ROMANCE DEL TREN
©José M.Torres Fuentes
jmtofu@hotmail.com
Fue en el túnel El Olivo
viajando juntos en tren,
que le di un beso furtivo.
El tren como un cetáceo
nadaba en campos de trigo,
zambulléndose, a veces,
en túneles peregrinos.
Al paladear su saliva
tan dulce como el rocío,
desde su pelo revuelto
me embriagó un perfume fino.
La oscuridad fue mi cómplice,
a ella la perdió el instinto.
Y cuando arrimó sus piernas
yo casi perdí el sentido.
Muy alto volaba el cóndor
en el cielo alabastrino.
Al tomarnos de la mano
los chopos fueron testigos.
El tren clavó en la montaña
su delirante pitido.
Un capote de jazmines
lidiaba con dos jacintos.
Con su mano temblorosa
palpó diamantes y lirios,
en la carne palpitante
de mi espolón masculino.
Flotando iba el vagón
por carriles cristalinos.
Cuando la noche apagó
la luz de valles floridos,
un concierto de chincoles
se perdió en el infinito.
Yo busqué en mi equipaje
la suave manta de lino,
para esconder nuestros cuerpos
de atisbadores ladinos.
La luna de porcelana
coronó el cielo de estío,
y los raíles brillaron
de luciérnaga vestidos.
Cuando sus labios mi sexo
recorrieron, despacito,
comprendí que puede un beso
transportar a lo divino.
Flotando iba el vagón
entre chumberas y espinos.
Aun recuerdo las palabras
que escucharon mis oídos,
fueron suaves cimitarras
que sesgaron mis prejuicios.
Desde sus pechos ebúrneos
bebí en un beso el latido
de la mujer más airosa
que cruzara mi camino.
Una manada de toros
se consteló junto al río,
al ver la sierpe de plata
cruzando el puente dormido.
Mientras, mis manos ansiosas
liberaron del vestido
su grupa desparramada
como dos melones lívidos.
Fui más que potranco en celo,
fui jinete sin estribos.
Cabalgué por las traviesas
en un pegaso encendido.
Impetuoso pasó el tren
entre sombras de eucaliptos,
que pintaban el balasto
con pincel ennegrecido.
Bajo la gorra unos ojos
me miraron sorprendidos:
era el buen ferroviario,
que se alejó con sigilo.
Aquel hombre, más que un hombre,
se portó como un amigo.
Después me seguí clavando
sin compasión ni respiro
en sus entrañas divinas,
¡hasta matar la libido!
¡Bendita la que se armó,
por solo un beso furtivo!
Imantado iba el vagón
sobre rieles de platino,
disparándole al viento
mil acículas de pino.
De repente entre suspiros
fue mi voz como un relincho,
y juntamos nuestras almas
en un sueño compartido.
El tren corría extasiado
entre naranjos y guindos.
Un manto de girasoles
se estremeció tras del risco.
Ya cerca de la ensenada
con clarines de graznidos
cuatro gaviotas del alba
bajaron el telón marino.
El tren se acercaba lento,
a la estación de destino.
Entró por ambas ventanas
un cielo color zafiro,
y nos miramos los dos
con un sentimiento lindo.
Un abrazo en la estación
cual dos amantes prohibidos.
Nunca, a mujer alguna
la besé con tanto ahínco.
Y quedamos de encontrarnos
en diez días, para el Niño.
Yo volví a aquel andén,
nervioso como un chiquillo:
fueron los Reyes más tristes,
por que la dama, no vino.
Me subí al último coche
como un amante obsesivo,
y al sentarme en nuestro asiento
sentí su perfume fino.
Y me alejé tristemente,
con el corazón vacío.
Al salir de la estación,
desdichado cantó un mirlo.
Todavía para Reyes
mantengo mi triste rito
de esperarla en los andenes,
por si vuelve, sin aviso.
Si algún día este poema
llegase a sus oídos,
que sepa que este andaluz
¡Jamás, la echará al olvido