en el borde del mar, para mostrársela a Santiago y sus amigos del barrio cuando regresara de viaje. Pasaron los días y Margarita pasó unas felices vacaciones, a tal punto que acordaron con su papá que regresarían allí el próximo año. Sin embargo, algo aparecía a veces en sus pensamientos: la gente del mar y su poblado sobre él.
El tiempo pasó y como su papá le había prometido, regresaron al balneario nuevamente. Al encontrar la costa, Margarita vio con alegría que el pueblo sobre el mar aún existía. -“¡Qué maravillosa sorpresa!”, pensó Margarita y su cara se iluminó. Su papá inmediatamente se dio cuenta que este era un excelente inició de las vacaciones: Margarita estaba feliz.
Algunos minutos después llegaron a la ciudad. Margarita se dio cuenta que algo había cambiado en la población: había obras en las calles: polvo y ruido, mucho ruido! Cuando llegaron al hotel, el conserje les dijo: -“Disculpen el ruido y el desorden, pero hemos tenido estas obras en las calles desde hace meses, pues todo el sistema de alcantarillado de la ciudad se está reorganizando pues ahora tenemos una planta de tratamiento de las aguas negras y sucias, que evita que estas ya no llegan al mar y lo contaminen. Tal vez el ruido de las obras les pueda molestar en sus vacaciones. Que pena con ustedes, sentimos inmensamente las molestias”.
-“Molestias?”, pensó Margarita, mientras se le escapaba una sonrisita de su boca: -“Todo lo contrario”. El espantoso ruido de las obras era como música para sus oídos, pues gracias a estas obras la gente que vivía sobre el agua seguiría teniendo su ciudad mágica sobre el mar! Margarita estaba feliz! Sin duda estas fueron las mejores vacaciones de su vida.
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Yasmín Romero Nuñez
España
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 Martes, 17. Julio 2007 16:53
Dino el Delfín
Dino era un pequeño delfín que vivía feliz en el mar, dentro de sus aguas limpias y transparentes, cerca de una playa, allí jugaba con sus hermanos, y le hacía caso a los delfines mayores, pero hacía una cosa muy mal, aunque su madre le había enseñado muchas veces que solo debía comer peces, cada vez que nadie lo miraba, él se comía todo, todito lo que encontraba, era un delfín muy glotón.
Un día de verano, en la playa, que estaba llenita, llenita de niños con sus padres, sus amiguitos, sus mascotas, donde todos reían y jugaban, y se hacían grandes castillos de arena, los niños olvidaron una cosa importantísima que habían aprendido en su casa y en la escuela, que los desechos se botan en la basura, y todo lo botaban en la arena, los vasos, las bolsas plásticas, las latas donde tomaron refresco, los papelitos metálicos de las galletas y las paleticas de helado , todas esas cosas ricas que vienen envueltas, nada, nadita se recogió.
Esa noche cuando la playa se quedó vacía, comenzó a llover, el viento comenzó a soplar, las olas entraron grandes y furiosas a la playa, arrastrando todo cuanto encontraron a su paso y llevándolo al fondo del mar. Cuando todo estuvo limpio, el mar comenzó a calmarse, las gotas de lluvia dejaron de caer, y el sol comenzó a brillar en un amanecer limpio y bello, la playa parecía otra vez como nueva. Pero toda, todita la basura estaba ahora dentro del mar, donde vivía Dino, nuestro delfín.
Esa misma mañana Dino nadaba alegre jugando con las olas, saltando, y jugando con las gaviotas que volaban a ras de mar, en ese momento Dino vio en el agua unas cosas flotando que el no conocía, curioso por su hallazgo fue hasta allá y se puso a revisar aquellas cosas y a pesar que sabía muy bien que solo debía comer peces, y que sus padres se lo habían dicho muchas veces, él estaba muy intrigado con aquellas otras cosas que habían en el mar, y no parecían peces, como unas interesantes cosas brillosas, redondas llenas de letras, que él no sabía (porque no sabía leer) que decían Cerveza y Refresco, o aquellas otras cosas que parecían medusas que las había visto blancas y otras con colores (que eran bolsas plásticas) y que lucían tan apetitosas, Dino no pudo más con la tentación, y como no había nadie cerca, pluf se la comió de un bocado.
Dino nadó muy contento pensando que nadie tendría que enterarse, pero de pronto comenzó a toser muy, muy fuerte, nadó y nadó muy rápido a la superficie para poder respirar, porque los delfines igual que los humanos respiran aire, y saltó una y otra vez pero nada, aquel manjar decididamente no había sido ningún pez, ni nada que hubiera probado nunca, pero la verdad es que le estaba haciendo mucho, mucho daño, el aire le faltaba, la vista se le comenzaba a nublar, apenas oía lo que sonaba a su alrededor, ahora Dino sintió que el mundo se le acababa, comenzó a sentir mareos, no había dejado de toser, hasta que todo se puso oscuro y silencioso……
Por allí cerca pasaba un barco que regresaba de investigar el fondo marino en busca de Ballenas para saber mas de su vida para protegerlas mejor, y gracias al sonar (un aparato que oye las cosas en el fondo del mar) supieron que Dino estaba en peligro y corrieron hacia allá, con una gran grúa lo sacaron del agua y médico de animales que había a bordo descubrió rápidamente lo que había pasado, el delfín se estaba ahogando con una jaba plástica, el Veterinario (que es como se llaman los médicos de animales) sin dudar buscó las cosas que necesitaba para ayudar a Dino y de un tirón sacó la jaba de su garganta, mientras tanto sus amigos lo mantenían bien mojadito, ya fuera de peligro le pusieron una inyección para que durmiera y se recuperara.
Dino despertó, estaba un poco mareado pero respiraba, ya no sentía aquella cosa atravesada en su garganta, miró a su alrededor y descubrió que no conocía aquel lugar, era pequeño, en vez de arena en el fondo era algo duro y azul, mientras nadaba, a su alrededor corrían niños, junto a él habían mas delfines pero él nunca los había visto, ellos le dijeron, en el idioma de los delfines que estaba en un Acuario, porque estuvo en peligro grave, Dino comprendió de un tirón lo que había pasado y recordó aquello blanco que comió y se prometió a si mismo no comer nunca mas otra cosa que no fueran peces y feliz por su decisión comenzó a reír, y a saltar en el agua, los niños reían, y se agrupaban a su alrededor, ya todos sabía que él había sido el Delfín que había estado a punto de morir por la contaminación de la playa, las personas que lo rescataron y le salvaron la vida habían contado la historia al mundo, y ya todos los niños y los adultos habían aprendido la lección, que no deben dejar la basura tirada, porque pueden hacer mucho daño a criaturas inocentes, como aquel lindo delfín que ahora alegraba a todos contagiándolos con su risa, y ese daño podían evitarlo no arrojando basura.
Algunos días después cuando Dino estaba completamente recuperado el médico le dio de alta, y lo llevaron otra vez al mar donde familia y sus amigos estaban muy preocupados por él. Buscaron otra grúa grande, grande y lo pusieron otra vez dentro del agua, y nadó y nadó hasta que estuvo en lo profundo, allí comenzó a saltar y reír al ver a su familia, pero al mirar atrás vio muchos niños despidiéndose de él, dio un salto bien alto, bien alto para que todos lo vieran a modo de agradecimiento y se fue bien lejos, con mucho miedo de volverse a tragar otra cosa que no fuera un pez.
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José Aristóbulo Ramírez Barrero
Colombia
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 Sábado, 14. Julio 2007 20:46
El río Tunjuelito
Antes del cataclismo el río Tunjuelito era un verdadero río, como una vez no mucho tiempo ha fueron todos los ríos del planeta: cristalino y hermoso, el orgullo fluvial de nuestro padre el gran Bochica, su lugar predilecto para nadar y descansar de los apuros de su quehacer de dios principalísimo.
Antes de la polución, la contaminación, la urbanización, la modernidad, el acabemos, el consumamos, el no dejemos para mañana lo que podemos zamparnos hoy. Antes de la debacle el río Tunjuelito era un espectáculo digno de admirar. El noble río se tendía sin prisa por la fértil sabana bogotana y a su paso, sin desaires y a manos llenas, daba a cada cual una poca del precioso líquido que llevaba con sigo. El agua pura y sagrada, el agua que es la esencia de la vida desde el día en que, allá en la laguna de Iguaque, el agua dio luz a Bachué y Bachué, con un niño en los brazos, emergió de las aguas y pobló el mundo entero.
Antes de la destrucción del medio ambiente, por las gélidas aguas del Tunjuelo se desparramaba una interminable patulea de bichos de todo tipo: capitanes, nicuros, ranas, sapos, tortugas sabaneras, babillas, lagartijas, serpientes, runchos, perros de agua.
Fauna como la del Tunjuelo… Si acaso el en paraíso terrenal!
Antes de la hecatombe, las apacibles márgenes del Tunjelito estaban literalmente tapiadas de árboles pródigos y fastuosos: sangregaos, trompetos, amarrabollos, alisos, manos de oso, arbolocos, siete cueros, sauces llorones, nogales centenarios.
Era tanto el verdor, el aire tan puro, tan bonito todo y tan saludable que los feroces dioses del norte: Zeus, Ares, Thor, Irmin venían a pasar sus temporadas de tregua en la ribera del Tunjuelo y a curar sus heridas con sus aguas que eran mejores y más curativas que cualquier ambrosía del Olimpo.
En el frondoso follaje de los árboles que circundaban el Tunjuelo habitaba una miríada de pájaros a cual más exótico: monjas, cardenales, toches, torcazas, mirlos, aguiluchos, lechuzas, pájaros que se quedaron sin nombre porque los indígenas que los bautizaron fueron barridos de la faz de la tierra por los españoles y ni los españoles que aquí se asentaron ni sus descendientes, los criollos, se tomaron luego la molestia de rebautizarlos.
Los pájaros no importaban. Importaban los minerales: el oro, la plata, el cobre. Y para extraer los minerales había que esclavizar a los indígenas, hacerlos trabajar hasta que reventaran.
Reventaron y la lengua de los indígenas desapareció y desaparecieron los tesoros indígenas, lo |