EL CONO INVERTIDO



        Se oyó un grito desgarrador, muy lejano, apagado por el ruido de máquinas chancadoras y vehículos que se movían en forma rutinaria en el terreno de la Planta. Y devino un silencio sobrecogedor. Tan de súbito, se detuvo la faena en ese sector como rápido comenzó un ajetreo apremiante. El jefe de turno, avisado, llegó de inmediato desde el edificio del lado, y tomó la dirección de la iniciativa de algunos operarios, al tiempo que preguntaba:
-Quién?
-Pedro Campillay -le respondió alguien. Entonces él vociferó:
-No baje ninguno más, que ese imbécil se cubrirá! No se muevan! Por la m... los ´huevones` que me mandan! -No se veía quiénes más se habían deslizado hacia adentro del Cono ni quién pasó por su lado, adelantándolo.

*

   
        Pedro, enterrado hasta la cintura en la molienda que caía al Cono, intentó salir y se hundió hasta el pecho: más mineral molido se escurría por las paredes del foso. Estaba asustado el hombre, y encandilado por el sol de atardecer, pero aún no sopesaba cabalmente la gravedad de la situación; se distrajo al evocar lo que estaba haciendo un segundo antes: la pértiga se atascó; removía la arena pegada en las paredes del Cono; se atascó, claro, aunque yo, no alcancé a entrar al foso, perdí el equilibrio -razonó-, apenas veo, puro polvo; menos mal que resbalé parado, pero esto no es caer parado... qué tontería; estaba firme ahí, calor nomás tenía... se desprendía tan re bien el fino; polvo de oro parecía; se escurría, (ay!, tengo algo en la boca del estómago, justo ahora.... Éste era su último día en esta Planta de beneficio. Siempre tuvo otras aspiraciones, y, por fin, había conseguido su máximo anhelo: una pega buena en El Salvador. <Allá todo será más fácil>, le decía a su compadre, Arturo, quien lo acompañaba en todas, <es mecanizado, Ud. sabe, porque yo no soy un tipo grande como usted, pero sí musculoso, ya ve (le mostraba los biceps de sus cortos, pero fuertes brazos), y no me importa estar en la mina, bajo tierra; alguna vez que ´esté a la sombra`, harto sol he tomado, verdad?. Quería trabajar allá para darle un buen futuro a su familia que, sin darse cuenta, aumentaba cada año; por eso, calladito, había estudiado unos afiches que mostraban, paso a paso, el recorrido del mineral de cobre, en el yacimiento donde él trabajaría; fue difícil la cosa para su intelecto, ya que no era aficionado a la lectura, pero los nombres se los aprendió de memoria, con el mayor de sus chiquillos: Tratamiento del Mineral, leyó en ese cartón. Y puso mucha atención a cómo empezaba eso: Extracción en la mina Aahí estaré yo, pensó entonces mientras leía Ay, a lo mejor guío los carros, porque allá adentro hay un trencito; seguía el croquis, Arneo; luego, todo va a parar a la Tolva (le pareció que eso era el Cono, aunque tenía otra forma); de ahí va a Trituración A igual que aquí, se dijo (ya conocía el rodaje del mineral en su antiguo trabajo), y después, a la Molienda fina y, Clasificación; podría conversar de todo aquello con sus compadres y quien quisiera oírle, a medida que fuera avanzando también en el trabajo, porque, el que se fuera allá arriba, no significaba que se separara de su gente. El afiche, como un tesoro, estaba guardado entre sus cosas. Jamás pensó que un día fuera a caer, y hoy, como despedida, estaba enterrado en el Cono de la Planta. Ahora, ya nervioso, divagaba en una confusa repetición mental: material, arriba y abajo, el que alimenta la correa y el que baja por dentro del Cono, (y me fui a resbalar... (Ay, ay!, no puedo moverme. )Y la pértiga quebrada?; no puedo apoyarme; (qué!, no me habrán visto... (Auxilio! (creyó que le salía la voz). Quiero sacar mis pies y me entierro más. )Qué pasa?... (Paren la correa de abajo (ay!, )y arriba? )están vaciando más chancado...? No puedo ver. (Auxilio! (Vengan, por favor!... (Ayúdenme! (Ayúdennn...! En ese mismo momento, Arturo Jara, chofer ocasional de un camión tolva, se acercaba (ensordecido con los ruidos mecánicos de su máquina) desapercibido del repentino silencio del entorno; retrocediendo, maniobraba cerca del borde de la amplia circunferencia del Cono; era lo usual para vaciar directamente el chancado fino. Entonces, por el retrovisor vio que, desde lo alto de la pluma, un operario agitaba sus brazos: Arturo asomó la cabeza por la ventanilla y constató que le indicaba frenar, y devolverse, al tiempo que, histérico, gritaba algo. Detuvo el vehículo y su accionar, y, con la puerta abierta, miró: no pudo ver qué causaba tanta agitación. En tanto él hacía esto, como un bólido, salían de sus respectivas cabinas los encargados de las correas transportadoras; entonces, se apresuró en volver su máquina al camino central; y, sin pensarlo dos veces, también corrió a ver qué pasaba allí. Se había detenido el rodar del material triturado, junto con las maquinarias. Los que trabajaban a nivel de superficie, igual que él, ya estaban en la boca del Cono y constataron lo que, desde arriba, alterado, el hombre de la pluma continuaba mostrándoles en el centro de la circunferencia, y luego, él también bajó veloz; llegó al borde del terreno duro y, haciendo caso omiso al riesgo, prácticamente se tiró con el ´Guatón` Jara y los otros, adonde estaba Pedro (ya sabían quién era el accidentado), y él, el que había dado la voz de alarma, ahora le gritaba:
-(No se mueva, compadre, no se mueva! (Estése quieto, aquí vamos! -La advertencia quedó suspendida, por un segundo, sobre aquel silencio que dividió el día; luego se destacó una voz de tono más mesurado.
-(Cuidado, no resbalen ustedes también! (Distribúyanse con precaución! -El operario de la pluma oyó la voz que le sonaba bajo tierra, como en realidad estaban algunos, con las piernas enterradas en el hoyo cónico. Por la urgencia del salvamento, desesperados ante la situación de un compañero de faena, se habían tirado al foso para rescatarlo y, sin querer, acrecentaban el material sobre el cuerpo de Pedro; éste seguía enterrándose, porque, al mismo tiempo, se escurría mineral bajo sus pies, debido a la descarga del Cono; ellos también se hundían, arrastrando más material en torno a él.

-(Chuta, jefe tenga cuidado también! -habló entre dientes, reconociendo al jefe de la Planta, quien estaba junto a él; recién, desde la pluma, lo había divisado en el borde del Cono, al lado del jefe de turno. Vistos desde otro ángulo, sus figuras semejaban seres de otro mundo, distorsionadas entre el polvillo suelto, deformes, como si estuvieran en medio de una tromba de arena en el desierto. A través de esa nebulosa, el jefe, por señas y gritos, ordenaba detener la correa de vaciar (la única que, por el nerviosismo general, seguía en movimiento). En un par de minutos, ya estaban en acción los de Seguridad, combinados con los trabajadores organizados, por sí, al comienzo del suceso: unos, instalados en lo alto, en la estructura de donde caía el material al Cono, provistos de cuerdas, intentaban lacear a Pedro; los primeros que llegaron hasta él, alcanzaban los extremos de aquellas sogas: el accidentado seguía cubriéndose con el mineral molido, y arrastrado por la descarga del Cono, ya que el material seguía deslizándose por las paredes inclinadas; sus compañeros trataban de apegarse a ellas, para no resbalar: también peligraban de quedar sepultados allí. Trabajaban contra el tiempo y la materia, coordinando movimientos entre sí, codo a codo con el jefe. Casi a los pies de ellos, por instinto de conservación y semi-desvanecido, Pedro, con los brazos afuera del montón de granza, y la cabeza caída sobre el pecho, no se movía: estaba muy presionado por el chancado. Ahora, ellos, sin acercarse más a él, por no acrecentar el peligro, aseguraron su cuerpo, rodeándolo con las sogas bajo los brazos.
-(No lo aprieten; tiren las cuerdas, suavemente! (Manténganlas firmes de todos lados para que no cambie la posición! -se oía la voz en sordina. En su desmayo físico, Pedro estaba consciente de lo suyo, hasta el instante de caer: cumplía su turno, y sólo pretendía perfeccionar su trabajo; se despedía de un Cono y todo el rodaje que esto implicaba, para ir a otro, diferente, estaba pensando en mañana, allá arriba..., se repetía, aún esperanzado de que la vida se le haría más fácil. El día anterior había dicho a su mujer que vivirían en campamento y no libres como aquí, y que su pueblo sería siempre El Salado. Los pensamientos (lo único libre de su cuerpo), veloces ahora, se le agolpaban, casi arrepentido de haber deseado irse de esta Planta de El Salado. Para qué habré pedido trabajo allá arriba; se me hacía poco el pago aquí. Es cierto que apenas me alcanza... Pobre Gina, tan contenta que está (tengo que salir de aquí!, sino, después, )qué hará ella, sola con los chiquillos? Y se veía en una escena de fugaz carrera, en el ´Bronco`, con su compadre Arturo, (el del camión: era el chofer del jefe; los otros le llamaban Aguatón Jara@) Iban a la ciudad costera y compraban de todo para quince días (Dios, ayúdame, sácame de aquí! Virgencita de la Candelaria, no puedes abandonarme, intercede por mí, te ruego, te prometo... te prometo... Ay, ay, ay, no puedo respirar; no veo, me dejaron solo aquí, no oigo ruido ni voces (qué es este silencio! )no me ven?, (ayúdenme!... . Hasta ese momento todo fue muy rápido, pero esos escasos minutos, a todos parecían horas, ya que corrían a la inversa de la repentina detención de las faenas rutinarias.

El jefe de turno, arriba, al borde del Cono, daba a los mil demonios, porque se le había accidentado este inexperto. El sol implacable, detenido también en lo alto, sobre la expectación del corro de operarios alrededor del pozo, licuaba el mineral barroso de la cara y cuerpo de Pedro, como también en los de el equipo de salvamento; transpiraban, meditabundos, mudos, concentrados sólo en su faena de desentrampar; lo sostenían con cuidado, por medio de las sogas con que habían logrado rodear su tórax. Lo mantuvieron así, a una altura, como a un muñeco, aunque constreñido de la cintura abajo en un reloj de arena (que lo soltaba, poco a poco); así, impedían que se enterrara más o desapareciera bajo el polvo, mientras el sol, que se iba tras el monte, les indicaba que el tiempo no se había detenido. Ni los observadores respiraban, mientras la correa sacaba y sacaba mineral del Cono, bajo los pies de Pedro y de sus compañeros; éstos, inmóviles a conciencia, accionaban con cuidado para evitar desmoronamiento de material en los costados; muy lentamente se despejaban las piernas del accidentado. De pronto, las sogas se pusieron tensas al resistir el arrastre de su cuerpo: ellos las mantuvieron firmes y trataron de levantarlo, con sumo cuidado, para liberarlo por completo.
*
El compadre Arturo, que en ese dramático intertanto había salido del foso, y acercado el ´Bronco` por orden del jefe, dio una profunda mirada a Pedro: parecía no respirar, y en su cara embarrada, un par de lágrimas marcaban sendos surcos oblicuos. Antes de ayudar a acomodarlo, se dijo, el Jefe de Arriba le dará ´una mano a mi compadre`, y, rápido, tomó el volante del ajetreado jeep (ya que el furgón, transformado en ambulancia, estaba fuera de servicio). Maniobró, y condujo con cuidado en esta parte interior de la Planta; luego aceleraría hacia el Hospital. El guardia de la entrada había levantado las barreras: daba paso a una Ambulancia que se detuvo al lado del ´Bronco`. Detrás de esas lágrimas involuntarias, Pedro Campillay aún consciente dejaba fluír el pensamiento, liviano, (pobre Gina! (pobres hijos!... vamos pasando frente a la oficina del jefe, frente al bosquecillo de los asados del dieciocho y de las fiestas de Navidad, ahora frente a la piscina, ya llegamos a la puerta...; entonces sintió frío, mucho frío, luego, nada, y,... estaba muy bien, más liviano. Pasaron El Empalme, Diego, e iban subiendo la cuesta, en la curva, casi sobre Llanta donde miraron la puesta de sol, en la recta final hacia El Salvador. El ´Bronco` iba tan suave que ni rugía, como la primera vez en la subida. Al llegar arriba las barreras estaban alzadas y (oh, maravilla! todo era blanco, blanco con rayos de sol entre nubes. Había nevado y no hacía frío; aún caía una lluvia de plumilla blanca que jamás había visto ni imaginado; y cubría las casas, grandes y pequeñas, como un manto de algodón, también los colectivos y los alrededores del campamento, de El Salvador, el lugar donde viviría en adelante. Bajo esta blancura, el polvo metálico y todos los conos desaparecieron, también el sol, dando paso a unas estrellas vespertinas... mientras tanto, la carretera fue transformándose, llenándose de bocinas ululantes que viajaban veloces a la ciudad más cercana. Con los ojos cerrados y sin saber dónde estaba, Pedro Campillay percibió un roce tibio en el brazo y, más cerca, oyó:
-!Compadre, mañana lo llevo a El Salvador!

©Elba Rojas C. Viña del Mar, 20/04/01
CUENTO PREMIADO EN CONCURSO LITERARIO ALETRAS DE COBRE@ DE CODELCO, CHILE.
PUBLICADO EN EL LIBRO DECUENTOS Y POEMAS ALETRAS DE COBRE@, Año 2002


 

 

  

               

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