EL VIUDO
Desde que Angela murió, él la hacía volver todas las noches y las siestas para que lo ayudara a vencer el insomnio. Había aprendido y perfeccionado una técnica: bastaba con tenderse boca arriba, suspirar y relajarse profundamente cerrando así todos sus sentidos hasta que traía a la mente un sencillo paisaje nunca visto: un cielo límpido y un agua transparente y serena por donde se deslizaba suavemente un velero blanco alrededor del cual revoloteaban graznando algunas gaviotas.
Pasaba horas en esta posición y en este estado, donde se sentía verdaderamente muy a gusto; más a gusto que en cualquiera de las otras actividades que él desempeñaba y que ya eran pocas porque había ido abandonándolas desde que había enviudado.
Cuando lograba una quietud total, veía acercarse el velero hasta tenerlo próximo a sus ojos y entonces podía ver la dulce sonrisa de Angela, sus cabellos del color de la mora silvestre enmarcándole el rostro y sus profundos ojos negros. Angela le tendía las manos y desembarcaba en su abrazo.
Como todo era onírico, el velero y las gaviotas esperaban suspendidos en la dulzura del paisaje, mientras él se llevaba a Angela tomada de la cintura contándole todo lo que había sucedido en el último tiempo: los problemas domésticos y los nacionales; las guerras en casa y las mundiales; los conflictos internos y los externos; las búsquedas y los desencuentros.
A Angela le preocupaba más que todo sus hijos y las pequeñas escaramuzas que se producían entre sus adolescencias y la soledad de su padre.
Juntos iban resolviendo uno a uno los puntos hasta que llegaban al jardín. Entonces él la besaba y le mostraba el pimpollo que estaba dando el rosal, y los retamos que hay que podar... y ¿viste que lindo y fuerte se está viniendo el filodendro? Le coloqué pesticida como me sugeriste y también corté las hojas que estaban feas... y así, hasta que Angela le tomaba los hombros y lo miraba a los ojos sonriendo; entonces él comprendía la insinuación y la llevaba al dormitorio donde habían sido tan felices por tantos años. Cerraban la puerta con llave y comenzaba un festín erótico y siempre nuevo, con elementos del pasado y del futuro, satisfaciéndose mutuamente hasta las más anheladas fantasías... como sólo sucede en los sueños.
Aconteció que en una de esas ocasiones alucinantes, él se tornó ansioso y distraído sin poder responder a las fogosas caricias de Angela, entonces ella se sintió en peligro. Se llenó de dudas y de celos. Se preguntó si estaría perdiendo su atractivo, si él habría conocido a otra mujer más real. O tal vez, en un acto de deslealtad infinita estaría volviendo a la normalidad, pero esa sería una traición inconcebible en su amado.
El quiso tranquilizarla y le contó todo lo que pasaba: algunos días atrás, los hijos habían llevado a casa a un médico para que lo atendiera. Por la forma de hacer preguntas dedujo que era de especialidad psiquiatra. Los medicamentos que le había prescripto eran psicofármacos y... es que no sé... estoy confundido...no estoy de acuerdo, pero...
Quedaron tendidos uno al lado del otro, con las miradas fijas en el cielo raso como si allí estuvieran todas las respuestas y cada uno, desde su propia incertidumbre, se prometió que nunca nada ni nadie los separaría.
Ese amanecer, cuando Angela tomó su velero para regresar a la orilla de Quizá Donde, no llevaba la sonrisa plena con que se despedía siempre, sino el rostro ensombrecido por alguna nube de presagios.
Pasaron varios días antes de que volviera a verla, porque no lograba aquel nivel mental ideal para hacerla llegar en su velero de ilusiones. Coincidió con el comienzo del tratamiento, quizás la medicación le impedía llegar en forma natural al sueño, así es que pasaba directamente desde la vigilia al dormir profundo, sin detenerse en ese tramo donde la conciencia y la inconciencia se confunden y en el que él demoraba largo rato para disfrutar con su Angela.
Pero ella volvió, y volvió sonriendo más linda que nunca. Acercó el velero hasta la playa de sus ojos, le tendió las manos y desembarcó en su abrazo como siempre.
Quizás venía tan radiante porque traía la solución. Lo conversarían, lo discutirían como todo lo que se les había planteado desde el principio de la pareja y como siempre llegarían a un acuerdo... como siempre... como siempre...
Entonces, una voz desconocida los interrumpió:
“Permiso ¿puedo?”
Era una niña desnuda.
La miraron sorprendidos.
“Yo sé que no tengo derecho a entrar en tus sueños –dijo dirigiéndose al viudo- pero vengo a buscar a Angela porque está muerta ¿sabes?”.
Y antes de cualquiera de los dos pudiera reaccionar, la dueña de la voz ató a Angela por la cintura con un lazo de seda azul.
“Perdón –dijo- no me presenté. Soy La Cordura...” y se fue. Se fue por la misma gruta de sombras desde donde había venido, llevándose para siempre a Angela y dejándolo a él en el más completo desamparo en su paisaje de ensueño.
***
Al día siguiente, la casa de los jóvenes hijos de Angela se llenó de condolientes que se agrupaban hasta en el jardín, donde, en otro tiempo, crecía el filodendro, amarilleaba el retamo y los viejos rosales daban hermosos pimpollos. Esta vez habían perdido al padre.
Efectivamente: lo habían encontrado boca arriba en un remolino de realidades en desorden y un elocuente frasco de psicofármacos vacío en una mano... en la otra... una cinta de seda azul desgarrada... a la que nunca nadie encontró explicación.
©Maritza Barreto