Cuando la desesperación te impida dormir

y la realidad  te  paralice

lo mejor es quedarse allí ... entre el sueño y la vigilia...

 

 

LA GRIETA

 

Estaba al borde de un precipicio agarrado de espaldas a un enorme peñasco. Miraba hacia abajo: Ante sí, la hilera de botones de su camisa y las puntas de sus zapatos. Más allá, sólo el vacío azul e inmenso. Dentro de sí, vértigo y pánico.

 

El terror y el viento congelaban sus cabellos erizados. Apenas podía sostenerse sobre sus temblorosas piernas. Las manos y la espalda pegadas a la roca sudaban profusamente. El bumbúm del corazón a punto de hacerle estallar el pecho y la respiración contenida incrementaba su angustia.

 

Martín pensó en su madre inválida, pensó en su mujer y sus pequeños hijos, en sus gastos y sus deudas. Pensó en su infancia solitaria y triste, sin un padre que celebrara sus logros  al salir del colegio como sus compañeritos o que le contara cuentos o que lo rezongara  al menos. Recordó a su madre siempre ocupada, siempre llorando en silencio ¡siempre tan viuda!

 

Regresó a su propia adolescencia y allí encontró a un par de amigos que muy pronto la milicia y el sacerdocio separaron. Y luego recordó a Beatriz. Sí. En ese instante desesperado Martín evocó a Beatriz virgen y hermosa. Revivió el cúmulo de sentimientos que despertaron en él esos enormes y dulces ojos claros y su aspecto de indefensión y carencia total de afecto. Y como Martín era especialmente sensible a la orfandad... no pudo más que enamorarse. Se casaron y con el tiempo Beatriz se hizo obesa y autoritaria. Tuvieron tres hijos varones, uno de los cuales, por falta  de atención adecuada, nació enfermo. Esa noche, como muchas otras, se habían dormido todos sin poder satisfacer su hambre.

 

Martín estaba al borde del precipicio. Su espalda  y sus manos agarradas al borde de la cama sudaban profusamente. Entonces sintió unas garras que lo tomaban por los hombros para impedir la caída fatal. Era el águila de sus sueños que cada noche aparecía persiguiéndolo y persiguiéndolo, obligándole a huir durante toda la noche, de manera que al despertar se sentía aún más cansado. Era el águila de sus sueños que ahora lo elevaba a las alturas infinitas y desde allí lo dejaba caer. Martín tuvo esa sensación tan particular que se tiene en el estómago cuando se es  niño y se columpia. Esa sensación de caer al vacío pero sin llegar a caer.

 

Aterrizó suavemente sostenido aún por las garra y comenzó a correr, huyendo como siempre de la omnipresencia del águila, persecutoria a la vez que salvadora. Corría a ciegas, hasta que abrió los ojos y descubrió la grieta... la grieta de la pared que estaba junto a la cama. Ahí pudo al fin refugiarse por un tiempo, al menos hasta que pudo recuperarse de la loquísima carrera. Se sentó en un granito de arena y jadeó. Vio pasar a una enorme cucaracha, mil veces más grande que él, pero no se sintió aterrorizado como era de esperar, porque el insecto andaba en lo suyo y ni siquiera notó su insignificante presencia.

 

Cuando Martín se hubo recuperado  comenzó a caminar y a recorrer la grieta, inmensa como una gruta. Dijo su nombre por todas partes, un eco se lo devolvía. Le gustó el juego y volvió a llamarse y volvió a escuchar  desde los más remotos, recónditos e insospechados rincones,  su nombre... nombrado por un coro mágico.

 

Feliz como nunca y como nunca dueño de todo, incluso de sí, tomó un trozo de cal y en un llano dibujó a una hermosa  mujer, su mujer, Beatriz virgen y hermosa. Le pintó la dulzura en los ojos, como cuando la había conocido y el aspecto de indefensión y carencia total de afecto que lo habían enamorado, sólo que esta Beatriz no cambiaría. Sería tal y cuál él la necesitara en cada momento: amorosa, sumisa y silenciosa. Martín se sintió muy cómodo en ese lugar y decidió quedarse allí para siempre.

 

***

Una veintena de vecinos, a pedido de Beatriz acudieron a verlo al cabo de algunos días, ya que Martín permanecía inmóvil en la cama. De nada valían los llamados ni los rezongos, ni las  amenazas ni las súplicas. Martín ya no respondía al llanto de sus hijos y había dejado de preocuparse totalmente por su madre enferma. No se levantaba para nada y hedía en un charco de orín y excrementos con la mejor sonrisa de enamorado que su mujer nunca le vio, con los ojos fijos en una grieta que amenazaba con partir en dos la habitación.

 

Una veintena de vecinos lo llamaban:

¡Martín! ¡Martííííííííííííííííííín!

 

Y Martín feliz respondía: “¡Martín! ¡Martín!” convencido de que era el coro mágico de su grieta que contestaba en eco nombrándolo desde los más remotos, recónditos e insospechados rincones.

 

 

Fin

 

 

 

MARITZA BARRETO

CIRCULO DE ESCRITORES DE LA V REGION

 

 

  

               

Comente el cuento. El autor se lo agradece.

          Nombre  

           E-mail    

                                    Comentarios