El Pianista
©Pili García-Tello
Se hizo un silencio absoluto cuando el pianista comenzó a interpretar una tras otra, diversas sonatas de Beethoven en el piano de la capilla del hospital. Pareció transformarse, olvidarse de los que lo rodeaban. Toda la emoción que no había expresado durante cinco semanas surgió de sus dedos. Lo envolvió un aire de magia y de misterio total. Aquellas cinco semanas que habían pasado sin que pronunciara una palabra, convertía este hecho en algo absolutamente fuera de lo habitual.
Los médicos, las enfermeras, los cuidadores, algunos enfermos autorizados a entrar a la capilla y yo, permanecimos absortos escuchando la profunda armonía que emanaba del instrumento a través de las manos de aquel extraordinario individuo, el cual sin saber quién era, nos entregaba lo mejor de su espíritu a mí y a aquella buena gente.
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Los británicos habíamos seguido con pasión el secreto del joven que había perdido la memoria y que no había dicho una palabra desde que le hallaron en una playa inglesa elegantemente vestido y totalmente empapado. En su silencio y en su aspecto no había una sola huella de su origen. Parecía haber perdido la virtud de la palabra. Su aspecto dulce y melancólico llevó a algunos médicos a pensar en un grave golpe psicológico que lo dejó sin habla. Debía tener entre 20 o 30 años, tenía una estatura de un metro ochenta, era rubio y hermoso. Lo llevaron al hospital del pueblo, mas pareció no darse cuenta. Semejaba un príncipe perdido en un mundo irreal.
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El pianista continuó tocando en la capilla durante casi una hora y media. Todos seguíamos absortos escuchando la intensa armonía de las sonatas. No obstante, cuando más concentrados estábamos escuchándolo, dejó de tocar, tal vez estimulado por alguna honda evocación que le produjo la música. Se levantó y se dirigió lentamente a la pieza que ocupaba en el hospital.
Cuando el psiquiatra que lo atendía pasó a verlo, lo encontró animado.
-Debo regresar a casa.- le dijo en un perfecto inglés. –Mi madre me espera.-
Parecía no tener noción de lo que le había sucedido, mas tenía clarísimo que debía regresar a su lugar de origen.
Informó al médico que era sueco, estudiante de música, que se llamaba Bjorg Sorensen , que era hijo único y vivía con su madre en la calle Winterstrasse No. 18 de la ciudad de Estocolmo.
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He quedado cavilando. En vez de alegrarme quedé triste. Todos quedamos tristes. ¡Terminó nuestra la ilusión! ¡Qué pena! ¡Se acabó la fantasía!
El poeta del misterio y la poesía ya sabe quién es. El hermoso príncipe del silencio se ha ido y no volverá. Hoy ya no está. Sólo existe un individuo que toca el piano y ahora todos sabemos cómo se llama y quién es. Es tan común y corriente como el resto de la humanidad.
Ha sido como si el mago del circo revelara sus trucos, al público que lo aplaudió.
Ha sido casi como perder a un santo y su aureola de santidad. Ya no lo volveremos a ver. ¡Adiós secreto pianista de nuestra imaginación!