Cuento por
Pili García-Tello.
Jamás se imaginó John Howard Parker al partir del puerto de Liverpool, que demoraría cinco años en regresar y que aquel viaje cambiaría radicalmente el curso de su vida. Era 1949. Como Teniente Segundo de la Armada Británica, recorría junto a una gran tripulación, cada uno de los puertos que se destacaban en el itinerario. Era un viaje de reconocimiento dirigido hacia América Latina. Atravesando el Canal de Panamá, se detuvieron en La Guaira, luego en Guayaquil, en el Callao, en Iquique y finalmente en Valparaíso. En cada puerto el barco se quedaba un par de días y casi toda la tripulación bajaba a conocer el verdor de la naturaleza, las mujeres y el cálido clima del entorno. Era interesante para ellos, pues ninguno había conocido antes las exuberantes tierras americanas.
*
Al mismo tiempo que el barco se acercaba a Valparaíso,( donde estaría una semana completa) Mariana Fontana Rossa se preparaba en su casa, en el vecino balneario de Viña del Mar, para ir al puerto a despedir a su hermano marino, el cual haría el habitual recorrido con que los guardiamarinas chilenos visitan los principales puertos europeos en la nave “Esmeralda”. Ella era una típica chilena, algo madura, morena, de ojos negros y risueños, de constitución exuberante y sonrisa seductora. Justamente cuando Mariana llegó a la bahía venía llegando el barco inglés. Una cantidad de marineros estaba colocando una escalera de madera y cuerdas que unían el barco a tierra. Una vez colocadas, comenzó a bajar parte de la tripulación y unos pocos pasajeros que el capitán, por gentileza, había traído desde El Callao. Había un gran gentío en la bahía. Entre esta multitud estaba parte de los familiares que venían a despedir a sus hijos o esposos que partían a recorrer el mundo en la “Esmeralda”.
Se sentía el característico movimiento de carga y descarga que existe en todos los puertos del mundo. Descargaban gran cantidad de artículos importados por el país. (Aún no existían los contenedores.) Cajones llenos de artefactos electrodomésticos, radios, tocadiscos; también ropa importada, muebles, porcelanas y juguetes. También llegaban automóviles aunque no en gran escala.
Del interior del país venían camiones cargados de cajones de manzanas, melones verdes, y uva de exportación. Los lancheros gritaban a voz en cuello ofreciendo una vuelta por la bahía. En medio de ésta algarabía Mariana abrazó a su hermano Esteban para despedirse. Ahí fue cuando por primera vez vió a John. Le llamó la atención su pelo rubio, su tez sonrosada y su aspecto casi albino.
No volvió a verlo sino hasta tres días después. Fue en un baile de la Asociación de Tripulantes de la ciudad. Ella llevaba puesto un ceñido traje azul. Se veía atractiva y menor de lo que era. Aunque parecía una exageración, desde que bailaron juntos no se pudieron separar. Estuvieron juntos aquella noche y muchas más. Durante los días siguientes recorrieron las playas, los cerros, las plazas y todo lo hermoso que ofrecía la vecina ciudad balneario. Se volvió loca con el marino inglés y el extranjero estaba trastornado con aquella morena de ojos chispeantes y sonrisa seductora.
Tan grande fue su trastorno que tomó la irrevocable decisión de no regresar a su país natal y permanecer en el país de la mujer. Conversó con sus superiores a quienes intentó hacerles comprender lo que le había sucedido, pero lo miraron con asombro y lo escucharon como si estuvieran oyendo a un ser extraterrestre. Luego habló el capitán. Le enumeró todo lo que perdería,
su libertad, sus garantías que eran enormes, su casa, su uniforme y mil cosas más.
Nada hizo cambiar en su determinación de vivir con ella y permanecer en el país. Se casaron un mes después.
Pasaron cuatro años. Al principio todo fue vital pero difícil. Él no tenía trabajo y en éste país no era “nadie”. Sus fondos se fueron esfumando con rapidez. Afortunadamente sus conocimientos de contabilidad le sirvieron para ganarse la vida y a través de un médico amigo de Mariana, logró conseguir trabajo como contador de una firma textil. Así estabilizó su economía y la de su mujer, quien hacía pequeñas labores de costura para aumentar sus entradas.
Vivían felices, con la constante sensación de empezar a vivir, como si ambos fueran adolescentes, aunque él tendría alrededor de treinta años y ella unos pocos más. Mariana lo contemplaba como se contempla a un ídolo, con un amor profundo y algo maternal. A él todo le parecía novedoso, especialmente ese inglés que hablaba ella, aprendido en las Monjas Inglesas, con un acento especial.
Mas tarde, sin embargo se fue desencantando. Le sucedió poco a poco. Se hizo de nuevos amigos. Llegaba a su casa cada vez más tarde. Pasaba a beber un trago corto y a charlar en el principal club de la ciudad. Cantaba y comenzó a darse cuenta de que su voz era una gran atracción, ya que la gente del club se acercaba a escucharlo y lo aplaudían con entusiasmo. Primero cantaba por gusto. Luego lo contrataron como cantante. En sus horas libres, de nueve a doce de la noche, estaba ahí. Cantaba canciones sentimentales, al estilo de Frank Sinatra.
*
. En cierta ocasión, cuando regresaba a casa, tropezó sin querer con una muchacha que iba en sentido contrario. Se disculpó caballerosamente; pero cuando iba a seguir su camino sintió que la muchacha se quejaba y se apretaba el tobillo con la mano. Sucedió que al chocar con él, se fue de lado y se torció el pié; de modo que él la ayudó a cruzar la calle para sentarse en una banca de la plaza que había frente al club. Pensaba acompañarla hasta que se le pasara el dolor, pero el pié comenzó a hincharse cada vez más.
La muchacha tendría unos veinte años. Era muy delgada, de rostro pálido y pelo largo y negro. Tenía unos ojos oscuros y una mirada triste. Cuando intentó pararse, no pudo hacerlo, de modo que él se ofreció para llevarla a casa en un taxi. El vehículo se dirigió a un modesto barrio, en un cerro, lejos del centro. Cuando llegaron a su destino, le ayudó a entrar a su casa y luego se despidió con gentileza. El taxi lo esperaba. Se subió a él y partió.
Cuando llegó a su hogar, ya eran más de las dos de la mañana. Mariana lo esperaba tranquila. -
”Would you like to have a cup of tea?”* – le dijo en su inglés de las monjas. La verdad es que ella en el fondo sufría. Sentía una distancia cada vez mayor de parte suya.
Al día siguiente mientras tomaba desayuno, antes de partir al trabajo, John se imaginó a la muchacha de la noche anterior. No sabía porqué “se le había metido en la cabeza” y no podía dejar de pensar en ella. Durante todo el día estuvo así.-¿Cómo se llamaría? ¿Qué edad tendría? ¿Estaría casada? – se preguntaba una y otra vez. Al salir del trabajo se fue al club. Ahí se servía un trago corto y luego comenzaba su actuación. Cantaba muy bien. Al salir del club le entraron unas indescriptibles ganas de ver a la muchacha de la noche anterior. Quería verla y preguntarle por su pié hinchado. Tenía ese pretexto para visitarla, pero también estaba lleno de dudas. ¿Sería muy tarde? ¿Le parecería mal? Sin embargo, recordó que la noche anterior la esperaban con luz encendida y era bastante tarde. Por fin tomó la determinación de ir a verla. No podía esperar más. Cuando llegó en taxi al lugar donde estaba la casa, observó que la luz estaba apagada. No se veía ni se sentía a nadie. No se atrevió a tocar el timbre ni a golpear la puerta. Se vió obligado a irse aunque estaba ansioso por verla.
Partió a su casa en un bus. Había despachado al taxi. Los buses pasaban muy a lo lejos a esa hora y demoró mucho en llegar. Cuando por fin llegó, igual que la noche anterior, eran las dos. Mariana estaba durmiendo.- Por suerte. - pensó. Trató de calmarse, de no pensar en nada y dormir. Al fin, de puro cansancio, lo invadió el sueño.
Pasaron algunos días más, casi una semana. Trataba de no pensar en la mujer, mas la ansiedad lo atormentaba. Sin embargo, una noche al salir del club, la vió parada en la esquina. El corazón le dio un vuelco. Respiró hondo como para tomar valor, se le acercó y la abordó: -“¿Y qué dice su pié?”- le dijo directamente con su acento extranjero –“Está mejor.”- contestó ella, con el modo indiferente, que había incorporado a su manera de ser. La invitó a tomar un café a la fuente de soda que había en la esquina, cerca del club. Se llamaba Ana Robles. Había estado casada. Se había casado a los dieciséis años. Ya tenía dos niños. Tenía veintidós. En realidad –le dijo- lo estaba esperando para darle las gracias.
*
Después de esa noche, iba a esperarlo todas las noches a la salida del club. Se dirigían siempre a la misma fuente de soda. Tomaban un café o una cerveza. Había poca gente ya a esa hora. Después daban una vuelta por la plaza o iban a la costanera a mirar el mar. Ahora la llevaba abrazada, muy cerca de sí. Alcanzaba a sentir el calor de su cuerpo delgado a través de su piel.
Ésta mujer lo excitaba de una manera insensata- pensó. No pudo más y acercándose a ella, la besó. Ella parecía esperar que esto sucediera, pues se entregó sin reparos a sus afanes.
Luego, sin decir nada, dirigieron sus pasos a un hotel. Desde esa noche él comenzó a ayudarla con dinero. - Para sus niños- le decía.
*
Mariana, su mujer, fue a la consulta del médico aquel que le había conseguido trabajo a John cuando recién llegó al país. Le contó el cambio que había sufrido su marido y lloró amargamente. El doctor, un hombre viejo ya, de corazón generoso y que conocía muy bien al género humano, le habló cariñosamente. --”Ten paciencia”- le dijo, por fin –“Ya se le pasará.”
Pero no se le pasaba. Esa pasión enfermiza que sentía por la otra mujer parecía aumentar día a día. Una noche se vió obligado a salir antes de la hora habitual de su trabajo a recoger unos papeles que estaban en una sucursal de la empresa. Ahí fue cuando casualmente vio a la muchacha en la calle. Iba del brazo de un hombre moreno y alto. Estaban a algunos metros suyos pero ellos no lo vieron. Parecía divertirse mucho con el tipo, pues charlaban y reían constantemente. A John le pareció que el mundo se venía abajo. No se acercó, ni los siguió. Cuando en la noche la interrogó sobre aquella sospechosa situación, le contestó que aquel tipo era un primo y que aquello no tenía ninguna importancia. Él no quedó conforme, pero no lo demostró. De ahí en adelante perdió su confianza.
Le entraron una cantidad de dudas y sospechas. Empezó a analizar las circunstancias en que la había conocido. –“¿Se habría torcido realmente el tobillo? ¿Estaba en esa esquina por oscuras razones? ¿Eran sus hijos de un matrimonio anterior? ¿O no existió tal matrimonio? ¿Sería aquel hombre un primo? “- Sentía un terrible amor-odio hacia ella. No podía concentrarse en lo que hacía.
Cuando se encontraron aquella noche, como todas las noches anteriores fueron a la misma fuente de soda de siempre. Pidieron dos cervezas. Ella estaba silenciosa. Él receloso. Luego salieron hacia la plaza y continuaron caminando hacia la costanera. Cuando cruzaban uno de los puentes que unía la plaza con el resto de la ciudad, ella le dijo: -“Estoy esperando un hijo tuyo.” Él se estremeció. Le entraron dudas, alegría, sospechas, amor y odio. Quería un hijo. Hacía mucho tiempo que soñaba con un hijo. Pero en esas circunstancias...
Otra noche al salir del club alcanzó a ver que Ana se despedía del “primo”. Pero estaba equivocado. No era el primo. Era otro individuo. La mujer estaba en el sexto mes de embarazo. Se suponía que éste hijo era suyo. ¿Entonces qué hacía con ese sujeto ahí? En ese momento le entró la certeza de que ella no era lo que parecía. Se había negado a aceptarlo hasta ahora. Colocado en una encrucijada que él no había buscado, se sentía atrapado por las circunstancias y ahora sentía un tremendo rencor, un gran fastidio por la mujer. Se sentía estafado.
*
Ahora Mariana se transformó en su único apoyo. Fue su amiga. Su compañera. Lo escuchó. Lo consoló. Él había llegado a hablarle de sus incontrolables sentimientos y hasta habían llorado juntos.
Cuando llegó el séptimo mes de embarazo, Ana debió ser hospitalizada. A los cinco días de estar en el hospital, nació su hijo. Era rubio, hasta con pestañas y cejas rubias. Casi albino. No cabía ninguna duda. Era su hijo. Lo bautizó como Patrick Howard. Pasaron 15 días. A la mujer le vino una infección interna. Debía seguir hospitalizada por lo menos tres semanas más.
Cuando John lo supo, tomó aquella terrible determinación. Esperó quince días, luego tomó a su hijo y se lo llevó a su casa. Su esposa lo alimentó con biberón. Él se fue a la Embajada de su país, renovó sus credenciales y obtuvo un salvoconducto para el niño. Luego en la agencia de viajes más cercana sacó dos pasajes. Cuando partió de regreso a Inglaterra con su hijo, nadie supo ni lo vió. Seis meses más tarde partió Mariana, su esposa. Era la única que conocía su secreto.
Cuando la mujer se mejoró, lo buscó inútilmente durante meses y años. Nunca lo encontró. Luego se resignó a su destino. Se extravió en la penumbra del tiempo. Nunca más volvió a saberse nada de ella. Ni de él.
* ”¿Quieres tomar una taza de té?”