EL ESPEJO
Por Luis Ossa Gajardo
Mis versos son espadas, dijo el poeta para sí, en su profunda imaginación y en la vertiginosidad del espíritu. Me hieren si en mí quedan, si de mis libros o crónicas escapan, sus reflejos me desconciertan, ciegan y matan. Envilecen mi alma si el éxito alcanzan, me hunden si por ellas otros me atacan...
¡Oh! la palabra robusta que perdura y la que malherida hiede, palabra que es burbuja sobre el papel y, sin embargo, rigurosa increpa, vitupera, hiere o sana, palabra hiel de blasfemias, palabra miel de salmodias, palabra que es vida o muerte; Palabra águila, palabra víbora, palabra luminosa que descifra, palabra embriagada del espíritu, palabra que al oído aromas de nardo sopla.
Inmerso en la espesura de su selva interior, inclinado sobre un plano que al parecer resultaba irreal, el vate se detuvo en la pieza donde papeles desordenados como sus propias ideas, caían descuidadamente desde el escritorio al piso. Hablaba para sí y musitaba sin mover los labios, porque abiertas tenía las fuentes del centro de su alma y, abiertos los sellos, consigo mismo hablaba.
Con frecuencia oía el murmullo de sus propias palabras, quedando muchas veces paralizado, cuando estas reclamaban origen y destino. No les bastaban quedar atrapadas en los papeles que con frecuencia el poeta acumulaba.
-Estoy oscuro, herido por dentro- murmuraba.
-Necesito los elementos que den la pista a mis identidades y el faro aquel de mi propia autenticidad-
Tenía aspecto preocupado, palidecía su semblante, se decía frases breves que lo compendiaban todo- entre intelectuales y poetas es la mágica clave que hacer sentir todo-
Ya no vacilaría, necesariamente tenía y debía encontrar la lumbre, ahora o nunca...
-Quién no se encuentra a sí mismo deberá lamentar un día su nebulosa consecuencia-. Había evitado este encuentro olvidándolo con sus propios argumentos, ahogándolo en la estupidez cotidiana y en la niebla del desaliento.
Durante varios minutos estuvo abstraído. Ahora las circunstancias le eran favorables, con la mirada franca y directa se sentó frente al espejo, al invisible espejo que ahora no rehuía ¿le invadía una profunda y extraña depresión? ¡ No!. Su silueta desde las difusas sombras comenzaría ahora a distinguirse en la diáfana luz. Se vería en su total y real dimensión.
Le era necesario este análisis crítico, la disección de su Yo, centro de todas sus circunstancias y, sobretodo, necesitaba cuestionarse en una insistente, profunda y abundante reflexión.
¿Era acaso un vano narcisismo la intensa búsqueda de su Yo?,de ninguna manera. Era necesario el hallazgo definitivo de su identidad verdadera, con ello obtendría el secreto encuentro con el hombre interior, esencia que le era desconocida por falta de valor. Aquel encuentro le serviría para hermanarse y no mirarse en lo sucesivo jamás de lejos. Conocerse de frente y perfil, albergándose el uno al otro en un armónico universo interior, ya no sería un ruiseñor solitario y ciego, si en esta vida por hilos celestes y misteriosos era destinado para ser un vaso contenedor de la palabra fresca y pura, no quedaría huella de falsa honra impresa en la gruta de su conciencia, ni en el profundo espejo de su alma. Eran instantes de gloria y resplandor, luz Kafkiana que daría consuelo a su angustiado corazón desde una metafísica viva y contagiosa. Y por constituir su Yo, intenso y verdadero, convocaría el génesis y el fin de sus líricas palabras, conduciéndolo a la fuente azul y pura del sentimiento, fresco manantial donde surgen los sueños. Necesario le era escuchar el eco remoto de sus giros en este mundo y descubrir el laberinto errante que desde su juventud agitaba su espíritu.
Sólo tengo este espejo- se decía- este espejo que guardará las imágenes ausentes que darán el bálsamo y el sueño de la verdad.
El hombre parecía seguro, al fin aclaraba su compleja problemática, la niebla se disipaba lentamente, sabría que actitud asumir, su visión cosmológica le permitiría reafirmar la vitalidad. Por fin sabría si su poesía era sólo aventura fugaz de la fantasía o escritura perdurable, savia que surge desde un espíritu prudente y serio, sabría desprenderse de atavismos innecesarios, de retóricas inútiles, para hacer sus poemas sencillos, vivientes ascetas de su transitoria existencia terrestre, lámparas depuradas del espíritu creador, entregaría en cada poema algo hermoso, noble, fresco y limpio. No anhelaría jamás que la aridez fuera su rubí encendido... y nunca sería el espejo del hastío.
Profundo sería el sentimiento testimonial, libre ahora su voz emergería directamente del corazón, desde el hombre interior surcarían ahora las fuerzas todas de un lírico aliento. En la hondura de una pequeña piedra concentraría la grandeza de la alta montaña. No se preocuparía de buscar notoriedad por ningún medio, ya no sería en consecuencia un poeta suicida, esclavo de su propia vanidad.
Libre, la sabiduría se albergaría en su palabra, y la palabra brotaría desde el núcleo de una esencia pura, una estrella anunciaría la benevolencia toda del propio corazón. Con el conocimiento frente al espejo que buscara ardorosamente, de aquí en adelante sería uno más en combatir la noche extraña y nubosa del canibalismo poético, la noche sin estrellas donde abunda la palabra sin razón y, donde anida la miseria actual de la poesía. Como Prometeo, libre sería desde hoy, no comprometería la poesía con turbias ideas, ni extraños dogmas, aunque escribiría siempre por la dignidad del hombre y su nombre.
Había nacido en Chile, tierra de poetas, y donde muchos aprovechan autoproclamarse poetas, sin parecerlo, ni serlo. En un pueblito del sur había templado su niñez en el claro rumor de los ríos, la placidez de los álamos, entre musgos y pájaros, habían sido suyas las campanas de luz, aquellas lágrimas araucanas estremecidas entre las frondas verdes de la húmeda tierra. Aquella tierra de primavera retrasada que sin embargo dejaba sus huellas de lluvias, de estrellas, de sangre, miradas, y cenizas...de lagos, volcanes y ríos.
Todo había cambiado, ya no sería un orfebre poético, desde hoy abría las fronteras del espíritu, con toda la potencialidad tempranamente adquirida.
Desde la hondura azul de su cráneo entregaría al mundo la totalidad de su universo interior y los mezclaría con la luz de la sangre, porque escribir es un oficio oscuro y peligroso.
Admiraba a Neruda y a Gabriela Mistral, sin embargo no aspiraba la gloria, anhelaba ser en vida un desconocido....como lo fue Pezoa Véliz, cuya poesía admiraba como el oro valioso. Desechaba todo sensacionalismo, el aplauso ligero, cultivaba la poesía del silencio. Porque la fama nunca será garantía de excelencia poética.
Desde ahora, a sus 25 años, todo había cambiado, esperaría que sus palabras maduraran como las uvas para cogerlas y plasmarlas en vino celeste. Podría decir en su vejez: Te amé poesía, porque juntos recorrimos la vida y Tú recorriste muy dentro la mía/ Te desnude poesía, porque fuiste hermosa henchida de amores... y tú eras mía /.
¡Listo el café! – le anunció su mujer, el poeta sonrió y exclamó ¡Ya está, ya pasó!-. Su noble compañera tuvo deseos de preguntar...Prefirió el silencio y juntos disfrutaron aquella mañana del buen aroma y sabor de una taza de café.
© Luis Ossa Gajardo