Juan Rulfo
(1918-1986)
En torno a un
cuento de Juan Rulfo:
No oyes
ladrar los perros
Por Hugo
Rodríguez-Alcalá
Originalmente
publicado en Papeles de Son Armadans, 41:
135-150
Reproducido en
Homenaje a Juan Rulfo
Helmy F. Giacoman, Editor.
Nueva York: Las Américas Publishing Co., 1974, pp. 123-133
«No
oyes ladrar los perros» es, sencillamente, una obra maestra de sobriedad, de
efecto, de intelección de lo humano.
Mario Benedetti
L’atmosphére se crée
d’elle même; elle émane des personnages, de Zeus fawn de sentir, de parler et
d’agir...
Roger Lescot
«No oyes ladrar
los perros» es acaso el cuento más perfecto de cuantos ha escrito Juan Rulfo. En cinco páginas nos condensa una tragedia
desgarradora y nos ofrece una visión inolvidable: la de un padre viejo que
lleva sobre sus hombros a un hijo criminal, herido, quizá de muerte, a la luz
de la luna llena, y por un paisaje que imaginamos pedregoso y triste, rumbo a
un pueblo en que aquél espera hallar atención médica.
Los personajes[1]
El argumento es de máxima
sencillez: ya está casi enteramente resumido en la frase anterior: el hijo es
un bandolero que, robando y matando por los caminos, ha sido herido en un lance
cuyas circunstancias no se narran. Entre las víctimas de sus crímenes figura
su propio padrino, «el que le dio su nombre» (p. 117).
La madre del bandolero ha
muerto hace años (pp. 116-118).
No se nos cuenta dónde ni
quién ha ayudado al padre a cargar a su hijo sobre sus hombros, Alguien, sí, ha
prestado esa ayuda. Esto lo sabemos porque es esencial en la economía del cuento,
como lo veremos en seguida.
El hijo quiere que su
padre lo baje y lo deje en tierra porque ansía descansar, porque tiene sueño y
tiene sed. El padre se niega a bajarlo, pues si así lo hace, no podrá ya, sin
ayuda de un tercero, volver a cargarlo sobre sí. El viejo no puede ahora
oír ni ver nada: el cuerpo del herido se lo impide. Todo su afán es saber si ya
está cerca de Tonaya, donde le dijeron que hay un
doctor. Le han asegurado que el pueblo está «detrasito
del monte». El pueblo no aparece por ningún lado y ya hace horas que no puede
oír ni ver nada: oír los ladridos de los perros o ver las ansiadas luces
de Tonaya. Va encorvado bajo el peso que las horas de
marcha han vuelto agobiador. Lleva trabadas en torno al pescuezo las manos de
su hijo. Sospechamos que los brazos del herido le obturan los oídos. El viejo
pregunta:
—Tú
que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves
alguna luz en alguna parte.
El hijo responde:
—No se ve nada.
Es obvio, pues, que algo obtura los oídos del viejo. Más aún, cuando éste
insiste:
—Ya
debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de
fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros.
El
padre es un hombre viejo. De esto nos enteramos al fin de la primera página:
El
viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin
soltar la carga de sus hombros...
La
vejez del padre exhausto, sólo ahora revelada, va a potenciar el patetismo de
lo que se nos va a comunicar a partir de la tercera página. Por el momento sólo
nos enteramos del sufrimiento físico de los dos hombres. Se cruzan muy pocas
palabras:
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
—¿Te duele mucho?
—Algo.
—No veo ya por dónde voy.
Hay un silencio. El viejo pregunta:
—¿Me
oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Sigue el silencio.
Muy pocas precisiones va
intercalando Rulfo a lo largo del diálogo lacónico
del viejo y del joven. Sólo ha mencionado, de paso, que una luna como una
llamarada redonda venía saliendo de la tierra. O que temblaba el herido allá
arriba. O cómo la luna le daba en la cara descolorida, exangüe. O que Ignacio
hablaba cada vez menos. En la página tercera del cuento ya no habrá en rigor
diálogo. El hijo rogará:
—Bájame,
padre.
El padre contestará:
—¿Te
sientes mal?
La
respuesta será «sí».
Y ya hasta el final de la
página el hijo no dirá más que cinco palabras más:
—Bájame.
Y luego:
—Quiero
acostarme un rato.
Y
entonces comienza el doloroso, el terrible discurso del viejo. Ya no es, el que
habla, un padre agobiado por la fatiga y solícito del sufrimiento del hijo.
Cambia radicalmente el tono. Una indignación de patriarca lo sobrecoge.
Abandona el tú familiar y usa el usted. De padre, el viejo so convierte en
juez. Sus palabras asumen, pese a la sencillez del habla campesina, una alta
majestad trágica:
—Todo
esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted
fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado
allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen,
como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque
a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras
vergüenzas (página 116).
Se produce una pausa, e interviene entonces el mismo narrador para decir:
Sudaba
al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor
seco, volvía a sudar.
Mas
antes de seguir con el discurso que nos va a revelar todo el secreto del drama,
fijémonos en la expresividad pungente de su introducción: «Lo hago por su
difunta madre —le dice el viejo—. Porque usted fue su hijo...»
¿Es cierto que sólo por
esto lo hace? ¿No le ha dicho poco antes: «¿Cómo te sientes?», «¿Te duele
mucho?», y no ha insistido preguntando: «¿Te sientes mal?»? Ahora, sin
embargo, al dejar el tú y emplear el usted le niega al herido hasta el derecho
a seguir considerándose hijo de su madre muerta.
La lucha interior del
viejo entre el amor y la repulsión, la piedad y la ira, la honradez y la
deshonra exacerba el dramatismo de la escena:
—Me
derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya para que
le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se
sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que
se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... (p. 117).
Y ahora suena, implacable, en los labios jadeantes, el revivido recuerdo de una
maldición:
—Porque
para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí.
La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: « ¡Que se le pudra en
los riñones la sangre que yo le di! » Lo dije desde que supe que usted andaba
trajinando por los caminos viviendo del robo y matando gente... Y gente
buena... (p. 117).
Y entonces lo apostrofa por haber asesinado a su propio padrino y termina el
apóstrofe con estas palabras:
Desde
entonces me dije: «Ese no puede ser mi hijo» (ibid.).
Aquí
debe de producirse un silencio. Las imágenes de los crímenes del hijo parece
que se desvanecen en la mente del viejo, en quien la voluntad de llegar a Tonaya y la angustia de la situación actual le mueven a
interrogar si se ve ya algo, si se oye algo que indique la proximidad de la
meta salvadora. Y cuando formula la pregunta, el que habla vuelve a ser un
padre con el hijo herido a cuestas, no el juez que poco antes juzgara y
maldijera. El tú vuelve a sonar en los labios del viejo:
—Mira
a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba,
porque yo me siento sordo (ibid.).
La
respuesta es negativa. El hijo no ve nada. Tiene sed. Pide agua. Tiene mucha
sed y mucho sueño.
El viejo no puede
detenerse para satisfacer aquel pedido. Allí no hay agua; allí no hay más que
piedras. Y aunque hubiese agua, no lo bajaría para que la bebiese porque nadie
podría ayudarlo a cargar de nuevo al herido.
El hijo, a esta
desoladora declaración, sólo dice:
—Tengo
mucha sed y mucho sueño.
¿Qué recuerdos lejanos, tiernos, despiertan estas palabras doloridas en el
alma combatida de opuestas emociones del padre? Es admirable el modo en que Rulfo se identifica con sus personajes y vive con ellos, en
el breve espacio de sus narraciones, los momentos emotivamente más dispares y
profundos de las vidas que ha soñado para ellos.
¡Cómo resucitan, ahora,
por ejemplo, en el corazón del viejo, bajo el sortilegio de aquella voz
debilitada que habla de sed y de sueño, las escenas de un hogar lejano, la
visión de una cuna, de un niño en ella, de una madre inclinada sobre el niño!
—Me
acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para
volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la
leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy
rabioso (p. 117).
¡Eras
muy rabioso! Súbitamente el recuerdo de las iras de un infante le revela, al
parecer, lo que fuera acaso el augurio temprano de un destino. El viejo agrega
entonces:
—Nunca
pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero
así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que
cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro
hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella
estuviera viva a estas alturas (p. 118).
¿Qué
pasa «allá arriba» cuando han sonado estas crueles palabras? Lo que Rulfo nos va a decir sólo bastará para imaginar hipótesis,
porque no sabremos nunca qué efecto las palabras del viejo tuvieron en el
herido semiinconsciente:
Sintió
que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas
y comenzó a soltar los pies, balanceándose de un lado para otro. Y le pareció
que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara. Sobre su cabello
sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas (página 118).
¿Qué
ha pasado? «Le pareció» —sólo le pareció— que el hijo sollozaba. Las gotas
gruesas que le mojaron el cabello, ¿eran de lágrimas, eran de sangre?
Muy consecuente con su
técnica ambigua de narrar, Rulfo no nos va a aclarar
nunca si hubo sollozos y si hubo lágrimas, inequívocamente.
Pero oigamos cómo
reacciona el viejo mientras le parece que «allá arriba» el criminal, contrito,
llora: —¿Lloras, Ignacio?...
Hay dos preguntas que constituyen la introducción de otro amargo reproche. En
la primera persiste aún el tuteo. En la segunda vuelve el padre al usted
del pasado apóstrofe:
—Lo
hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted
nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le
hubiéramos retacado el cuerpo de maldad, ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué
pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos
bien hubieran podido decir: «No tenemos a quién darle nuestra lástima.» Pero
¿usted, Ignacio?
Estamos llegando al final del cuento: once líneas más y se acaba. Y sólo ahora
nos enteramos de que el hijo criminal pertenecía a una banda y que esta banda
ha sido exterminada con excepción de Ignacio.
Entre tanto, han llegado
al pueblo. Allí está Tonaya a la luz de la luna.
Sobre una acera, dificultosamente, descarga el viejo el cuerpo de su hijo. Y
es entonces cuando oye, cuando puede al fin oír, porque tiene los oídos libres,
que por todas partes están ladrando los perros.
Y el cuento termina con
una pregunta y con un reproche final de infinita amargura:
—¿Y
tú no los oías, Ignacio?... No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza (p.
118).
¿Se ha desmayado Ignacio? ¿Ha muerto de sus heridas? No lo sabemos. El hecho de
que le costara al padre destrabar «los dedos con que su hijo había venido
sosteniéndose de su cuello» no indica que Ignacio fuera cadáver a la llegada a Tonaya.
Pero ¿es necesario que
sepamos esto? No. El efecto dramático del cuento se ha producido lo mismo, en
toda su pungente plenitud, sepamos o no sepamos si el hijo ha muerto o no sobre
las cansadas espaldas del viejo: Rulfo ha presentado
dos personajes humildes de su Jalisco nativo, y con asombrosa sencillez de
medios expresivos ha podido dramatizar una situación profundamente trágica,
profundamente humana y, por consiguiente, de sentido universal.
El mundo exterior
En la segunda línea del
cuento nos percatamos de que la acción transcurre durante la noche porque el
padre interroga al hijo si ve «alguna luz en alguna parte». Pocos renglones
abajo se nos confirma que, en efecto, es de noche porque ambas figuras forman
una sola sombra que se mueve
de
arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanza
por la orilla del arroyo... (p. 114).
La
indicación de esas piedras hecha tan de pasada suscita en nuestra mente la
visión de un paraje pedregoso, como anotamos antes. En cuanto al arroyo, no hay
descripción ni la habrá en todo el cuento. El arroyo será dejado atrás y el
paisaje, según lo veremos, será aún más árido. Al menos así nos lo
imaginaremos.
La sombra de padre e
hijo, sí, vuelve a mencionarse en seguida: «Era una sola sombra», leemos,
palabras que evocan un célebre poema, pues son casi las mismas que las de
Silva, y el ritmo que tienen hasta parece que nos anuncia que esta sola sombra
sea también larga. Pero el ritmo de la línea famosa se corta abruptamente:
Era
una sola sombra, tambaleante.
Curioso
resulta al entrar en el análisis el hallar en el comienzo de este cuento de jalisco más de una sugestión del poema colombiano. Una
luna también llena —como la del «Nocturno» (p. 111) va a alumbrar el paisaje
apenas esbozado:
«La luna venía saliendo
de la tierra, como una llamarada redonda.» (La quietud de esta llamarada
redonda no es fácil asimilar con la movilidad con que el fuego alza sus
resplandores.)
Lo que no se oye en este
paisaje de luna llena son, precisamente,
...los
ladridos de los perros a la luna...
Pero dejemos esta digresión y analicemos todos los elementos de paisaje,
digamos, gracias a los cuales se ha suscitado en nuestra mente el panorama
nocturno, desolado, de una tierra desierta y sin caminos, lejos de un pueblo
que se llama Tonaya, adonde se dirige la alta sombra
caminante.
Hasta aquí sólo se han
mencionado unas piedras, la orilla de un arroyo y, arriba, en el cielo, una
luna llena. Ésta, la luna, es el único ingrediente descrito del paisaje, bien
que sólo por el símil ya anotado.
Un poco más abajo se nos
dice que Tonaya «estaba detrasito
del monte», y en la página siguiente se repite la misma cosa: «Nos dijeron que
detrás del cerro estaba Tonaya...» (p. 115). Pero
este monte o cerro no va a ser nunca descrito ni aun vuelto a mencionar.
Característico de los
«paisajes» de Rulfo es la repentina mención de
alguna realidad —cualquiera— del mundo exterior como si ya la conociera el
lector desde antes, como si el lector estuviera frente a un paisaje conocido.
Pero sucede que este paisaje no se ha descrito todavía, que aún no se le ha,
presentado.
Un ejemplo: al final de
la primera página del cuento leemos:
El
viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin
soltar la carga de sus hombros...
¿Qué
paredón es éste? No lo sabemos. Es, sin embargo, «el» paredón, así, con
artículo definido: el que nosotros muy por nuestra cuenta debemos figurárnoslo
en el paraje que sospechamos pedregoso y ya imaginamos bañado de luz lunar.
En lo que mira a almas y
cuerpos de los dos personajes hay, sí, rápidas precisiones: al viejo se le
doblaban las piernas, pero no quería sentarse, pues ¿quién le ayudaría a
cargar de nuevo el cuerpo de su hijo allí, donde ahora estaba? El hijo ya
parecía dormir, ya parecía tener frío. A veces temblaba. Cuando temblaba, los
pies del hijo «se encajaban en los ijares como espuelas». Las manos del hijo «le
zarandeaban la cabeza [al padre] como si fuera una sonaja». El padre «apretaba
los dientes... ».
El enfoque narrativo se
proyecta, como se ve, en forma casi totalmente exclusiva sobre los personajes.
Lo único externo que con insistencia y precisión se menciona es la luna. Y esto
porque la luna los ilumina y les da, si cabe la expresión, realce trágico en la
noche:
Allí
estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba
de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra... (p.
115).
Sí, el enfoque sólo sobre las dos figuras y su sombra.
Y hay, repetidamente
indicados, dos planos de dolor: el «de arriba», dolor físico del hijo; el «de
abajo», dolor moral —y también físico— del padre:
El
otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin
sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo... (p. 115).
En la tercera página del relato —la 116 del libro— la luna vuelve a mencionarse,
única testigo del drama:
—Duérmete
allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado. La luna iba subiendo, casi azul,
sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz.
Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza
agarrotada entre las manos de su hijo...
¡La
luna ya no es roja, sino casi azul, y el cielo es claro! ¿Va el cuentista a
comenzar ahora la descripción del paisaje, a hablarnos del camino —si lo hay—,
de algún cerro o cerros, de algún río o barranco?
No: hasta el final del
cuento sólo mencionará Rulfo tres cosas, relativas a
la tierra, y de la luna se acordará sólo una vez más.
En la página 117 el hijo
pide agua, y el padre contesta:
—Aquí
no hay agua. No hay más que piedras...
En la página 118 leemos:
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna.
Y
en el mismo párrafo, en la misma página, se habla de la llegada de ambos al
primer tejabán y se nombra el pretil de la acera en
que el viejo soltó el cuerpo de su hijo. Nada más.
¿Cómo se explica la
vivacidad de la intuición que de ese paisaje nocturno se ha suscitado en
nuestra sigue?
Roger
Lescot, traductor de Rulfo
y, por consiguiente, buen conocedor de este estilo narrativo, ha escrito:
L’atmosphére se crée d’elle mêm’e; elle émane des personnages, de leur
lacon de sentir, de parler el d’agir el, en raison même de la sobriété des
décors, c’est une vision presque obsédante des paysages, des choses el des
étres, qui s’impose au lecteur[2].
Esta observación es
muy aguda. Se diría en verdad que el mundo exterior fuese algo así como una
emanación de los personajes o, dicho de otro modo, que la poderosa carga de
realidad interior que éstos tienen hiciera posible una visión del mundo
exterior en que se mueven.
En el cuento que
comentamos aquí la sobriedad del décor llega a
su grado máximo y, sin embargo, la potencia representativa de las rápidas pinceladas
estilísticas que sugieren el paisaje es extraordinaria.
Rulfo
hace que la luna, primero como una llamarada redonda y luego como un disco casi
azul, preste una luz constitutiva a la atmósfera física misma del cuento: las
figuras avanzan por la claridad lunar hacia el lugar de la tierra de donde la
luna «venía saliendo». Sí, esa luna está allí, «enfrente de ellos», del padre y
del hijo. Con una luna así enfocada, tan «dominadora», digamos, ya tenemos la
mitad de todo el paisaje.
Rulfo
agrega una cosa más: en las páginas 114 y 117, respectivamente, nombra unas
piedras. Entre tina y otra página ha transcurrido mucho tiempo. Las piedras
que aparecen en la 117 dominan, si puede decirse, el plano bajo del paisaje,
esto es, la tierra, más o menos como una luna domina el plano alto, es decir,
el cielo. En efecto, el viejo dice en la página 117: «Aquí no hay agua. No hay
más que piedras.» Y no dice nada más porque lo ya dicho es suficiente: arriba,
la luna llena; abajo, piedras, piedras y piedras y mucha sed del agua ausente.
Resumen
Lo más admirable del
cuento es la condensación dramática lograda con maestría singular. La
suscitación del escenario, como hemos visto, es todo un tour de f orce de
economía estilística. Se diría que Rulfo, gran
fotógrafo 3, hubiese obtenido los máximos efectos de representación con una
cámara para cuyo funcionamiento la luz de la luna bastara para cuanto se
propuso presentar. De aquí que ora la luna llene de luz la cara de las dos
figuras humanas y proyecte la sombre de éstas,
tambaleante, sobre el terreno pedregoso; o que la luna ocupe el centro del
cuadro, apareciendo ya colorada y redonda o ya casi azul sobre el cielo claro.
O que ella nos descubra la faz descolorida, sin sangre, del herido, o,
finalmente, los tejados de Tonaya. La luz lunar
también se convierte en atmósfera, digamos, y es casi la única realidad
claramente intuible del contorno.
En cuanto a lo que en
realidad sucede a los personajes, el análisis comprueba que Rulfo, característicamente, no es preciso en lo que mira a
Ignacio. ¿Hay en él remordimiento, dolor, compunción, tras oír los reproches de
su padre? ¿Son sollozos los que causan los sacudimientos de su cabeza? ¿Son
lágrimas de llanto filial las gotas que caen sobre la cabeza del viejo? Al
terminar el viaje a Tonaya, ¿está muerto o sólo
desmayado Ignacio?
Nos es imposible dar una
respuesta tajante a estas preguntas. Advertimos una vez más que la nota de
ambigüedad, de incertidumbre, de misterio, observable en otras ficciones de Rulfo está también aquí presente.
¿Se explica esta falta de
precisión por el laconismo peculiar de Rulfo, que
sólo hace hincapié en lo esencial u obedece la susodicha ambigüedad al designio
de movilizar la curiosidad del lector y así hacerlo participar más activamente,
casi como co-autor en la aprehensión de las
imágenes, emociones e ideas que se le presentan?
Acaso estas dos
explicaciones sean aceptables. Resulta, sí, indudable que Rulfo
economiza al máximo lo descriptivo y lo analítico.
Y que el resultado de
esta técnica es, por una parte, una visión poderosa, inolvidable, de las
escenas que presenta; y por otra, una penumbrosidad,
una ambigüedad, un misterio que potencia nuestro interés estético.
Notas
[1]
La paginación aquí indicada corresponde a la 5.8 edición de El llano en
llamas, México, Fondo de Cultura Económica, 1961.
[2] Véase la «Introduction» de la traducción francesa
de Pedro Páramo, París,. Gallimard, 1959, p.
8.
[3] Véase Hellén Ferro, «La nueva novela mexicana;
visión de Juan Rulfo», en Américas,
noviembre 1964.