Unamuno es el culpable (cuento epistolar)
Querida Matilde
Hurgando en mis papeles, -a los que dedico, ahora, el tiempo tan largo que tu ingratitud me ha regalado-, encontré una frase de Don Miguel de Unamuno, que alguna vez copié no sé cuándo, ni para qué:
“Piensa el sentimiento, siente el pensamiento”.
He tratado de seguir su consejo, más, resulta para mi una difícil tarea, ímproba y obscena. ¿Cómo voy a pensar el sentimiento que tú me provocas?. De sólo recordar tus labios carnosos y tu lengua dulce, la boca mía se hace agua… Matilde, en verdad la sed de ti me atormenta indolente, asediándome desde el margen vulnerable de mi voluntad.
He tratado de sentir el pensamiento que tú me impones. Una fuerza oculta se me instala, atrapando mi cuerpo. Mis manos se crispan buscando tus rincones y mi corazón rebelde bate y retuerce mis partes inflamables que tanto saben de tu ardor salvaje, como olas en un acantilado, colmando el aire -como olas en un acantilado colmando con briznas de sangre hirviente-, con briznas de sangre hirviente-,.
Regreso al intento de pensar el sentimiento, mas me ahogo en las frases de amor, que incrustaste en mi memoria con tu voz de flecha almibarada. Los colores de aquel atardecer, en las orillas del mar ajeno que hicimos nuestro, inundan mi mente, la música de tus palabras repite aquella promesa que, bien sabes, yo no te pedí:
“Será así, será toda la vida así, nos fundiremos en la fragua cotidiana de amarnos sin medida ni razón. Sólo este mar nuestro sabrá cuanto nos amamos, seremos extraños en el mundo vulgar de los humanos y seremos dos caracolas vibrantes, fusionadas, sólo limitadas por las orillas infinitas de nuestro lecho azul…”Entonces, Matilde, perdido trato de sentir el pensamiento, se me nubla la razón, me falta el oxigeno de tu aliento ígneo y me ahogo… El viejo camino a tu casa se me hace presente nítido y voy recibiendo, como veneno embriagador, el perfume de tus púberes flores calidas de esa primavera en la que preñamos cada orilla, cada prado y cada lecho de hojas de mentas nuevas… Tus ojos, reflejando puro cielo celeste turquesa, se me antojan el infinito que tenía por tamaño nuestro amor. Me duele, Matilde, porque ya no lo transito, ahora nuestro camino debe estar cubierto de abrojos, espinas y peñascos…
Matilde, me quedo en blanco, vuelvo a intentar el juego extraño que me propone Unamuno. Quiero ver en su fórmula, -de alquimista filosófico-, una pócima mágica que cure mi mal. Pensar el sentimiento; Regreso a ese primer día, cuando me anidaste tus ojos en el alma. Cuando desapareció el planeta y quedé a la deriva, navegando el mar encabritado de los sueños. Cuando te me aparecías nítida en las palomas tornasoladas surcando el aire, o en los rosales floridos entre pétalos y espinas, o en las gotas de la lluvia tibia que venían del Pacifico para caer en el Mediterráneo… mojando tu delicioso cabello largo pintado de miel pura, brillando al atardecer.Matilde, en verdad yo sé que no sé. Nada tiene sentido desde que estás ausente, me parece que la vida consiste sólo en respirar, pero te llevaste el aire. Que consiste en sólo beber, pero ahora las uvas son pasas secas y no me dan vino. Que consiste en oír, pero mi guitarra esta muda, -descordada espera, inerte, encogida y yerma, tu cantar-. O que la vida consiste en llorar, pero…Matilde te robaste mis ojos y me dejaste la luna seca, congelada como una lagrima en el cielo negro de esa ultima noche absurda, víspera de tu viaje. ¿Tiene sentido para ti?.. ¿Habrá ahora en tus noches algún instante, un regalo de Dios, que te dé lucidez?, ¿Podrá el resplandor efímero del relámpago, alumbrar tu corazón anochecido? ¿Quedará en tu mente, alguna idea de la inmensidad del mar que hicimos nuestro, con piel y sudor, amor y dolor?… ¿Recordarás cuantos eran los hijos que íbamos a tener?… tu dijiste ; “Muchos, tantos como estrellas hay en la constelación de Las Pléyades”
¡ No sé, Matilde yo nada sé!... No sé que harás tu ahora en el centro del ruido atronador, bajo las luces cegadoras del escenario, en las eternas presentaciones que tragan tu voz y exprimen tu alma. No sé de qué manera los muros muertos de aquel departamento que sueñas tener en el rascacielos de 40 pisos, allí en la Rambla Condal, van a darte algún día la humedad de las hierbas fragantes donde conociste el amor y donde fuimos felices juntos sin tiempo y sin medida. No sé cómo ese suculento cheque imaginario que piensas recibir, va a poder contener las poesías infantiles que ambos escribíamos para cuando, en tu vientre, se cuajara nuestro amor hecho hijo, hecho futuro fraguando millones de alegrías, sueños y estrellas…Matilde, no espero una respuesta, me conformo con saber que recibirás esta carta. No sé si ya olvidaste leer, imagino que sólo ves partituras. No sé si olvidaste escribir, el micrófono endurece tanto los dedos. No sé si aun entiendes castellano, me han contado que el idioma sueco no es amable con los oídos latinos.
Como ya te dije antes Matilde, no sé nada, ni siquiera por qué te escribo; ¡Unamuno es el culpable!.Contigo, Matilde, pirograbada en mi alma, desde siempre y hasta siempre.
RaimundoP.D. Aquí, en nuestro pueblo, el tiempo no es oro, sigue sobrando, y el odio aun sólo se encuentra en la “o”, del diccionario gordo de la Real Academia que, como bien sabes, está guardado bajo el manto viejo de fino polvo marrón, en la biblioteca parroquial donde devorábamos las golondrinas de Becquer.
Matilde, los cerezos de la huerta ya se ven bien cargados con sus pequeñas flores blancas, será una primavera muy dulce aquí… ¿Hay cerezos en Estocolmo?
©Patricio Portales Coya