1er Concurso internacional de cuentos de Viña del Mar, Chile
(hasta 400 palabras)

1er lugar: Cuento N'1, "Punto final" de Marcelo Galliano.
2do lugar: Cuento N' 38, "Angeles en el canal " de Ramón Rubina.
1ra mención: Cuento Nº 7, "El poder de la sangre" de Floriella Rivas.
2da mención: Cuento Nº 15, "El empleado del mes" de Francisco Milian.
3ra mención: Cuento Nº 9, "El espectador" de Laura Diamante.
4ta mención: Cuento Nº 6, "Cuarto para las seis" de Marianne Díaz.
5ta mención: Cuento Nº 4, "Una historia por contar" de María Noel.
6a mención: Cuento Nº40, "Viejo oficio" de Norberto Paúl.

Antología

Sábado, 22. Noviembre 2008 05:59
Cuentos en total: 52   Cuentos mostrados por Pág. 20  

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Seudónimo Cuentos
52)  Marcelo Galliano  
Argentina
 


Jueves, 5. Abril 2007 12:45 

Punto final


Y entonces ninguna culpa por el alivio, por concluir el rancio ritual de la congoja. Si nada fue gratis…: la carga incomprensible de verla irse, de saber que era temprano pero tarde, de imaginar su mirada improbable en la habitación 28.
“El padre de”, ese era mi nombre. Tanta veces tuve ganas de apuntar los entrecejos de esos tipos de blanco y perforarlos con: ¿padre de qué?
No; no había fuerzas para tanto reproche, las que quedaban se iban en cada Gitanes babeado en las vigilias de esos pasillos -donde fumar era cantarle un falta envido a la muerte-, y en las ojeadas tristes a la muñeca traspasada de tubos, a sus hilachas de pelo mustio derramadas en la almohada húmeda, a su piel blancuzca como un durazno de lluvia.
Dolor. Así, sin mucho que agregar, sin ningún adjetivo amarillento que lo aplacara con dos o tres sílabas en un vaso de agua cada ocho horas, cada tres o cuatro frases.
Luego todo en uno se multiplica. No bastan dos oídos, hay que escuchar cada susurro, cada comentario, cada puerta que se abre, cada hoja que se garabatea. No alcanzan dos ojos, hay que mirarla con diez, con veinte, con cincuenta, hay que escrutarle las cejas, las mejillas y los labios, inventariar sus mínimos movimientos, seguir la oscilación de su pecho, memorizar su rostro para que no se pierda en el olvido.
Hay que tener mil brazos para obstruir el tiempo, ser mago para que todo se detenga. Se puede, sí, sí; lo digo yo que estuve horas, días, siglos pujando con el hígado para que el pétalo lastimado no se cayera, acunándolo entre mis párpados sin chistar, sin tocar, sin soñar, porque quién sabe… quién sabe si en ese filo delgado entre la nada y el todo alguien escucha el llanto, el ruego, el “Padre nuestro que estás ¿cómo sigue?, santificado sea no hubo cambios, venga a nosotros qué dicen los médicos, hágase tu voluntad…”
Era fresca la mañana en que el zapateo inútil de las corridas en su habitación me despertó. Las pupilas vacías que se apartaban de su cuerpo ahora yerto, me dijeron lo que no necesitaba escuchar…
Un rayo de luz, incómodo y soberbio, se colaba por una ventana. Lo imaginé Dios, no sé, acaso una tontería. Me acerqué, lo miré fijo, y sin ningún reparo le dije: “Gracias”.

______
51)  Ivana Roth  
Argentina
 


Jueves, 5. Julio 2007 23:32 

A buen recaudo

El señor González se levantó casi contento. Casi.
Es que esa mañana vencía su plazo fijo, y podría ir al banco a retirar la parte de su vida que con tanto celo había guardado. Hubo un día, años atrás, en que la situación se puso muy fea. Pasaban cosas todos los días. Cosas que hacían sufrir. Entonces, una empresa multinacional creó un banco para las emociones. Quien se sintiera propenso a sufrir, derramar lágrimas de más, recibir lastimaduras o flechazos, podría poner a buen recaudo su corazón. El servicio era gratuito, e incluía los comprimidos azules que ayudaban a desprenderse de las emociones.
¿Y qué había puesto él allí? González había sido minucioso: la uva malbec, su humor picante y su sonrisa, el placer del asado dominguero, la alegría futbolera, un fogoso amor de juventud, el recuerdo de cosas queridas... González había depositado su tesoro, como lo habían hecho casi todos los habitantes de esa ciudad.
Casi. Es que algunos no habían aceptado la propuesta o no habían guardado lo realmente valioso. Y esos años, a plena luz, hubo gente que se arriesgó a celebrar, reírse a carcajadas o besarse en público. Cosas que, como se sabe, son el irremediable reverso del sufrimiento.
“Peor para ellos -pensaba González, en el silencio de su casa oscura-. Llegará el día en que yo reiré, con mi dicha intacta, y quizás esa pobre gente ya no tenga siquiera el consuelo de saber que en algún lugar están, a buen recaudo, sus sentimientos. No les quedarán más alegrías. No es buen momento para sacarlas. Así lo afirman diarios y revistas, el noticiero y los expertos. No es buen momento. Pero ya vendrán”, se decía.
Así que, la mañana indicada, González se puso el mejor traje; uno que no usaba desde el día en que por última vez… Camino al banco, algo muy parecido a la felicidad lo inundaba. Parecido; la verdadera estaba allá, guardada. Ahora iba por ella.
Cuando le entregaron sus emociones, González creyó tocar el cielo con las manos… aunque no supo cómo expresarlo. Las llevó a casa, con miedo a lastimarlas.
Recién empezó a caer en la cuenta de que ya no sabía cómo usarlas, cuando su equipo favorito hizo un gol, y el grito se le quedó trabado en el pecho, produciéndole ese ataque de tos que solo se le curaba con las pastillas azules.
50)  Patricio Moraga Vallejos  
Chile
 


Jueves, 5. Julio 2007 21:28 

Inoportuna lluvia

Refugiado en el local de siempre, espero que lleguen. Esta vez me he sentado en la mesa más iluminada, intentando asegurar ser visto apenas ingresen.
La espera la hago acompañado de un café y un libro de poemas desquiciados. Le lectura no es fluida. Eso no importa. La lectura es sólo un alivio para la ansiedad por el reencuentro.
Cada vez que se abre la puerta levanto presuroso la vista, esperanzado de observarlas entrar, invadiéndome luego la desazón.
Ya voy en el cuarto café y el reloj de la pared me dice que las horas han transcurrido infructuosamente.
Afuera llueve y pienso que quizás eso las ha retrasado. La lluvia es incesante. Quienes se han visto sorprendidos con ella, corren y brincan como niños. Es un espectáculo casi circense, pero que no me hace sonreír. Y es que ya nada me hace sonreír.
El olor a humedad se cuela por la puerta. Es intenso. Me recuerda mi infancia cuando mamá se preocupaba de cambiarme la ropa húmeda. Ahora, cuando ya he andado la mitad del camino, la lluvia me advierte que cada noche debo buscar un lecho para dormir. Ese es el horizonte más lejano para un hombre desolado.
-Quizás la lluvia las ha demorado-, digo, tratando de convencerme de que la ausencia no es un desprecio sino que una zancadilla del destino.
Avanzan las horas y ya he cambiado los cafés por el alcohol. A esta hora en que no aparecen, prefiero el alcohol en un intento casi desesperado de evadirme de la realidad, esa en que estoy más muerto que vivo.
El dependiente del local me mira con compasión. Soy el único cliente que ha estado todo el día sentado en el mismo lugar, bebiendo café, vino, mirando la puerta, el libro, el reloj y el ventanal.
Hoy nos íbamos a reencontrar. Nos volveríamos a abrazar sin reproches ni juramentos.
El reloj marca las 23:00 horas y en mi mesa he acumulado tazas de café y botellas de vino.
El dependiente me mira con lastima y a la distancia me dice que debe cerrar.
Como puedo, saco de mi abrigo una foto familiar que había traído para enseñárselas a ellas y la dejo sobre la mesa, junto con el dinero del consumo. Camino hasta la puerta. Veo que sigue lloviendo y me digo una vez más “talvez la lluvia impidió que mis hijas llegaran”.
49)  Baranchuk Norberto S.  
Argentina
 


Jueves, 5. Julio 2007 15:49 

Potion versus poison

Por el doctor Barquis
El Negro le rogaba a su mujer una sonrisa, un beso, una mirada; ella siempre rígida, con la espalda recta y las rodillas juntas.
Un día, tomó coraje y cruzó la calle para ver al ese chino que vende pócimas para todos los dolores del cuerpo y del alma.
El chino había nacido en San Francisco y sólo hablaba inglés. El Negro lo balbuceaba y lo pronunciaba peor; le dijo que quería una potion (poción) para su esposa. El Chino entendió poison (ponzoña, veneno), se asustó y gritó: “prohibido, peligroso, mucho riesgo y muy caro: mil dólares”.
El Negro insistió “the love potion”. El chino entonces comprendió que era una cuestión de amor y le entregó un tubito fino y largo; le cobró cinco pesos. Al salir le dijo algo en inglés: “Efecto permanente, no tiene antídoto”, el otro no lo atendió ni lo entendió.
La mujer bebió la poción con el trago que él le preparaba antes de la cena.
El cambio fue increíble, desde la mañana siguiente lo acompañaba todos los días hasta el colectivo; camina agarrada de su brazo como si se lo quisiera arrancar y le apoya una teta de costado. Por las tardes espera al Negro en la parada del bus y cuando bajaba, le da un beso en la boca.
Después de dos años el Negro está pálido, camina lento, se lo ve flaco y chupado, sus ojeras son profundas y marcha con la cabeza gacha.
En el café estamos preocupados por él, es un amigo de fierro y está hecho una esponja.
Ayer le prestamos mil dólares que nos pidió; quizá cruce la calle y le .compre al chino un frasco de posion doble. ¿Para quién?, nos preguntamos.
48)  Carlos Vergara Ehrenberg  
Chile
 


Jueves, 5. Julio 2007 07:53 

Crucigrama

Hurtado volvió a revisar su campera en busca de cigarrillos. Oteó el escaparate del Turco y, a diferencia de otras veces, creyó conveniente darle una oportunidad a Babelia, la única librería de viejos del barrio.

Casi a modo de bazar, el Turco había delineado el local de una manera muy particular, haciendo hincapié no en la temática ni en los autores, sino en un ordenamiento alfabético de los títulos, lo que obligaba a deambular y recorrer derroteros absolutamente impensados.

Hurtado, entonces, el que buscaba cigarrillos y que, obviamente, no los encontró, por cuanto entró con decisión a la librería (en eso el Turco era inflexible: nadie podía fumar cerca de sus libros. “Esto es algo mucho más que simple mercadería, papá”, decía), hurgueteó entre las letras “N” y “P”, para después saltar abruptamente a la “C”, hasta fijar sus ojos en Crucigramas: métodos de confección, una curiosa edición de 188 páginas, que contenía un tratado bastante acabado sobre el arte de elaboración de puzzles.

-Ah, papá, ¡qué joya encontraste! –dijo el Turco sin levantar la vista de las páginas deportivas de un diario viejo.

Hurtado le echó un buen vistazo a su hallazgo. En pocos minutos había descubierto los alcances del crucigrama silábico; el de traducción; el de personaje; y, el que definitivamente sería su favorito, el crucigrama blanco, en el cual el propio lector es quien debe identificar las casillas negras.

Leyó, leyó y leyó hasta que, entre las páginas 162 y 163 (que precisaban los errores más conocidos), Hurtado se encontró con un crucigrama escrito a mano sobre una hoja arrancada de un cuaderno matemático. Comenzó a llenarlo mentalmente, pero, a medida que conseguía armar un extremo del crucigrama, las palabras anteriormente dispuestas se desarmaban inexorablemente. Era, cayó en cuenta, lo que la página 112 consignaba como la piedra filosofal de esta práctica: el crucigrama perfecto, una plantilla en la cual todo y, a la vez, nada calzaba. El perfecto arte de la imperfección.

Sin pensarlo un segundo, Hurtado pagó el libro, se despidió del Turco y decidió encerrarse en su departamento. De tanto en tanto puede vérsele por el barrio, comprando gomas de borrar, con el rostro sumamente pálido y ojeroso, y preguntando a don Gabriel, el del quiosco, por el sinónimo de palabras como inmovilismo o emancipación (“no, don Gabriel, no me sirven liberación ni independencia”).

El Turco nunca más volvió a vender un libro.
47)  Natalia  
España.
 


Jueves, 5. Julio 2007 06:57 

¿UN ESPEJISMO?, ¿UNA ILUSIÖN?

Nací hace 35 años y soy madre desde hace 7. Nunca imaginé que ser madre significara esto que siento, proteger, cuidar, dar la vida por una persona, apoyarla incondicionalmente. Cuando mi hija cumplió tres años descubrí el sentimiento más grande que jamás había sentido. Ahora la veo crecer y veo como me mira con sus lindos ojos azules y su sonrisa imborrable. Todos los años el día de su cumpleaños vamos al parque, comemos en el césped y llevo los regalos que yo misma envuelvo con todo el cariño con el que una madre puede hacerlo.
Sin embargo desde hace cuatro años tengo una habitación llena de juguetes, de ropa sin estrenar, porque hace cuatro años sentí lo que se siente al perder lo que más quieres.
¿Con quién comparto entonces tan buenos momentos? ¿Me estaré volviendo loca? ¿Es un espejismo, una ilusión, o es cierto que tú no te has ido?
46)  Rocío de Juan  
España
 


Jueves, 5. Julio 2007 04:02 

OBSESIONES
Aún después de muerta, Lidia continuaba teniendo esa sonrisa ovejuna que me desquiciaba. Ni siquiera matándola había conseguido borrársela de la cara. Será que pensaba que, en el momento final, aflojaría la presión de mis dedos, compadecido de la suavidad de su cuello.
-¿Piensas quedarte toda la noche mirándola?
La voz impaciente de Elena me devolvió al momento presente. Giré la cabeza hacia ella, desconcertado por un instante, intentando ubicarme mentalmente de nuevo (estoy en mi casa, estoy con mi mujer, acabo de asesinar a mi amante). Contemplé embobado el movimiento de la lima de Elena sobre sus uñas rojas, escandalosamente rojas, y subí la mirada con lentitud hasta tropezar con su mohín de impaciencia.
- Y ahora, ¿qué? –le pregunté, desvalido.
Ella me volvió a clavar los ojos, afilados como puñales, y la estupidez con que parecía calificarme en cada frase suya se me hizo de nuevo patente.
-Ahora al parque, Germán. Como habíamos dicho.
Llegamos allí poco después. Depositamos el cadáver en un banco del parque para descansar unos minutos. Estábamos ya cerca del lugar que habíamos elegido días atrás para dejar el cuerpo de Lidia, con objeto de que lo descubriesen a la mañana siguiente y lo achacasen a la obra nocturna de un depravado. Permanecimos sentados los tres, Lidia en medio, Elena y yo a ambos lados sujetándola de los brazos.
Sólo la tímida luz de una farola alumbraba nuestro trío macabro, y me permitía seguir observando la sonrisa ovejuna de mi difunta amante.
Noté la uña de Elena que se clavaba en mi mentón, obligándome a desviar la mirada hacia ella, para encontrar la frialdad de sus ojos que apuñalaban. Estaba celosa.
-En serio, Germán ¿piensas quedarte toda la noche mirándola?
Acaricié con ternura su mejilla, mientras componía una expresión de arrepentimiento. Fui apartando con un dedo un mechón de su oscuro cabello rizado, idéntico al de Lidia, su hermana gemela. Por qué siempre se habían odiado, nunca lo llegué a entender. Por qué las dos se obsesionaron con tenerme, tampoco. Mi mano continuó resbalando hasta que rozó la suavidad de su cuello. Elena había cerrado los ojos mientras la acariciaba y sólo volvió a abrirlos cuando notó la presión. Aunque ni siquiera aquellas feroces uñas rojas lograron apartar mis manos que la estrangulaban.
Más fastidioso era que, aún después de muerta, Elena continuase teniendo esa mirada afilada que me intimidaba.
45)  Cecilia Salazar Díaz  
-
 


Miércoles, 4. Julio 2007 22:58 

VICTORIA.

Ella no me quería a la niña. Cuando la parió, me la arrojó a los brazos…

-ahí tenis a tu güacha-

Ella sabía que a mí eso me dolía, po. Si yo también era güacho. Y ahí estaba la guricita, tan morenita y chiquita, como una ratoncita. Usted no sabe la ternura que me dio. Yo no había tenido nunca na’ mio po. Y no era na güacha, que si no tenía madre, iba a tener un padre que le valiera por dos.

-mañana te vai ‘onde el cura y bautisai a la güacha. Le vai a poner Soledad.

Y es qué era mui refeaso el nombre ese, cómo la iba a condenar así a mi primor. Mi agüela contaba que los nombres hacen el destino. Por eso a mi me puso Venancio. Porque decía que así yo iba a ser un hombre de bien. Así que cuando llegue ‘onde el cura ya lo tenía decidi’ó. Mi niña se iba a llamar.
¡Victoria!

Y luego me fui con la niña pal norte. Onde mi agüela. No supimos más de la maire…

Y quien lo diría, ahora toy aquí. En la universida mientras le dan su titulo de meica…a ¡mi! Victoria.
44)  Javier Ernesto García Wong  
Perú
 


Miércoles, 4. Julio 2007 22:50 

El padre

Aquella menuda mujer entró en mi despacho con una de mis novelas atada por sus brazos. Parecía aferrarse a ella como a una tabla de salvación, y no era para menos, me confesó que en ella albergaba una esperanza.

No tuve reparos en decirle la verdad. “Ese personaje, que a usted tanto le interesa es real, no tiene de qué abochornarse, no es la primera persona que viene a verme por un motivo así”, respondí congraciándome con la sonrisa de la menuda mujer a quien parecía volverle el alma.

“Creo que ese hombre puede ser mi padre”, replicó ella al instante, con una sonrisa aún más ancha por estar frente a la persona que podía rescatarla de la orfandad. Tuve que pensarlo dos veces antes de decirle el paradero del hombre que conocí una tarde frente al mar.

Ella no pudo estar más agradecida, me estrechó la mano con fervor, me abrazó y salió a la carrera, como si al ocultarse el sol desapareciera el artificio mediante el cual recuperaría a su progenitor. Yo di vuelta a la página, pero me quedé contemplando el aparato telefónico que sabía pronto traería noticias.

Una semana después, tal vez dos, la menuda mujer volvió a mi despacho. Yo la había olvidado, pero su rostro inundando de satisfacción me hizo recordar el incidente. “¿Entonces encontró a su padre?”, pregunté aliviado, con la paz de la tarea cumplida, llevándome un habano a la boca que apuré en encender, como si quisiera disfrutarlo junto a su relato.

“No, ese hombre no era mi padre. De hecho, era más joven y encantador de cómo lo describe usted en su novela. Desde que nos conocimos nos enamoramos, vengo a contarle que nos vamos a casar el próximo mes”.

No puedo decir que quedé congraciado con la noticia, pero de algún modo sentí que no pudo haber mejor resultado. Encontrar a un padre después de tantos años de estar extraviado puede ser una experiencia ingrata. La menuda mujer se despidió, no sin antes dejarme el parte de la boda.

Me rogó tanto que asistiera que tuve que darle mi palabra. ¿Qué más puedo decir? Cuando se marchó apagué mi habano y me quedé mirando por la ventana. Lo único que se me ocurrió fue que esa menuda mujer, al final, encontró lo que estaba buscando.
43)  Silvia Rodríguez  
Argentina
 


Miércoles, 4. Julio 2007 21:27 

LA MANTA
Siempre me gustaron los animales y las plantas. Pasaba horas en el jardín observando hormigas y caracoles. Tuve una colección de langostas de todos colores y crié gusanos de seda en una caja de zapatos. Tapicé las paredes de mi habitación con láminas de botánica y también cultivé cactus que regalaba a los pocos amigos que tuve.
Fui un niño solitario. Los otros chicos se interesaban por los autos, la pelota o las armas de juguete. Hablábamos idiomas distintos y se alejaban pronto.
Mi familia decía que mi comportamiento era extraño. No me comprendían, así que un día dejé de hablarles y otro día me negué a levantarme de la cama. Me examinaron médicos de todas las especialidades hasta que concluyeron que mi mal estaba en la mente y decidieron internarme.
Desde que estoy en el neurosiquiátrico nadie me molesta. Soy inofensivo y no doy ningún trabajo. Por las tardes me sacan en la silla de ruedas a un patio de lajas. Me gusta porque está bordeado de margaritas. En invierno me ubican al sol con una manta sobre las piernas y en verano, a la sombra del fresno. Así fue que la conocí. Ella vivía en un edificio vecino, salía al balcón a la misma hora que yo. Nos entendimos desde el primer día con solo mirarnos. Supimos, desde ese momento, que queríamos estar juntos. Le prometí que ni bien pudiera la iría a buscar.
Anoche olvidaron cerrar la ventana de la habitación. Era la oportunidad que estaba esperando, desde allí pude salir y trepar al techo. Ella me aguardaba. Sus ojos me guiaron en la oscuridad. Ahora la tengo en mis brazos y acaricio sus orejas blancas mientras ronronea sobre mis piernas. Nadie nos va a separar.
Abajo, no sé por qué hay tanto alboroto. ¿Será por qué les pedí una manta?
Mis padres lloran. Los médicos y los enfermeros corren atónitos de un lado a otro. Los pacientes me aplauden.
¡Ya, quiero la manta! ¿Qué pretenden? ¿qué viva desnudo en el tejado?
ROSIL.-
42)  Gladys Abilar  
Argentina
 


Miércoles, 4. Julio 2007 17:57 

LA CAMA:
Siempre sostuve que la cama es el mejor invento del hombre.Será porque me llevo bien con el sueño. Jamás necesité tomar pastillas para dormir. Ella me apacigua, calma mis tensiones y me sugiere la irresistible fantasía de creer que el mundo es perfecto, que la vida es bella y que yo soy feliz.
Entrar a mi cuarto con el deseo de acostarme se transforma en una ceremonia. Clandestina inspiración; la de profanar el misterio de la cama y su silencio. Todo me place, desde escoger la ropa de dormir, que no siempre voy a usar, hasta despojarme de mis prendas una por una como si quitara los pétalos de una flor. Y en ese desnudarme descubro mi cuerpo una vez, y otra vez, y otra vez...
Abrir la cama, separar las sábanas, y sentir que el lecho me espera para acogerme en su cálida frescura, insinúa una relación idílica.
Me acuesto en su silencio de percal, me introduzco entre las urdimbres crujientes y deslizo mi cuerpo entre ellas con untuosidad.
Y me entrego para abstraerme del mundo.
La cama copia mis formas, y mis formas se repiten entre las sábanas que ya han probado el sabor de mi piel.
El sueño merodea la alcoba y seduce al lecho; abre sus formas, se enquista en su vientre. Mágico ritual que estimula mis noches y exilia mis desvelos para somerterme, poseerme, asilarme.
Pero esta noche, un rumor sibilante se escurre entre mis piernas con sinuosidad glacial. Rumor de escamas y terciopelo. De filo y caricia. ¿Trampas de la imaginación?
Paralizada cual estatua de sal contengo la respiración y quedo al acecho. El miedo inunda mi piel, y en mi piel florece el terror. La entelequia ondulante se desliza por mi cuerpo, sensualmente, vorazmente, afianzando su dominio. Mis ojos, impávidos, recorren el zigzag que se dibuja en la sábana. El pánico cierra mi garganta; pero no puedo silenciar el grito cuando los colmillos se hunden en mi pecho.
41)  Jorge Moreno  
Argentina.
 


Miércoles, 4. Julio 2007 17:55 

ESPACIO



Estoy frente a la puerta del baño. Oigo el sonido del agua cayendo de la ducha. Pienso en Teresa desnuda, bañándose. Mi mano se apoya en la puerta y baja buscando el picaporte, lo toco suavemente y me deslizo adentro. Apoyo mi mano sobre la pared y la siento húmeda, me doy cuenta de que los azulejos están transpirados. El vapor caliente golpea mi cara y aspiro el olor que me excita. Con la mano recorro las paredes del baño, reconozco el lavatorio, después el espejo y llego a la cortina de la bañera. Oigo la respiración de Teresa y el agua recorriendo su cuerpo. Agarro la cortina por un extremo y antes de empezar a descorrerla, mi mano tiembla. Siento la vibración al acercarme a ella. Descorro la cortina y oigo un suspiro. La exclamación de Teresa, inmediata y tenue, viaja por entre las gotas de vapor suspendidas en el aire, la oigo rebotar en las paredes y volver a mi. Percibo la cercanía de Teresa por el olor de su cuerpo. Dejo caer mi bata y me introduzco en la bañera. La pequeñez del lugar nos acerca. Mido la distancia palpando a Teresa. Me acerco. Mis manos tantean sus formas y su piel, se asombran, tiemblan al tocarla y la voy reconociendo. Siento su cuerpo contra el mío y eso me permite imaginarla. Busco con mi mano la pared, la encuentro cercana y con un suave movimiento nos apoyamos en ella. Mi oído se impregna del jadeo que exhala Teresa. El espacio entre los dos ha desaparecido. El espacio exterior, también.
40)  Norberto Paúl Solores  
Argentina
 


Miércoles, 4. Julio 2007 16:06 

VIEJO OFICIO

Pasados suficientes minutos de llover sin pausa y sumado a que hacía otro tanto que no entraba un cliente, se había hecho una hora más que atinada para ir cerrando la puerta en aquel inseguro suburbio donde una vida valía lo que un centavo. Razón por la cual y sin consultarlo, la joven dejó escapar un suspiro de alivio y se apuró a echar llaves dando por finalizado el día. Él, que como cada noche arrebujado en un rincón se lamentaba de sus años, se limitó a oírla deambular por el recinto y sin mediar una palabra pero de modo cómplice le respondió con otro suspiro, a la vez que se incorporaba para ir a clausurar las ventanas descorriendo sus gruesas cortinas de rojo brocato. Pero ella lo conocía de sobra y sabía que acá no terminaba lo suyo, que aún con el cuerpo estragado y pidiéndole a gritos un reparador descanso después de haber satisfecho las fantasías de cuanto fulano había transpuesto el umbral, él seguiría requiriendo de sus servicios. Sabía que desde que había enviudado para el viejo el día no terminaba nunca. Y no se equivocaba…
Titubeantes, imprecisos, aunque todavía diestros, los dedos del anciano recorrieron el borde de la franela y se adentraron algo más, hasta rozar el satín. Dudaron por un instante, dejándose estar al calor de ambas telas y comenzaron a introducirse debajo. La muchacha como picada por una aguja lanzó un gritito ahogado, pero no dijo nada, lo dejó hacer. Y él sintió en su mano nudosa la tersura del lino, entrañable, antiguo, que dio lugar al más fino algodón. Atrás habían quedado las holandas y los encajes. Tropezó con esas otras manos recelosas, determinantes, pero las apartó sin hallar resistencia. Reconoció la suavidad de la seda y la desplazó hasta tocar, apenas, con la yema de un sólo dedo, lo que estuvo seguro eran ligas; la muchacha abrió la boca como para decirle algo, pero volvió a callar dejándolo hacer. Debajo estaba ya la piel lozana, cara, y al fin el tan ansiado terciopelo.
—Dónde habrá quedado ese retazo de gabardina que ayer mismo dejé por aquí —poco menos que ciego, preguntó a su hija el viejo sastre.
—Yo lo ocupé hoy por la mañana —sin dejar de coser respondió la muchacha—; no te lo dije antes porque no sabía qué estabas buscando.

Tito
39)  Maria Pinto  
España
 


Miércoles, 4. Julio 2007 15:27 

LLANTO POR LA MADRE TIERRA
Mi vieja antorcha se está apagando. Ya no oigo el galope de sus latidos por las salvajes praderas del ayer; ya no siento el calor de la piel del caballo en mi cuerpo ni el roce acompasado de los mocasines contra él. El fin de los días me acecha como buitre carroñero; embiste con la bravura del antílope y habla con el silencio de los lobos.
Antes de que anochezca, mi espíritu será libre como el ciervo en las llanuras y como el águila, rozará las estrellas. El sendero de la muerte aguarda mis pasos envejecidos y me susurra palabras de nostalgia. Yo, Pequeño Bisonte, jamás volveré a sentir el palpitar de las Colinas Ardientes, el despliegue de las hojas, el aire perfumado de los lirios del valle…, y el vientre de Sierra Madre se desvanecerá como un reguero de pólvora ante mi rostro ajado de piel roja. Todos los caballos bellos cabalgarán a mi lado y juntos seremos en la historia un recuerdo de sombra.

Veo en tus ojos de mujer lágrimas escurridizas y labios perezosos de sonrisas. Tranquiliza tu corazón como el río manso sus aguas, apaga su hoguera de odios y háblame. Háblame
aunque tus palabras sean tan breves como las señales de humo entre las nubes. Sabes que abrazo tu recuerdo con el ansia del ciervo herido por la vida. La buena estrella me complace y te revivo como en aquel entonces cuando en tu mirada se despertaba la luna. Y te siento bajo el cielo amarillo, junto al río Rojo, con tu vientre abultado mientras perfilabas en el horizonte el galope de nuestros bravos guerreros.
Pequeña Gacela, privaría de libertad a mi espíritu por volver a vivir contigo, otra vida, en nuestra querida Madre Tierra. Tierra de nuestros antepasados regada con sangre, sembrada de cenizas, que nunca debieron quitarnos. Creímos en las palabras del gran Jefe Blanco mientras los rifles, en las llanuras, hablaban con balas de muerte. Nos arrinconaron en reservas como hojas secas y el tiempo se estancó en nuestros corazones sin poder volver a cazar al hermano búfalo.
Mi amada mujer, dejo la Madre Tierra cuando el viento silba, desnudo de palabras y triste como el grito solitario de la garza. La estrella del destino me guiará más allá de Río Bravo y yo te esperaré tras las nubes, en un lugar sin niebla en el pasado.
38)  Ramón Antonio Rubina Gajardo  
Chile
 


Miércoles, 4. Julio 2007 13:18 

ANGELES EN EL CANAL


El canal era nuestro verano. Jugábamos, cantábamos y nadábamos entre sus orillas putrefactas. En calzoncillos o desnudos. Total, no teníamos ni pelos. Las niñas en calzones y, las más grandes, calzón y polera. ¡Ay!, de quién intentara una investigación genital, incitado por los mayores. El audaz tenía que huir. Entre todas insultaban, mordían, arañaban, golpeaban y, ante la risa, nuestra curiosidad se pagaba con lágrimas. El río, más lejano que una bicicleta, para los más pequeños existía los sábados y domingos. Y era un capricho de los adultos.
Por eso el canal; su mar estaba al alcance de la mano. Por él navegaba la podredumbre: juguetes, frutas, ropas, animales muertos. Ahí nadábamos, sorteando la parafernalia de la suciedad, tardes enteras. El sol de los pobres despunta entre las basuras.
El Gato fue el primero en avistarlo. Encajado entre restos de sandía y hormigueados renunclos, un feto, azul, casi violeta, hinchado, mordisqueado por las ratas. Claramente un niño. En torno a él las moscas zumbaban como perros furiosos.
-Tenemos que rezarle-, dijo la mayor sosteniéndolo de un pié. Nos juntamos a su alrededor y oramos, como en las misiones, tres santa María y tres Dios te salve, pusimos una cáscara en su cabeza, por el calor, y cantando Ave, Ave, Ave María..., lo dejamos ir junto a las flores como ofrenda. Se perdió en los recovecos verdi negros del cauce. Nos tendimos en el barro maloliente.
-¿Viste que los angelitos flotan?- me dijo el Gato.
-No es angelito-, replicó la mayor, -e un aborto-. No entendíamos y ella se dio cuenta. -Es cuando los niños no nacen-, explicó. -A las rica les gusta lo bueno no más-.
- ¿Y por qué los echan al agua?-, pregunto el Toño, mi hermano. Nadie respondió.
-Pa que lleguen al cielo-, dije orgullosamente. Y me zambullí.
37)  Maria Consuelo Alvarez  
Argentina
 


Domingo, 1. Julio 2007 23:58 

LA ESPERA


El otoño se asoma cubriendo el suelo de hojas ya secas. El viento travieso juega con ellas, llevándolas de aquí para allá. Las ramas de los árboles parecen temblar despojadas de su colorida cabellera.
La mujer joven, sentada en el banco frió, acomoda sobre sus hombros el abrigado chal.
Cada vez que escucha el crujir de las hojas, endereza su espalda y espera atenta. Cuando los pasos se alejan, dejando escapar un suspiro se vuelve a encorvar.
La esperanza de volverlo a encontrar, se va debilitando día a día. Pasó tanto tiempo desde la última vez que se vieron... Desde el accidente sufrido en el tren aquella tarde. Ya está convencida que no tiene sentido su empecinamiento, pero igual cada jornada cumple la promesa de aguardarlo en el mismo lugar.
Apenas unos metros más adelante, en el siguiente banco, un hombre abatido fuma sin cesar. También para él, el desvelo será inútil pero seguirá presentándose puntual a la cita solitaria. El encuentro es lo que más ansía, no puede dejar de sentir temor por la reacción que ella pudiera tener, ante la situación que le ocasionó el accidente, cambiando su vida para siempre.
Al oír las campanas de la iglesia anunciando la misa, los dos se ponen de pie. Saben que ya tienen que retirarse y que deberán dejar pasar las horas vacías, hasta el instante de volver a cumplir con el ritual.
Ella, con paso vacilante camina hacía la derecha, dejando que las lágrimas le laven el rostro sin maquillaje.
Él, pisando fuerte como aplastando su bronca, se dirige hacia la izquierda.
El guardián de la plaza da su última ronda, finalizando así su tarea.
Mira para la derecha y la ve. Gira su cabeza y lo distingue a él, encendiendo el último cigarrillo del atado, que certeramente deja caer en el cesto.
Se queda pensativo un instante, pero luego se convence. Mañana sin falta los presento...Sí, sí... Estoy seguro que esos dos cieguitos harán una hermosa pareja.
Pronto los veré pasear tomados del brazo.
Y silbando tranquilo, también se aleja.



FEANJOFRA
36)  Ana Llorente  
España
 


Domingo, 1. Julio 2007 12:48 

CAFÉ PARA DOS


Yo la quiero, la quiero mucho. Precisamente por eso he tenido que hacerlo. Sé que por las mañanas le doy la primera alegría del día (muchas veces la única), pero esto no podía seguir así. Ella tan tímida y tan linda, aún no conoce a nadie, siempre del trabajo a casa, y yo aquí, un día tras otro, siempre igual. Por eso, cuando vi al nuevo vecino, enseguida se me ocurrió la solución. Alto, fuerte, pero con las manos delicadas de experto electricista: tiene el taller aquí mismo, a la vuelta de la esquina; quizá por eso se alquiló este apartamento. Y esos ojos de color café cargado...
Yo le hago el café todas las mañanas con todo mi cariño, pero ya no puedo más. Así que ayer puse manos a la obra: no le hice el café. Sentí darle el disgusto, ella siempre confía en mí; sin embargo, sabía que era lo mejor. En última instancia tendría que recurrir a él, aunque yo ya imaginaba lo que sucedería: todo era tan fácil que no podía fallar. La conozco tanto... Y, efectivamente, bajó a tomarse el café al bar.
Allí estaría él, con su primer cortado. Sí, somos vecinos, qué casualidad, pues me vendrías de perlas, ¿podrías?, por supuesto, no faltaba más, me acerco al taller, no, no te preocupes, yo mismo paso a ver...
Y al final de la tarde aquí estaba. Supe que iba a salir bien. Había pasado por su apartamento y se había duchado y cambiado: venía con ropa cómoda, de estar por casa, pero recién sacada del armario. A mí los olores no me engañan. Ah, sus manos precisas y sus ojos café. Me sentí revivir.
Tuvieron que probar, claro. Les hice el mejor café de mi vida.
Se quedará, lo sé. Se acabó la taza solitaria, ya no podía más. Señor, ¡soy una cafetera de dos servicios!
35)  Thierry Saint Pol Maydieu  
Perú
 


Sábado, 30. Junio 2007 01:19 

El Incierto.-
Que despreciable y cruel puede ser la guerra. Muchos creímos en ella como la última salida para alcanzar la justicia y la libertad. Vestidos de harapos nos alinearon sobre el cadalso, acompañados de voces y recuerdos que nos decían que matar y morir, es la historia sin fin. En silencio, esperábamos el momento en que el artefacto a nuestros pies cediera y el último sonido que escucharíamos sería el chasquido de vértebras quebrándose, al tensarse el nudo de la soga en nuestros cuellos. Pero sucedió lo inesperado...... Mis compañeros de infortunio que se tambaleaban en macabra danza sobre la maltrecha y ondulante trampa, cayeron a destiempo en el vacío. Rígido y frío, cerré los ojos esperando mi turno cuando percibo el quejido de hierros y cuñas trabándose, sujetando con firmeza el madero bajo mis pies. El escenario de muerte había fallado. Construido con apremio, se habían omitido algunos detalles. Ante el estupor de los expectantes y el mío propio, especulé una ironía: no siempre el último en una fila es el perdedor.
Retomé mis sentidos y de alguna manera logré zafar mis ataduras. Con el aliento de vida en mis gritos, corrí hacia espacios abiertos buscando ávidamente los colores. De pronto, mi paso se atenuó al descubrir otra realidad: encontré formas que no podía reconocer y un manto gris las dibujaba. La ansiedad de seguir vivo me condujo hacia desolados villorrios, buscando compartir con otros esta historia del triunfo sobre un destino escrito. Pero en todas partes se repetían esas grises imágenes que reafirmaban la desolación. Abrumado, me resigné a encontrar un rincón cualquiera en donde mi libertad y yo, esperábamos: esperábamos pero no sabíamos qué.
34)  Rubén Antolín  
Argentina
 


Domingo, 24. Junio 2007 11:15 

Yo no te voy a esperar más

Yo no te voy a esperar más. No te puedo esperar, ¿entiendes?. No tengo tiempo. No puedo esperar a que tengas un primer novio, que con él aprendas a amar, que un año después lo dejes y descubras, con el próximo o con el tercero, que con aquél primero nunca llegaste a aprender nada. Que te cases con el que le tenga más paciencia a tus caprichos, esos que nunca vas a perder del todo. Que tengas hijos, que los críes y malcríes y que un día, invariablemente después del séptimo año, te des cuenta que ese esposo que ronca a tu lado, no era tu príncipe azul. Y empieces a mirar a otros... O tal vez a los mismos que venías mirando sin notar. Y entre ellos me mires a mí, a mí que casualmente iré pasando por tu calle en un caballo blanco. (O caminando, que se presta más para el diálogo casual) Que, como al descuido y al cruzar la plaza, dejes caer un pañuelo para que yo te lo devuelva con la más encantadora de mis sonrisas... Y allí surja todo eso que ambos soñamos... No, no puedo esperar eso, falta mucho para ese día y, después de todo y para ser sincero, ni siquiera sé si me va a gustar lo que quede de ti en ese entonces. De mí, ni hablar, estaré varios años más viejo y es probable que ni siquiera pueda subir a ese caballo. (O lo que es peor, agacharme a alzar ese pañuelo.) Compréndeme, es pedirle mucho al destino. Por eso es que he decidido que no te voy a esperar más, y aunque nunca te lo dije y ni siquiera me conoces, formalmente te aviso que a partir de hoy puedes disponer de tu presente y tu futuro a tu antojo. Para decírtelo más claramente: Haz de cuenta que no existo.

“SEBASTIÁN”
33)  Viana V. Barceló Pérez  
Ulacias #72 e/ Serafina y Blumme Ramos. Juanelo. San Miguel del Padron. Ciudad Habana. Cuba
 


Jueves, 21. Junio 2007 12:31 

El Príncipe Azul

“¿Dónde estará mi príncipe azul?”, se preguntó la mujer mientras abandonaba al último hombre con que había dormido. La mujer llevaba muchos años vagando por el mundo, siempre con los ojos bien abiertos y mirando a todos lados en su búsqueda infructuosa. En su camino había encontrado hombres verdes, blancos, amarillos, rojos, negros, hasta una vez estuvo con uno color lila, pero nunca había encontrado al hombre azul que la haría feliz. Tras mucho caminar entró a un pueblo en el que nunca antes había estado y desde que traspasó sus puertas cientos de hombres azules se cruzaron con ella. Era algo increíble, al fin su felicidad estaba allí, al alcance de la mano. Sedujo al primero que se le paró delante y se lo llevó a la cama. Aquel hombre, a pesar de su cabello, sus manos, sus ojos y todo su cuerpo color cielo, era igual a todos los otros colores que habían pasado por su vida. Probó con otra docena de hombres azules y todos le produjeron el mismo desconsuelo. Al despertar al lado del último de ellos, decidió que definitivamente no podía ser azul el hombre que buscaba. Se puso a pensar que color le faltaba, pues los había probado casi todos. Nunca había visto un hombre gris, quizás fuera ese el que la haría feliz. “¿Dónde estará mi príncipe gris?”, se preguntó mientras abandonaba al último hombre azul con que había dormido.
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Organizado por Circulo de escritores Quinta Región Chile