Gabriela
 

Abrió sus brazos la niña Lucila,
para coger con ternura
la ardiente savia de su ilusión;
la sombra de sus vigilias,
fruto y fulgor.
Versos envueltos en la dulce cepa,
con sabor a valle fresco;
esencia de cálidos versos
en la paz del huerto.
Versos del humilde valle
cargados de dulzura y desvelo
donde la vid y el sol
cultiva su reino rojo.
En Montegrande
Lucila y el valle,
el verso y la flor,
un soplo refrescante
hecho sueño y canción.

©Laura Medina Espinoza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

               

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