AL FINAL DEL ARCO IRIS
...Pondré mi arco que coloqué en las nubes,
y será la señal de la alianza entre mí y entre la tierra.
Y cuando yo cubriere el cielo de nubes,
aparecerá mi arco en ellas: y me acordaré de mi alianza
con vosotros, y con toda ánima viviente...
Génesis 9, 13-14-15
Salió el sol. Tímidamente alumbró entre las nubes; descendieron sus rayos a jugar con la lluvia de topacios danzantes; algunos, agrupados, caían entre el murmullo del agua que la luz dispersaba. Una imagen se posó en el cielo colmado, y millares de gotitas se unieron en un acorde, dejando caer una cascada musical.
En esas tierras jamás llovía; pero el día que el hijo nació, el cielo estaba cubierto, y en algún lugar cercano cayó el agua. Las nubes que habían permanecido quietas, se fueron galopando y dejaron una estela multicolor a su paso. Luego, el sol se reflejó en los cerros violeta, unos instantes antes de bajar al mar.
El océano estaba cerca, y viajaban hasta él, aún en invierno; porque sin la luz de los astros y sin agua no podían vivir. Hasta el pequeño se inquietaba si no iban al encuentro del sol y del mar. Antes de poder despegar esperaban los atardeceres en la arena, al borde de la playa, y allí aprendió a conversar con el sol arrebolado, que jugueteaba con las olas o sobre el vapor de agua que iluminaba sus ojos inquisitivos, abiertos a todos los misterios. Y el sol siempre estaba presente más allá de las nubes, o en las noches, detrás de la misteriosa luna que los acompañaba al regreso, y luego se quedaba vigilante, hasta que se anunciaba la nueva luz del astro diurno.
En el día, el hijo se enredaba en enjambres de preguntas, y la madre se las respondía con claras imágenes; ella parecía saber exactamente cuál era la ilusión perseguida, y le acompañaba hasta lograr descifrar en parte el mundo.
-*-
Viajan, siempre viajan, de día y de noche.
Una de esas noches en que incluso el silencio dormía, un suave roce anunció a la madre que algo insólito ocurría; acudió presurosa donde el pequeño: su cuerpecito no se movía ni sus ojos dejaban de observar; siguiendo la dirección de su mirada, vio un gran círculo alrededor de la luna.
-Eso, )qué es? -preguntó, sin rastro de sueño.
-Es un arrebol mágico; te lo explicaré mañana, ahora vamos a dormir.
-Déjame, quiero dormir viéndolo -dijo mansamente el pequeño.
-*-
Después, al atardecer, vio en el firmamento la formación de un arco brillante, que al trazarse, desaparecía sin perder su cabeza inicial.
-Mira, padre, un arco iris borrándose.
-Esa es una estrella fugaz.
-Es igual, vamos hacia allá, quiero cogerla.
-No. Nos dirigimos hacia otro lado. Si deseas estar cerca del arco iris, debes tener paciencia, porque éste sólo se presenta cuando se encuentran el agua y el sol, y eso está muy lejos.
-*-
Siguieron viajando, como se viaja en los libros; fue un largo peregrinar por la tierra. Hasta que un día lluvioso, después de una tormenta, bajando una cuesta, el pequeño quiso acercarse y mirar el mar. Descendieron los tres hasta un montículo; el viento, que venía desde el océano, se arremolinó entre ellos y luego corrió desbocado por los cielos, empujando las nubes negras y despejando espacios. De espaldas al mar, la madre lo protegía del frío. De pronto, él gritó:
-(Vean allá, un pedazo de arco iris! -Era una parte, sí, pero pronto se desvanecía, apareciendo hacia el lado contrario.
-No te muevas, hijo, que cambiarás de dirección el rayo de luz. Si te tranquilizas será visible para todos. -Se aquietó, y allí estuvo el iris en todo su esplendor cromático: rojo, naranja, violeta, amarillo, azul...
-Busquemos el final del arco iris, el del cuento. )Cómo se hizo?
-No puedo explicarte bien ahora cómo se forma. Es el sol que miró hacia atrás, y un cuento es un cuento. -Esto era suficiente para él. Definir la formación del arco iris era limitar su imaginación.
Pero el pequeño no pudo quedarse inactivo: saltaba y gritaba feliz. Su madre que en todo momento estaba tras él, no alcanzó a sujetarlo, cuando rodó hasta el borde del agua. Al recogerlo, su cuerpo no respondía, sin embargo, su ánimo denotaba absoluta conciencia. Con el mayor cuidado, en el vértigo de la urgencia, lo trasladaron. Volaron hacia la ciudad del arco iris.
Viajaron miles de kilómetros que no habían pensado, y llegaron. Y mucho tiempo después de eso, siguieron viajando. Y un día cualquiera, pasados los años, el hijo recordó su pregunta de entonces:
-Estamos al final del arco iris?
-Sí, hijo, al final y al comienzo, es lo mismo -observó el padre.
-Lo has encontrado y ahora está en ti -agregó ella, alegre y triste-. Cuando seas grande, comprenderás que el sol es tu padre, y yo soy una onda de luz. Ya lo verás, conocerás más que nosotros, y tú nos explicarás después.
La madre, sintió, entonces, que ya se estaba desarrollando fuera de ellos, y no sabía si era feliz o no: AHasta que miramos desde muy lejos, no nos damos cuenta de que somos un ser de roca y agua, y vamos tras un reflejo; no comprendemos que fuimos una luz proyectada sobre alguien.
Padre y madre, habían sido tocados por una sola onda de vida, que se quedó en ellos esperando el tiempo. Después, siempre temieron el instante del ave. Ahora, solos, en silencio viajaban hacia el sol y la lluvia; porque el hijo iba en otras direcciones, buscando e intentando encontrar algo fuera de él, con otro nombre.
Con respeto, hora tras hora callaron emociones, transformando sus caras en un árido desierto. Simulando distancia, con tristes mutismos, pero al mismo tiempo, con intuición de padres, adivinaban sus necesidades y pesares. Y en tanto reducían su abrazo, daban alas a la imaginación del hijo.
Inconscientemente, ella se sobrecogía sólo de pensar en el momento en que, desechando al sol, a la luna y a las constelaciones, el hijo quisiera buscar aquello que estuviera más lejos de su vista; entonces ya no podrían retenerlo; ni siquiera cuidarlo. Así, se cumplió el plazo inevitable. El debía probar la fuerza de sus alas. Ser sólo uno; y consciente de su efímero paso por la tierra -pensado más allá del rayo vital-, convertirse en otro prisma, pulido y perfeccionado.
©Elba Rojas Camus Stgo./agosto /1995