LA PACIENCIA y EL PACIENTE
¿Quién conoce realmente la virtud de la paciencia?
Solamente aquellos que la hemos sentido como vivencia dentro de nuestro existir.
Al parecer la paciencia se experimenta, o mejor dicho debemos echar mano a ella en diferentes y variadas circunstancias. Por lo general, en esta época de gran aceleración, se la rehuye al máximo; antes que aceptarla buscamos otras alternativas. Sin embargo, hay momentos en que no nos queda más que "armarnos de paciencia". Este hecho casi siempre está asociado con aquellos logros que nos van -de una manera u otra-, a permitir conseguir algo que nos afecta y está en directa relación con nuestra esencia o razón de ser.
En efecto, la paciencia es una virtud que nos obliga a volvernos hacia nuestro interior y tal vez, sea ésta la causa por la que tratamos de rehuirla tan a menudo.
Hay muchos ejemplos donde se ejercita la paciencia: ante los niños, especialmente cuando se trata de nuestros hijos, ante aquellas personas que no nos agradan o que nos cansan con conversaciones estériles. En otro caso cuando estamos en una fila frente a un funcionario que según el, hace todo lo posible por atender con rapidez los asuntos de cada solicitante, pero a nosotros nos parece demasiado lento.
También hay que tener presente las ocasiones en que, la paciencia se hace inherente al anhelo, como por ejemplo, cuando esperamos y deseamos que transcurra rápida la jornada de trabajo u otros quehaceres para dedicarnos a nuestro hobby o entretención del momento: una fiesta, un viaje, un juego, un programa, iniciar las vacaciones, asistir a un espectáculo o "esperar" para encontrarnos con los seres queridos, etc., etc. En tales casos, empleamos un subterfugio que va a colaborar con la paciencia, interesándonos con aquellas tareas que estamos realizando de momento y que habitualmente, las hacemos de un modo automático. No obstante algunas veces, nada nos ayuda a superar la impaciencia.
Sobre todas estas alternativas de la paciencia se podría decir mucho más, pero sin duda la más intensa y pesada es la que se debe aceptar cuando nos convertimos en un "paciente", cuando nos enfermamos de cualquier dolencia. Aunque seguramente en tales casos, la impaciencia nos ayuda a mejorar con mayor rapidez.
El enfermo -dígase mejor "paciente"- está obligado a tener paciencia. Bajo este estado, la virtud de la tolerancia a la espera pareciera ser inherente a la paciencia. Y lo que es peor, aceptar un tratamiento que no sólo tiene que ver con la esencia de la enfermedad, ya sea orgánica o síquica, sino que el mismo paciente no siempre está convencido del todo de que sea el adecuado para atacar su dolencia, aunque un profesional así lo afirme. El paciente se somete, pero con la duda a flor de piel. Y mientras más larga es la espera para sanar, más inquietante se hace su ego; se irrita por todo; se considera menos que nada, incomprendido y como un sujeto que es una molestia. Y aunque para algunos lo es, no se lo dicen por consideración a su estado.
Más tarde llega el periodo en que empieza a sentirse contento de ser el centro de la atención para todos los que le rodean. Ahora ya no es importante mejorar; ya no se desespera sintiendo que la situación se ha tornado cómoda para el o ella. Lo invade un sentimiento de "dejar hacer". Es en este momento cuando realmente alcanza la paciencia, cuando llega a sentirla como algo inevitable y por lo tanto pasa a ser parte de sí mismo. Se da cuenta que es su mejor aliada en el estado que se encuentra.
Ahora ha aprendido que puede utilizar la paciencia a su favor. Ahora comprende el escaso apuro de los ancianos. Comienza a vivir con objetividad su tiempo de postración momentánea. Son minutos útiles para hacer aquello que siempre estuvo dejando de lado por estar "ocupado". Cambia el esquema y programación de su vida en las horas diurnas. Se olvida un tanto de la razón por la que debe permanecer quieto, a veces en cama, en un solo lugar. Se somete ... Estos otros quehaceres lo mantienen ocupado ahora, dandose cuenta que su transcurrir por el tiempo se va con una rapidez asombrosa. ¡Ha comenzado su curación!
Pasan las horas, pasan los días y, ¡de repente!, el médico señala:
-Ud. ya está bien. Puede regresar a su vida habitual.
Pero ... nuestra vida habitual, ¿cuál es? Nos sentimos desorientados y debemos hacer un verdadero esfuerzo para ubicarnos. Ya no necesitamos la paciencia. Ahora, queremos que ella se vaya lejos, porque mientras esperábamos mejorar nuestra salud, intuímos que toda la vida es una larga espera, un tener paciencia hasta que nos alcance el último suspiro. Ahora es necesario la "osadía" y se nos hace difícil integrarla a nuestra esencia.
Pronto y afortunadamente, superamos este estado y lo que es mejor, nos damos cuenta que ahora sí estamos seguros de conocer una virtud; cómo utilizarla, convertirla en nuestra aliada en todo quehacer y tenerla siempre presente toda vez que debamos esperar.
©ETHEL FOSSA ROJAS
Crculo de escritores de Viña del Mar.