DE LA OSCURIDAD AL JARDIN
Avanzó un poco más en el socavón; ahora podía estar de pie, pero la costumbre lo hacía inclinarse. La débil luz de la lámpara, dibujaba figuras danzantes contra la oscura roca, y hasta más allá de donde él excavaba. Sin dejar de picar, lo que podía hacer hasta con los ojos cerrados, soñaba Aya es por poco, viejita; cuando los hijos se vayan a estudiar, me quedaré allá contigo, y aquí vendrán otros, pero nosotros ahí, a plena luz regando y cuidando nuestro jardín, allí me esperarás tú, en la claridad. Se ve yendo a su casa, y después regresando a la choza, subiendo al monte caliente de sol, y apoyando el caminar de su vieja; a ella no le gusta su trabajo en la mina, no quiere quedarse, aunque allí el cielo estrellado los mira igual que antes, cuando no estaban los hijos. (Ah! los hijos, (cuánto los quiere! Evoca las caritas de los niños, y (qué extraño!, no los distingue bien... Se agacha, y pica con más fuerza, mientras llora y canta, entre dientes, al compás tintineante del fierro en la roca, hasta que la noche se hace día.
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Un año, sólo un año más. Un tiempo fuera de su mundo; nunca podrá dormir, es que su noche se extiende iluminando a los días que siguen. Allá no soporta bien la intensidad de la luz; sus ojos están acostumbrados a la oscuridad. Durante el día se sienta con los ojos cerrados, balanceándose en la mecedora que su mujer quiso comprarle. Oye conversar a los hijos con ella; trata de identificarlos por la voz; no puede. Ríen y escuchan esa música endiablada y estridente. Se acerca a ellos para reconocerlos, y sus ojos chicos y entrecerrados, no se lo permiten. Intenta contarles acerca de los trozos de roca, del oro, la plata y el cobre; de lo que piensa cuando está solo; de cuando eran pequeños, pero las palabras salen vacías, y se quedan un momento, mirando sin verse: no tienen nada que decirse. Por unos días se encierra en el dormitorio; demasiado claro como lo arregló su vieja; le duele la cabeza. Ella debe poner cortinas gruesas y oscuras para él.
-No vayas más. Ya es suficiente, quédate con nosotros -le pide, con voz suplicante, los niños se irán pronto.
-Sólo un año más. Vendo y compramos lo que tú quieras -responde con voz lejana, pasándose una mano por los ojos.
Desanimado se pasea por la casa; no tiene nada qué hacer. Ni amigos le quedan para hablar de la mina. )Y para qué? Le basta con ver feliz a su familia, y saber que un día no lejano...
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Otra vez ahí, y ésta es la última. Va agrandando otro ojo del monte; y ese túnel se une con la excavación mayor. Su mochila está llena otra vez; debe vaciarla, pero la luz opaca de afuera, le indica que aún es temprano. Descansa un rato, relajando sus músculos y mirando, a lo lejos, esa pequeña claridad que le muestra la entrada. Allá está la salida, en esa luz que crece con cada jornada cumplida; retrocede en el tiempo.
... Sube detrás de su padre, tiene diez años y no quiere ir más a la escuela, ya sabe leer. El viejo se va a otro lugar, y nunca más regresa. El sigue por esos lados. Su estatura, apenas pasa del metro cincuenta. Está solo. El trabajo le da poco, hasta que le llega la suerte con su mujercita; se casa, y encuentra su veta. Los hijos, (sus hijos!, no serán como él; no los deja subir a los montes, a la escuela sí, y que no hagan nada más que estudiar. En su casa tienen de todo, pero deben tener otra, más grande y con jardín...
Se endereza, y continúa picando la roca; la oye, (tan suave!, sobre el curvado silencio. Corre un hilo de agua que humedece su hombro. AAhora sí, la casa grande, y las flores; si no hay agua, haré un pozo, con estas manos, y yo mismo plantaré al sol. Haré una glorieta para mi vieja, con rosas, jazmines y suspiros. A ella no le gusta el monte ni el filón. Venderé todo esto, y seremos ricos, los hijos gozarán de todos los placeres, pero antes...@ Se sorprende mirando la boca del túnel, es sólo un punto luminoso, y lejano. Es hora de dormir o de continuar la noche; afuera está claro, parece que el cielo estrellado y la luna acompañaran en secreto su soledad.
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Regaló sus herramientas y la choza a otros mineros. Ilusionado y feliz desciende a su hogar, mientras sobre sus hombros, siente el peso de la luz.
Un gran silencio lo recibe. Entra y la oscuridad continúa; un olor a encierro lo invade todo. Abre las ventanas, para dejar entrar la luz y el aire. En el corredor se sienta en su mecedora. Llega la noche y no hay luna. Las sombras de siempre se aúnan, lo cercan y roen su corazón, agudizando un dolor que lo clava cuando intenta adivinar dónde están ellos, y por qué... no han venido a recibirlo. Envuelto en sombras muy densas, y herido por su propio pensamiento, va a su cuarto vacío. En los días siguientes, espera y espera hasta el anochecer: no puede creerlo. No quiere recorrer la casa; todo está detenido y sin vida. Las puertas de los armarios sin ropas crujen en las noches; la cocina muda, inundada de hormigas, y el aire negro y espeso, aprisionan su alma; mira sus manos secas y rústicas, su cuerpo encorvado, y no sabe hasta cuándo podrá seguir esperando...
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Camina toda esa noche, que no es su noche ni su día.
El sol está alto cuando toma el sendero más corto, y sigue también viajando, agazapado en su espalda, pero no lo advierte, tampoco el calor. Sube y sube, de regreso a su mina. Se siente cansado, tan cansado, que antes de entrar, reposa en una roca. Tembloroso abre la carta y la relee. Sí, sabe leer, y a medida que lo hace, en su faz se va esculpiendo la tristeza. Haciendo un gran esfuerzo, se incorpora. Debe adentrarse, llegar hasta el fondo en medio de la negra noche, para ver la luz que, sólo él sabe, le regalará por última vez, la figura de su vieja y de sus hijos, esperándolo.
©ELBA ROJAS C. Agosto/1995
PREMIADO: MENCIÓN HONROSA. PUBLICADO POR EL MINISTERIO DE MINERÍA, EN ANTOLOGÍA "CUENTOS Y POEMAS DEL MUNDO MINERO" en 1998